“Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo”
(Lc 1, 26-38)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

La liturgia hoy nos presenta la solemnidad de la Anunciación del Señor. Con esta gran celebración, la Iglesia interrumpe el silencio cuaresmal para cantar el gloria dando gracias al Señor por lo que María es y representa en la Historia de la Salvación. María es la protagonista del relato. Según el evangelista Lucas, su juventud en la pequeña aldea de Nazaret ha sido interrumpida por la visita inesperada de un ángel para comunicarle un designio divino del que tal vez no sale de su asombro y que no logra comprender. Finalmente, en el diálogo con el ángel ella logra intuir el proyecto de Dios en su vida. El saludo ya había comunicado el misterio de la gracia a través de la cual había sido favorecida –“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”–, el cual estremeció su humanidad, provocando reacciones como la turbación y las preguntas que le dirigió al ángel. “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios”. Estas son las palabras que le permiten en el misterio a María la adhesión al proyecto de Dios; María no entiende con la razón, pero con corazón ama, porque solo a través de él, se cumplirán las promesas que los profetas habían anunciado sobre el Mesías. Con respecto al linaje de David por José, Jesús va a heredarlo y no le será arrebatado. Con Jesús, el reino de Dios se hace presente, un reino que acontece en el misterio de la Encarnación; de ahí, la gracia y la fuerza del anuncio que tendrá su máxima manifestación en el misterio de la cruz. José por su parte silencioso y orante, no entiende este sublime misterio, pero siente que es un misterio que debe preservar, cuidar y amar. Por tanto, la lógica de la vida para José es más fuerte que la lógica de la muerte. Dios toma el corazón silencioso de José para hacerlo parte de su proyecto salvífico llevándolo a la plenitud cuando María asume su participación en la Historia de la Salvación: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Estas dos experiencias de vocación –la de María y la de José–transitaron por la duda pero se abrieron finalmente al misterio de la fe.

Reflexionemos:

¿Cómo he acogido y vivido los proyectos de Dios en mi vida? ¿He permitido que ellos realicen su proyecto o he realizado los míos sin contar con los suyos?

Oremos:

Señor Jesús, por intercesión de María, tu madre Santísima, concédeme vivir en fidelidad el proyecto de Dios en mi vida para el cual he sido llamado. Amén.

Actuemos:

¿Qué experiencias de mi vida han provocado, como María, miedo y turbación?

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“Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, sabrán que “Yo soy”
(Jn 8, 21-30)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

La expresión “Yo soy”, propia del evangelista Juan y atribuida a la persona de Jesús revela su identidad –quién es– colocándolo en una relación profundamente existencial con nosotros, quienes venimos contemplando en esta quinta semana de Cuaresma un camino que nos ha ido preparando a la celebración del misterio pascual. Jesús es, por consiguiente, la plenitud de la manifestación del Padre, quien le ha enviado con una misión específica: revelar su amor para que crean en Él haciendo la voluntad de Dios; de ahí, la conclusión del Evangelio de hoy: “muchos creyeron el Él”. En el diálogo se hace evidente la forma como Jesús hace un preanuncio del lugar que le espera como Hijo del Padre y a nosotros. Ir adonde Jesús se dirige no es posible si lo observamos desde una mentalidad humana, pero estamos llamados a experimentar el gozo del misterio en nuestra vida misma para poder desear estar donde Jesús está, porque esa es nuestra fe, aquella fe que profesamos y creemos. La forma en que Jesús presenta el camino hacia su Padre, la manifestación en la glorificación de ser Hijo no es acogida, de ahí, la pregunta por la identidad: ¿Quién eres tú? A esto, viene la afirmación de la certeza más clara de Jesús: “Yo soy”, sintiéndose el Hijo del Padre de quien procede con veracidad. Así como el pueblo de Israel reconoció la acción de Dios cuando fue levantada la serpiente en el desierto, asimismo Jesús ha vencido la serpiente del pecado y con su muerte sana nuestras heridas, devolviéndonos al amor genuino del Padre. Nuestra vida únicamente tiene sentido cuando se ve orientada a cumplir la voluntad de Dios. Pero este cumplimiento de la voluntad de Dios no puede ser servil, sino que debe imitar el ejemplo de Jesús, de un hijo que busca agradar a su padre en todo.

