
En el capítulo 13 que iniciamos, escucharemos a Jesús hablar en parábolas, ya que esa era su manera propia de presentar el mensaje del reino; serán siete las que le escucharemos y tienen como intencionalidad involucrarnos, como oyentes, para que podamos hacer nuestra interpretación; por ello, estas parábolas no ofrecen respuestas sino que quedan abiertas; así, quienes escuchemos estamos invitados a descubrir la clave del mensaje, porque ninguna interpretación será igual a otra, pues en últimas se nos invita a descifrar, desde ellas, la realidad personal y comunitaria para verla de otro modo y dar las respuesta que la vida misma espera; es importante resaltar que como discípulos, tendremos una responsabilidad mayor: “a ustedes se les han dado a conocer los secretos del reino”. La parábola tiene dos momentos: por un lado, la narración abierta a todos y el segundo, la explicación a los discípulos. Lo primero que se nos presenta es un sembrador con un actuar un poco particular, casi que extraño, pues para nadie es un secreto que la semilla es costosa. Percibimos que este no es selectivo, lo que nos lleva a comprender que es alguien que no prejuzga el terreno, con gran apertura a todos los lugares; esta actitud es clave en el relato porque no presenta la manera de ser y hacer de Dios. Ahora bien, la semilla será el tema central del relato. Al principio, parecería que ella está destinada al fracaso, a perderse (primeros tipos de terrenos), pero en el cuarto, la situación empieza a cambiar y es así como el 30, el 60 y el 100 % nos indica que cuando vemos alejado el éxito en lo que aparentemente fracasa, el fruto compensa la pérdida. Hoy estamos llamados a comprender la lógica de Dios, a confiar en la fuerza, en la potencia del reino, aunque todo esté en contra, ya que lo nuestro es la apuesta por la escucha atenta y la capacidad de examinar nuestra responsabilidad como terreno; porque no somos sus poseedores. Recordemos que la lógica de su acogida comienza poco a poco en nosotros para que inicie su proceso; como discípulos, debemos hacer lo necesario para que el misterio de Dios crezca y se comparta. A ejemplo de Jesús, no nos cansemos de sembrar el bien donde quiera que estemos (familia, amigos, lugar de trabajo, en la sociedad), aún cuando no veamos los resultados que esperamos. Porque “en nuestro corazón sembraste, Señor, tu palabra”, y ella es germen de vida, porque mientras haya vida, hay esperanza.
¿Qué frutos de vida han germinado en mí por la escucha de la Palabra?
Espíritu Santo, tú nos revelas los misterios del amor y penetras las profundidades de nuestro ser. Ven y dispón nuestra vida a la siembra de la Palabra, para que podamos dar los frutos que el amor de Dios espera compartir a la humanidad. Ven y, como agua fresca, riega en nosotros el don del Padre. Amén.
El nivel de compromiso y madurez espiritual se representa mediante la disposición y firmeza de nuestro corazón para recibir, retener y dar frutos con la Palabra de Dios.
“Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno” (Mt 13, 23).
El mensaje de Dios (la semilla) es siempre perfecto, pero su fruto depende de la disposición de nuestro corazón (el terreno). Jesús nos invita a cultivar un alma receptiva y profunda, libre de distracciones y egoísmos.


