Vivir desde el amor

Coopau: Medellín

Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda la familia en el cielo y en la tierra, para que les conceda, según la riqueza de su gloria, que sean fortalecidos por la acción del Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en sus corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, puedan comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento, para que se vayan llenando hasta la total plenitud de Dios. (Ef 3, 14-19)

 

El pasado 6 de agosto nos encontramos virtualmente el grupo de Cooperadores Paulinos de Medellín, con un grupo de mujeres internas de la cárcel Villa Josefina de Manizales. La motivación, contenido y semilla el Amor, el Amor de Dios. El resultado la esperanza, como soporte vital del cual se sostienen todas nuestras hermanas internas. Casi todas dan testimonio de ello.

Fue una enriquecedora experiencia que nos permitió confirmar una vez más, que hay verdadera alegría en darse y que por la gracia de Dios resultamos aprendiendo mucho más. Igualmente se puede apreciar, no como retórica sino desde el propio proceso, que las decisiones que tomamos hacen la diferencia en todo, desde lo más cotidiano a lo más trascendental.

Estas hermanas no son distintas a las personas que en mi ejercicio profesional como psicóloga y en mi vida en comunidad aparecen en el camino. Las historias de vida que nos compartieron muestran este encierro que alude a rejas, a privación de la libertad exterior que habla del impedimento de la libre locomoción y elección del quehacer diario; pero, sobre todo, al otro encierro, el interior, el que alude a pasados y presentes fragmentados y dolorosos, cargados de miedo, rabia, angustia, incertidumbre y soledad, combinación letal que parece cerrar caminos y que en consecuencia produce más rabia y miedo.

En las producciones escritas que compartieron, se escuchó y se lee cómo su presente es sostenido en buena parte por la proyección de su salida de la cárcel; las expectativas, propósitos y anhelos están puestos en cómo lograr el cambio; en recomponer, en reparar, en restaurar relaciones familiares, posturas frente a la vida y propósitos por cumplir. Igualmente, en cómo vivir la cotidianidad, cómo ser y cómo estar, cómo vivir el día a día con aquella firme esperanza de hacerlo diferente y mejor cada vez.

Hablan de Dios como el gran encuentro que han hecho o fortalecido en la cárcel, es quien les da fuerzas para su presente privado de la libertad; lo intuyen como el camino para obtener ese añorado cambio y para perdonar su pasado y curar sus historias de vida.  Lo que nos dio pie para contarles que para los que aman a Dios todo les sirve para bien (cf. Rm 8, 28).

Las voces de estas mujeres, comprometen y retroalimentan a quienes estuvimos acompañándolas, en ese mutuo beneficio que permite la entrega y logra que quien da, sea quien resulte recibiendo más.  Sentimos la compañía del Espíritu Santo, percibimos la fuerza de ser Familia Paulina y la presencia de nuestro padre Fundador, el don carismático, la alegría de la evangelización a través de los medios de comunicación social; y ahora, por la pandemia, a través de la expresión virtual, recibimos de las internas sus enormes y expectantes miradas, rostros con tapabocas que siempre nos recordarán el tiempo de la pandemia, que impedía la cercanía física, pero no el encuentro de aquello que sabemos es lo esencial, aquello que es invisible a los ojos.

En el encuentro se expuso y permitió reflexionar sobre la “libertad en el amor”, en torno a la responsabilidad que esto suscita sobre la propia vida y la vida de los demás. Se invitó a la conciencia en torno a aspectos que roban la libertad, aunque no se esté encerrado en una cárcel. Nos fortalecimos todos en la esperanza de aquella libertad que nadie nos puede quitar, la del corazón, la del amor, la de ser libres interiormente que solo nos da Dios.

Para todos fue una gran lección de vida y un fortalecimiento en nuestra fe y en nuestro ser que es don de Dios donde quiera que nos encontremos, en poder darnos en lo que somos con amor y entrega. Gran vivencia que el Señor nos regaló.

Agradezco en nombre de todos al Espíritu de Dios que nos permite abrirnos más a los otros desde el amor y la esperanza, aquella esperanza que nos mostraron una y otra vez las internas de la cárcel cuando nos contaron todo lo que quieren cambiar y lograr en la nueva vida que cada una contempla como su mayor reto en compañía del amor de Dios.