Reflexionemos:

¿Cuál experiencia hago en mi camino de vida cristiana? ¿La imagen del estandarte de la serpiente colocado en el desierto representa un signo de curación externa o la contemplación de la pasión y muerte de Jesús en la cruz como signo de salvación que ilumina mi existencia y mi vida?

Oremos:

Señor Jesús, deseo vivir el misterio de la cruz en mi existencia, pero no siempre tengo la fe suficiente para abandonarme en este camino que exige la vida misma. Ayúdame a reconocerte como mi Dios y Señor y a seguirte con alegría. Amén.

Actuemos:

¿Contemplo la cruz desde lo externo o la acojo en mi corazón como un designio de amor en el cual se manifiesta la voluntad de Dios?

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“El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”
(Jn 8, 1-11)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El monte ha sido el lugar de la revelación, de la oración confiada y profunda, de lo existencialmente humano –“Padre, si es posible”–, de lo divinamente revelador del misterio –“una luz radiante”–. Desde lo que representa este lugar, Juan nos dice que Jesús amanece para vivir un nuevo día. La oración no solo la vive Jesús en la intimidad de relación con el Padre, sino que también hace de ella una manifestación pública de su fe junto al templo, donde es acogido y reconocido como Maestro –“acudían a Él, y sentándose, les enseñaba”–. Jesús es puesto a prueba cuando escribas y fariseos llegan hasta Él con una mujer que ha sido sorprendida en adulterio. Ellos saben que la gente lo reconoce como Maestro por la gente, y Él ha afirmado que lo es; entonces, como consecuencia, conoce la ley del Deuteronomio respecto al adulterio que dice que toda mujer sorprendida en adulterio debía morir apedreada. Jesús, por ende, debía ser fiel, como todo maestro que se respete, a esta ley. Sin embargo, sus palabras y acciones sorprenden a los judíos porque no actúa como ellos quisieran. La actitud de Jesús se reduce no a un gran discurso, sino a inclinarse y a escribir en el suelo buscando disminuir la presión de los acusadores, para luego abrazar con misericordia a la mujer a quien Él busca salvar. Más allá de las acusaciones, el Señor lanza una pregunta que no solo se convierte en pretexto de juicio para la mujer adúltera, sino que evoca la realidad de pecado que vive cada acusador: “el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”. Es fácil acusar desde la óptica de ley o jactarse que la conocemos al pie de la letra, pero no es fácil mirarnos al espejo y reconocer que, en nuestro interior, no somos tan puros o tan limpios. La afirmación que menciona el texto que “se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos”, nos lleva a comprender cómo la vida nos va configurando no siempre con la persona de Jesús, sino con nuestros propios puntos de vista. La pregunta de Jesús a la mujer adúltera: “¿ninguno te ha condenado?”, es la certeza para afirmar que nosotros no podemos tejer ninguna condenación y que en la persona de Jesús descubrimos la manifestación de un amor que no señala ni condena, que es misericordioso y que va más allá de la ley, porque el amor del Padre es la manifestación de un amor genuino que nos abraza desde la eternidad y para la eternidad. El Señor perdona nuestros pecados y a la vez nos exhorta a una conversión de vida.

Reflexionemos:

En nuestra vida, ¿qué experiencia hemos realizado? ¿La de la mujer adúltera que ha sido condenada por los suyos o la de Jesús que abraza con un amor misericordioso más allá de los límites y errores?

Oremos:

Señor Jesús, gracias por el amor misericordioso con el cual te manifiestas en mi vida. Eres el Maestro que con tus palabras y acciones muestras un camino nuevo para volver al Padre, devolviéndome la gracia y la paz del perdón. Ayúdame a caminar por el sendero de tu amor y extiende tu mano para levantarme de mis caídas. Amén.

Actuemos:

¿Con qué actitudes juzgo? ¿Con el rigor de la ley o con la misericordia de Jesús?

