
San Lucas en el Evangelio nos sitúa ante los últimos momentos de la vida de Jesús en la cruz. Con total confianza, entrega su espíritu al Padre, mostrando que la muerte no tiene la última palabra cuando la vida está en manos de Dios. En la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, esta Palabra nos llena de esperanza, recordándonos que Cristo venció la muerte y abrió para todos el camino hacia la vida eterna. La Palabra de hoy nos invita a confiar plenamente en Dios Padre-Madre, especialmente en los momentos de sufrimiento, dolor, pérdida y despedida. Así como Jesús se abandonó en las manos del Padre, también nosotros estamos llamados a vivir con esa confianza, creyendo que quienes mueren en el Señor son acogidos por su amor misericordioso. La muerte es un paso hacia la plenitud de la vida prometida por Cristo.
¿Vivo con la esperanza de la resurrección que Jesús promete? ¿Recuerdo a mis seres queridos fallecidos con fe, orando por ellos y confiando en la misericordia infinita de Dios?
Señor Jesús, que venciste el pecado y la muerte, fortalece mi esperanza en la vida eterna. Acoge en tu misericordia a todos los fieles difuntos y consuela a quienes viven el dolor de su partida. Haz que un día pueda reunirme contigo en tu Reino. Amén.
Hoy dedico un momento para orar por los fieles difuntos, participar en la Eucaristía si me es posible o realizar una obra de caridad en su memoria, confiando en la promesa de la vida eterna.
Quien pone su vida en las manos de Dios descubre que la muerte no es el final, sino el comienzo de la vida eterna junto a Cristo.
Lee nuevamente Lc 23, 44-46. 50. 52-53 y medita las palabras de Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Pide al Señor la gracia de vivir cada día con esa misma confianza y de mantener viva la esperanza cristiana en la resurrección.


