
Hermanos: Al prescribirles esto, no puedo alabarlos, porque sus reuniones causan más daño que provecho. En primer lugar, he oído que cuando se reúne su asamblea hay divisiones entre ustedes; y en parte lo creo; realmente tiene que haber escisiones entre ustedes para que se vea quiénes resisten a la prueba. Así, cuando se reúnen en comunidad, eso no es comer la Cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comer su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho. ¿No tienen casas dónde comer y beber? ¿O tienen en tan poco a la Iglesia de Dios que humillan a los que no tienen? ¿Qué quieren que les diga? ¿Que los alabe? En esto no los alabo. Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez les he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; hagan esto cada vez que lo beban, en memoria mía”. Por eso, cada vez que comen de este pan y beben del cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva. Por ello, hermanos míos, cuando se reúnen para comer, espérense unos a otros.
L: Palabra de Dios
T: Te alabamos, Señor
R. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios; entonces yo digo: “Aquí estoy” / R.
“–Como está escrito en mi libro– para hacer tu voluntad”. Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas / R.
He proclamado tu justicia ante la gran asamblea; no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes / R.
Alégrense y gocen contigo todos los que te buscan; digan siempre: “Grande es el Señor”, los que desean tu salvación / R.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito; todo el que cree en Él tiene vida eterna.
“Ni en Israel he encontrado tanta fe”
En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de exponer todas sus enseñanzas al pueblo, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: “Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga”. Jesús se puso en camino con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: “Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir a ti personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: ‘Ve’, y va; al otro: ‘Ven’, y viene; y a mi criado: ‘Haz esto’, y lo hace”. Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: “Les digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”. Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.
S: Palabra de Dios
T: Gloria a ti, Señor Jesús
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