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“Yo soy la resurrección y la vida”
(Jn 11, 1-45)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El itinerario cuaresmal que hemos iniciado el Miércoles de Ceniza nos lleva a vivir el quinto domingo de Cuaresma con un espíritu nuevo, después de haber atravesado el desierto de nuestra propia existencia, de haber contemplado el misterio de la manifestación de Dios en el monte, de habernos encontrado al borde del pozo con el Señor para hacer experiencia junto a Él del agua viva y de haberle encontrado al borde del camino en medio de nuestras cegueras donde se nos ha devuelto a la gracia. Hoy, Betania es el lugar del encuentro con el Señor, porque la muerte no puede vencer la luz, porque el dolor acontece como el paso de Dios en medio de nuestra propia historia para darle mayor plenitud a nuestra vida, porque el Maestro también llora y ama a sus amigos; de ahí que la manifestación de la fe sea visibilizada con la resurrección de Lázaro, quien había muerto y ya había sido enterrado. Betania es el lugar de encuentro de este tiempo de preparación antes de celebrar el misterio del Triduo Pascual. Lázaro es el signo de un misterio que acontecerá en Jerusalén y que representa el poder absoluto de Jesús sobre la muerte y el pecado, anticipando su propia resurrección. De la hermana de Lázaro –María–, el autor sagrado nos recuerda que ella era la que había ungido el carísimo perfume en los pies de Jesús. La muerte de Lázaro se convierte en una ocasión de dolor que viven Marta y María, las hermanas de Lázaro, para manifestar su gloria, para que cuando Él resucite los creyentes tengan la esperanza puesta en Dios, autor de la vida y vencedor de la muerte. Los sentimientos colocados por el autor en los personajes principales son muy humanos. No solo lloran María y Marta, las hermanas de Lázaro, sino que también llora Jesús ante la muerte de su amigo porque Él se siente el sufrimiento humano y lo asume como suyo haciéndolo cercano. Pero a la vez, su condición divina como enviado del Padre y la acción portentosa de resucitar a su amigo Lázaro, manifiestan su gloria y su poder.

Reflexionemos:

Betania es el lugar del encuentro de quien ama, de quien experimenta el dolor, de quien cree. ¿Cuál puede ser la Betania de mi vida y mi existencia?

Oremos:

Señor Jesús, aumente mi fe, para vivir el dolor y la muerte no como sufrimientos, sino como pasos necesarios para vivir contigo eternamente en un gozo que no acabará nunca. Te pido que estos días que nos preparan para vivir contigo el Misterio Pascual, me ayuden a continuar mi vida a tu lado, escuchando tu llamada de la muerte a la vida; comprendiendo qué me ata y no me deja caminar hacia ti. Como Marta y María, abro mi corazón para que llegues a mi vida, te hospedes en Él y allí te quedes para siempre. Amén.

Actuemos:

¿Cuáles han sido los sentimientos y las reacciones que he vivido ante el dolor y la muerte que he experimentado con mis seres queridos?

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“¿Es que de Galilea va a venir el Mesías?”
(Jn 7, 40-53)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

La liturgia de la Palabra de la cuarta semana de Cuaresma finaliza con la narración del Evangelista Juan que acentúa la identidad de Jesús para la gente. Para algunos, Jesús es un profeta, además, escuchando sus enseñanzas han percibido su relación con el profetismo judío; para otros, Jesús es el Mesías porque también esperaban la liberación del pueblo de Israel y el cumplimiento de las promesas mesiánicas, Jesús, por la forma de su predicación, era quien podía encarnar esta figura. Sin embargo, para otros les resulta desconcertante identificar a Jesús como Mesías por sus raíces, porque tenían claro que el Mesías sería descendiente del rey David. Todas las enseñanzas que Jesús realizó como profeta y como Mesías tuvieron entre los suyos una acogida que causó una dura confrontación; de ahí, el deseo de prenderlo. Pero esto no le competía al pueblo sino a los sumos sacerdotes. Incluso estos reconocían en Jesús a un hombre admirable, especialmente por su forma de hablar con sabiduría. Entre ellos mismos decían: “Jamás ha hablado nadie como ese hombre”. De fondo, para el mundo judío desde la corriente farisea, Jesús ha colocado en entredicho la esencia de la ley que buscaba rigurosamente su cumplimento en torno al templo y la tradición sacerdotal. Nicodemo, quien irá al encuentro de Jesús en una noche, lo admira por sus palabras y acciones. Tal vez el fariseísmo no le permite confesar abiertamente su adhesión a esta corriente, pero su corazón ha sintonizado ya con el de Jesús. Los judíos se oponen a Cristo, a sus enseñanzas, y se ofuscan a las prescripciones que seguían muy al pie de la letra. Nicodemo los exhorta a que interroguen a Jesús y a conocerlo primero antes de despreciarlo completamente. Nicodemo cree y los quiere iluminar: los invita y los dirige hacia la luz de la verdad que es Jesús esperando que se provoque en ellos, como le sucedió a él, un nuevo nacimiento.

