
En el contexto del discurso de la montaña en el que Jesús presenta un nuevo programa de vida a sus discípulos y dando continuidad a lo que reflexionábamos el día de ayer, hoy nos dice: “Amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” El Maestro de la vida, sigue moviendo nuestras entrañas, porque generalmente cuando recibimos una ofensa, nuestra primera reacción es una actitud de rechazo hacia el agresor o hacia quien consideramos como enemigo. Humanamente nos cuesta amar cuando estamos en situaciones como estas de violencia e injusticia, pero Jesús que ha tomado nuestra carne humana nos da ejemplo de que no es imposible; para quienes profesamos una fe en Dios y hemos comulgado con Cristo, uniéndonos a Él a través de los sacramentos, estamos llamados a tener un corazón dócil, encontrando como única alternativa hacer el bien de manera incondicional, orar y bendecir a la humanidad, para llegar a ser hijos de nuestro Padre celestial.
Todos hemos experimentados la bondad y la misericordia de Dios cuando hemos pecado, el perdón es un acto de amor. Preguntémonos ¿Creo en el amor? ¿Creo en su fuerza sanadora capaz de liberar de la amargura que genera el odio y el rencor?
Señor Jesús, te doy gracias por estar entre nosotros. Purifica mi corazón para que pueda servir con sinceridad y libertad a los demás. Amén.


