
La fiesta de santa María Magdalena nos recuerda el papel fundamental de las mujeres durante el ministerio de Jesús y en las primeras comunidades cristianas; así como el hecho de rescatar la imagen correcta de María de Magdala en la tradición de la Iglesia. Ella es la imagen bellísima de aquello que como fruto de la acogida y escucha del misterio del reino brota del corazón en el que ha germinado la Palabra del Padre: Jesús el Señor. En ella podemos percibir toda la experiencia de profunda transformación, abundante y generosa que acontece en quien, enamorado, recorre los caminos de la vida buscando el sentido de este amor y cuando lo encuentra, lo atesora: “encontré al amor de mi alma. Lo agarre y no lo soltaré”. Así como canta la enamorada del Cantar de los Cantares, porque precisamente es este quien nos engendra. Hoy esta experiencia cobra rostro concreto en una mujer maravillosamente apasionada y por qué no, en cada uno de nosotros. Mujer que llora la pérdida de quien, al hallarla fragmentada, logró integrarla en cada una de sus dimensiones. Según el Evangelio de Lucas de ella salieron siete demonios. Y es que solo pensar en quedar nuevamente desprotegida hace que corra al sepulcro y llore desconsoladamente. Con María aprendemos que una vez madurada la experiencia del reino en Jesús, tendremos quien se ocupe del motivo de nuestras lágrimas: “porque lloras?, ¿a quién buscas?”. Aprendemos que una vez la semilla del amor germina en cada uno, entonces debemos dar paso al misterio que en ella se encierra; aprenderemos a soltar aquello que nos ata al pasado para abrirnos a la alegría de la vida nueva.
¿Cuál es el motivo de nuestro llanto? ¿Me dejo encontrar por Jesús, acompañando el dolor de quienes tengo cerca?
Espíritu Santo, en tu presencia las sendas de nuestra vida son más fáciles de recorrer; cuando pronuncias la Palabra de vida, renuevas todo aquello que hace lento nuestro caminar. Tú que conduces los caminos de la existencia, ven y llévanos al encuentro con el amor que sana, fecunda y trasforma. Amén.
Comuniquemos activamente la resurrección; pasar de la experiencia de fe personal al testimonio público como lo hizo María Magdalena.
Jesús le dijo: “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes” (Jn 20, 17).
El amor y la búsqueda sincera transforman el dolor en alegría, revelando que experimentar a Jesús vivo nos convierte en misioneros de la Buena Nueva.