Reflexionemos:

En el camino de nuestra vida cristiana, ¿colocamos el acento de nuestras vivencias sobre el cumplimiento de las prácticas y ritos o sobre la persona de Jesús?

Oremos:

Señor Jesús, la Palabra me revela el camino de tus acciones; permite que mi corazón se enamore de ti. Haz que mi vida cristiana sea una verdadera escuela de discipulado, para que con mi propio testimonio de vida, muchos lleguen a ti. Enséñame a ser un testigo de tu mensaje de amor en medio de quienes me rodean. Amén.

Actuemos:

La persona de Jesús había tocado hace mucho tiempo el corazón de Nicodemo, pero las realidades personales, familiares y de su propio entorno social, político y religioso no le permitían confesar y profesar su fe al Maestro coherentemente. Por tanto, ¿vivo en mi camino de discipulado la experiencia de Nicodemo?

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“Intentaban agarrarlo, pero todavía no había llegado su hora”
(Jn 7, 1-2. 10. 25-30)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Hay expresiones de la sabiduría popular que afirman que “nadie muere el día anterior sino el día que es”. Así parece haberle sucedido a Jesús que no murió antes por más que intentaron despeñarlo, echarle mano o matarlo como sucede en el Evangelio de hoy, “porque los judíos trataban de matarlo”. Pero, aun así, permanecía en Galilea. El evangelista Juan narra cómo Jesús participaba de las celebraciones propias de su pueblo, sin embargo, ya no las frecuentaba de manera pública precisamente porque en ellas corría el riesgo de morir. La fiesta de las tiendas era una de las celebraciones principales del pueblo judío que se celebraba en Jerusalén, así como la Pascua. De ahí, que el pueblo judío creyente subiera hasta Jerusalén para manifestar y expresar, en memoria agradecida, la forma como Dios había conducido a su pueblo a través del desierto y cómo en ese largo caminar de cuarenta años había sido bendecido con el alimento y las tiendas. En medio de estas grandes celebraciones Jesús, quien asiste a escondidas, es plenamente reconocido porque a su paso se encuentra enseñando en el entorno del templo. En medio de la predicación y de la admiración del pueblo frente al mensaje que predica el Señor, la identidad de Jesús causa confusión en medio de los líderes religiosos, quienes esperaban a un Mesías político. El destino de Jesús está claramente definido; de ahí que en su mensaje Él mismo presente con claridad su identidad: “A mí me conocen, y conocen de dónde vengo”. La prolongada celebración de la fiesta, extendida por siete días, atraía cantidad de visitantes y esto despertaba interés en “agarrarlo”; sin embargo, la hora de Dios prevalecerá por encima de los designios humanos y por más que se desee humanamente, “nadie puede echar mano” porque la hora de Dios tiene el tiempo perfecto para actuar y salvar, para sanar y curar. No es el hombre el que define el destino de la humanidad ni el final de las personas, sino únicamente Dios. En síntesis, este pasaje resalta la tensión creciente entre la verdad de Jesús y la ceguera de sus opositores, subrayando que la vida de Jesús sigue un plan divino, no humano.

Reflexionemos:

¿Qué experiencias me han llevado a percibir en mi camino de vida cristiana que es preciso esperar el tiempo de Dios? Del tiempo de Dios, ¿qué he logrado aprender pedagógicamente para cumplir su voluntad?

Oremos:

Señor Jesús, tú que subes en silencio al lugar de la celebración, concédeme la gracia de discernir la voluntad de Dios en mi vida y enséñame a esperarla con paciencia. Dame tu gracia para poder dejar a un lado todo lo que pueda distraerme para llegar a contemplarte y reconocerte. Amén.

Actuemos:

Hago memoria de un acontecimiento en que sea preciso reconocer la hora de Dios y no la mía. Describo las situaciones que vivía en ese momento y cómo Dios actuó y fue conduciendo todo. ¿Qué experimento ahora?

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“José hizo lo que había mandado el ángel del Señor”
(Mt 1, 16. 18-21. 24a)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

La liturgia nos presenta en este día la solemnidad de san José, el esposo de María Santísima en la Historia de la Salvación. Gracias a su cooperación en el plan de Dios, la historia le ha devuelto en medio de su silencio en las Sagrada Escritura, el puesto de honor que le corresponde como custodio, protector y padre adoptivo de Jesús, y esposo de la Virgen María, siendo su misión discreta pero fundamental, actuando como un puente necesario entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Por medio del canto del gloria, que hace una pausa en la Cuaresma, la liturgia nos recuerda que todos aquellos que están aparentemente escondidos, tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación El silencio de José en la Historia de la Salvación ha sido develado en la acción de su entrega y donación al Hijo de Dios, al permanecer como el custodio vigilante que estuvo siempre atento a amarle y defenderle desde el seno de su madre; por eso, decidió repudiar a María en secreto, porque atentar en contra de ella era atentar en contra del Hijo de Dios. Además, el misterio del Hijo de Dios era tan grande para él, que se sentía indigno e incapaz de formar parte de él. Pero, aun así, lo asumió con obediencia, fidelidad y entrega. La justicia que practicó y vivió José fue más allá de la ley escrita en piedra. Esa justicia la vivió desde su corazón. Si bien san José fue descendiente de David no llegó a tener un palacio como sí lo tuvieron sus antecesores. Pero en sus brazos acunó y abrazó al Rey de reyes, soportando la crueldad del invierno, la dureza del lomo de mula y el rechazo de la gente de la comarca que negó el calor y la cuna para el Enmanuel cuando le cerraron las puertas. Pero José, iluminado por la gracia divina, preparó con creatividad entre unas pajas y el calor de los animales en la pesebrera el humilde lugar donde nacería el Redentor. Él, junto con María Santísima, le brindaron el calor necesario al Salvador y lo protegieron con una ternura que no tuvo límites. Y cuando la vida, después de ser preservada del frío, es amenazada por la muerte de los poderosos, de nuevo la custodia el fiel providente quien va de prisa y sin miedo en la oscuridad de la noche; si bien el temor se encuentra en su más alto nivel porque no se ve ni se reconoce, san José se presenta como el modelo de la sumisión incondicional a la voluntad de Dios, actuando como un guía justo que reconoce la mano divina en cada acontecimiento de la historia.

Reflexionemos:

El plan de Dios con su Hijo que vino al mundo a cumplir su voluntad estuvo marcado por la cooperación silenciosa y obediente de José en la Historia de la Salvación. ¿Qué tanto puedo decir que mi vida, mis acciones o mis decisiones cooperan con el plan salvífico de Dios en el silencio, la escucha o la prontitud de la vida misma?

Oremos:

San José, enséñame a cultivar el silencio de la vida activa y práctica que viviste con Jesús y María en Nazaret. Tú que en el Evangelio no has pronunciado ninguna palabra, enséñanos a ayunar de las palabras vanas y a redescubrir el valor de las palabras que edifican, animan, consuelan y sostienen. Ayúdame a ponerme en camino para llegar a Dios. Amén.

Actuemos:

¿Qué experiencia personal he vivido con san José en mi vida espiritual? Agradezco porque su testimonio y ejemplo ha sido luz en el camino de mi vida.

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““Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere” ”
(Jn 5, 17-30)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El escritor sagrado claramente se está dirigiendo a los judíos, con quienes en esta cuarta semana de Cuaresma se le ha visto en constante confrontación y esta realidad se sigue presentando también hoy. Jesús siente que a través de él actúa el Padre porque ha venido a cumplir su voluntad: “Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo”. Estas palabras incitaban a las autoridades judías que estaban decididas a eliminar a Jesús. Dos son las razones que trasgreden el límite judío: la primera razón, actuar en sábado y la segunda, declararse abiertamente Hijo de Dios; por tanto, ser como Él. En medio de este ambiente tenso, Jesús hace una declaración sobre la relación con su Padre: “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre”. Es decir, hace una confesión pública de su más íntima experiencia de obediencia y filiación con el Padre, caracterizada por el amor que nace de la mutua entrega del Padre que le ha enviado, pero a la vez del Hijo que siente la más profunda confianza en Él. Esta experiencia de relación entre el Padre y el Hijo le sirve al Señor para mostrar, a quién le escucha; cómo sus acciones no proceden de su propia iniciativa, sino de una relación más profunda que proviene del Padre Eterno. Hablando terrenalmente de esta unión filial, podemos decir que todo hijo hereda de su padre no solo los bienes materiales que pueda brindarle, sino las características físicas, psicológicas y espirituales que le puedan caracterizar como identidad propia. Jesús explica su relación con el Padre eterno basada en una unidad esencial, igualdad divina y comunión íntima. Afirma ser uno con el Padre. En medio de este ambiente tenso, Jesús reconoce que su hora está por llegar, el anuncio de su muerte es inminente y se percibe en sus expresiones: “Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios” y a la vez, se percibe el anuncio gozoso de la luz de la Resurrección: “Y los que hayan oído vivirán”.

Reflexionemos:

La relación entre el Padre y el Hijo, el evangelista la presenta de manera profunda estrecha y significativa. Percibamos cómo se da esta experiencia de relación paterna no solo en la paternidad filial de Dios como Padre, sino también en la paternidad que recibimos como gracia en el momento de nuestra concepción. La paternidad espiritual se encuentra en profunda comunión con la paternidad biológica, de lo contrario, una de ellas se encuentra rota.

Oremos:

Señor Jesús, gracias por el don de mis padres, que en la experiencia de su amor incondicional me han acercado profundamente al amor del Padre Eterno, quien me ha amado desde siempre, llamándome a la vida y confiándome una misión en la tierra. Ayúdame a ser dócil y a vivir de acuerdo a tu mandamiento del amor. Amén.

Actuemos:

Doy gracias por la experiencia paterna profundamente significativa en mi vida, con sus luces y sombras, sus límites y sus dones.

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“Al momento aquel hombre quedó sano ”
(Jn 5, 1-16)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El evangelista Juan de nuevo coloca a Jesús en Jerusalén en una fiesta, esta vez a diferencia de la anterior, no se sabe cuál es. Inmediatamente lo ubica a la entrada en la Puerta de las Ovejas, junto a la piscina de Betesda o Betsaida; al parecer, es el lugar por el cual pasaban las ovejas que iban a ser sacrificadas en el templo, de ahí que las ovejas y el agua representan el misterio pascual del sacrificio. Es una clara referencia a que también nosotros somos sumergidos, salvados y redimidos por el Señor, el Cordero Pascual. La entrada se encontraba distante del templo y esto nos ayuda a entender que enfermos, ciegos, cojos, o paralíticos, estaban excluidos y quedaban al borde de la entrada, donde intentaban acercarse y ser sanados. El pasaje destaca que el Señor es la verdadera fuente de sanación, superior a las soluciones humanas. La pregunta “¿quieres curarte?” es vista como un llamado a tomar control de la propia vida y dejar atrás la parálisis espiritual. La curación implica un compromiso de conversión (no pecar más) y de caminar en la luz de Jesús. Jesús al percibir con sus palabras la fuerza del deseo de su corazón le dice: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar”. El texto afirma que “al momento, quedó sano, tomó su camilla y echó a andar”. El encuentro y la certeza de las palabras de quien anhelaba la curación y de quien tenía el poder se han cumplido. El problema ahora se vivía como tensión entre Jesús y las autoridades en este entorno del templo y en Jerusalén, donde la prescripción ritual era cumplida exactamente como la ley lo ordenaba; de ahí que siendo sábado era preciso guardar la prescripción del descanso sabático. La respuesta del hombre, quien no reconocía a Jesús, genera entre los judíos que lo acusaban más razones para hacer obvia esa persecución, porque precisamente el hombre sanado al reconocer que Jesús había hecho el milagro, no lo lleva al agradecerle a él, sino que lo lleva al encuentro con los judíos para acusarle.

Reflexionemos:

El texto afirma cómo los judíos le preguntan al hombre sanado por la identidad de quien lo había curado. Sin embargo, él sabe que le curó, pero no lo reconoce, no ha establecido con él una identidad cercana. Igualmente, es probable que suceda esto mismo con nosotros: la acción misericordiosa de Dios puede curarnos, pero no lo reconocemos o, aún peor, le reconocemos solo por nuestros intereses y necesidades mas no siempre.

Oremos:

Señor Jesús, existen muchas realidades que no me permiten llegar al agua viva que salva y transforma. Guía mis pasos para que al encontrarme contigo, al borde de la piscina, cure mis enfermedades y pueda reconocer que tú eres el agua que purifica mis heridas y salva mi vida. Amén.

Actuemos:

¿En qué aguas de mi vida y mi existencia he sentido sanación y transformación?

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“Anda, tu hijo vive”
(Jn 4, 43-54)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El relato del Evangelio de hoy coloca a Jesús de camino a Galilea, después de haber realizado el milagro de las bodas de Caná y haber participado de la fiesta de la Pascua en Jerusalén; en este camino de regreso del Maestro a su tierra, el autor lo ubica a la salida de Samaria donde se ha encontrado con la Samaritana y la ha llevado a este encuentro con el “agua viva”. Nos encontramos en el Evangelio de Juan llamado el libro de los signos en los primeros capítulos. Ya en Galilea, su tierra natal, el lugar de los suyos, a diferencia de otros momentos en que ha sido directamente rechazado, el Señor esta vez es acogido por los milagros o signos que ha realizado, porque sus paisanos han subido con Él a la fiesta de la Pascua y le han visto; no solo han escuchado hablar de sus acciones, sino que sus ojos lo han contemplado. Jesús se encuentra en Caná de Galilea; allí obró su primer milagro o signo: convertir el agua en vino en la fiesta de las bodas de Caná. De ahí que Jesús acentúe: “Si no ven signos y prodigios no creen”. La gente estaba convencida de haberle visto, sin embargo, la expresión da entender que si bien habían visto, no creían completamente. El milagro que acontece con el hijo del funcionario busca acentuar el dinamismo de la fe que parece débil en sus oyentes, después de todo lo que había acontecido, porque cuando el corazón se cierra –“un profeta no es estimado en su propia patria”–; no le es fácil creer, aun si han visto, porque no se trata solo de tener una experiencia con los sentidos, sino de caminar en la vida al ritmo de la fe: “Señor, baja antes de que se muera mi niño”. El hijo del funcionario es el instrumento de la gracia para los suyos, pero lo es también para el funcionario mismo, quien pretende bajar con Jesús para encontrarse con su hijo, pero ante la insistencia del Señor de que vaya solo a su casa, parte creyendo en las palabras del Señor: “Anda, tu hijo vive”. El Señor nos quiere devolver la salud, como al hijo del funcionario real, y quiere liberarnos de toda esclavitud y tristeza perdonándonos todas nuestras faltas. Si tenemos fe, si queremos que de verdad nos cure, debemos acercarnos confiadamente para que nos llene de su gracia: “a la hora séptima lo dejó la fiebre”. La palabra de Jesús se convierte en transformadora cuando el hombre la acepta, se convierte, se pone en camino y así puede llegar a la vida. Solo así Dios actúa plenamente.

Reflexionemos:

Desde la experiencia personal de mi fe, ¿qué hechos o circunstancias me han permitido vivir la fe del padre: “anda, tu hijo vive”?

Oremos:

Señor Jesús, aumenta mi fe. La luz de los sacramentos ha encendido su llama en mi corazón, sin embargo, no siempre veo con claridad, ni logró reconocer el don de tu amor. Tú eres la Palabra que has venido al mundo para darme la vida y salvarme. Sé que Tú puedes transformarme, pero quieres que yo libremente te acepte. Amén.

Actuemos:

Percibo en mi realidad personal si creo por la Palabra de Jesús o por los signos.

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