El itinerario cuaresmal que hemos iniciado el Miércoles de Ceniza nos lleva a vivir el quinto domingo de Cuaresma con un espíritu nuevo, después de haber atravesado el desierto de nuestra propia existencia, de haber contemplado el misterio de la manifestación de Dios en el monte, de habernos encontrado al borde del pozo con el Señor para hacer experiencia junto a Él del agua viva y de haberle encontrado al borde del camino en medio de nuestras cegueras donde se nos ha devuelto a la gracia. Hoy, Betania es el lugar del encuentro con el Señor, porque la muerte no puede vencer la luz, porque el dolor acontece como el paso de Dios en medio de nuestra propia historia para darle mayor plenitud a nuestra vida, porque el Maestro también llora y ama a sus amigos; de ahí que la manifestación de la fe sea visibilizada con la resurrección de Lázaro, quien había muerto y ya había sido enterrado. Betania es el lugar de encuentro de este tiempo de preparación antes de celebrar el misterio del Triduo Pascual. Lázaro es el signo de un misterio que acontecerá en Jerusalén y que representa el poder absoluto de Jesús sobre la muerte y el pecado, anticipando su propia resurrección. De la hermana de Lázaro –María–, el autor sagrado nos recuerda que ella era la que había ungido el carísimo perfume en los pies de Jesús. La muerte de Lázaro se convierte en una ocasión de dolor que viven Marta y María, las hermanas de Lázaro, para manifestar su gloria, para que cuando Él resucite los creyentes tengan la esperanza puesta en Dios, autor de la vida y vencedor de la muerte. Los sentimientos colocados por el autor en los personajes principales son muy humanos. No solo lloran María y Marta, las hermanas de Lázaro, sino que también llora Jesús ante la muerte de su amigo porque Él se siente el sufrimiento humano y lo asume como suyo haciéndolo cercano. Pero a la vez, su condición divina como enviado del Padre y la acción portentosa de resucitar a su amigo Lázaro, manifiestan su gloria y su poder.
Betania es el lugar del encuentro de quien ama, de quien experimenta el dolor, de quien cree. ¿Cuál puede ser la Betania de mi vida y mi existencia?
Señor Jesús, aumente mi fe, para vivir el dolor y la muerte no como sufrimientos, sino como pasos necesarios para vivir contigo eternamente en un gozo que no acabará nunca. Te pido que estos días que nos preparan para vivir contigo el Misterio Pascual, me ayuden a continuar mi vida a tu lado, escuchando tu llamada de la muerte a la vida; comprendiendo qué me ata y no me deja caminar hacia ti. Como Marta y María, abro mi corazón para que llegues a mi vida, te hospedes en Él y allí te quedes para siempre. Amén.
¿Cuáles han sido los sentimientos y las reacciones que he vivido ante el dolor y la muerte que he experimentado con mis seres queridos?

La liturgia de la Palabra de la cuarta semana de Cuaresma finaliza con la narración del Evangelista Juan que acentúa la identidad de Jesús para la gente. Para algunos, Jesús es un profeta, además, escuchando sus enseñanzas han percibido su relación con el profetismo judío; para otros, Jesús es el Mesías porque también esperaban la liberación del pueblo de Israel y el cumplimiento de las promesas mesiánicas, Jesús, por la forma de su predicación, era quien podía encarnar esta figura. Sin embargo, para otros les resulta desconcertante identificar a Jesús como Mesías por sus raíces, porque tenían claro que el Mesías sería descendiente del rey David. Todas las enseñanzas que Jesús realizó como profeta y como Mesías tuvieron entre los suyos una acogida que causó una dura confrontación; de ahí, el deseo de prenderlo. Pero esto no le competía al pueblo sino a los sumos sacerdotes. Incluso estos reconocían en Jesús a un hombre admirable, especialmente por su forma de hablar con sabiduría. Entre ellos mismos decían: “Jamás ha hablado nadie como ese hombre”. De fondo, para el mundo judío desde la corriente farisea, Jesús ha colocado en entredicho la esencia de la ley que buscaba rigurosamente su cumplimento en torno al templo y la tradición sacerdotal. Nicodemo, quien irá al encuentro de Jesús en una noche, lo admira por sus palabras y acciones. Tal vez el fariseísmo no le permite confesar abiertamente su adhesión a esta corriente, pero su corazón ha sintonizado ya con el de Jesús. Los judíos se oponen a Cristo, a sus enseñanzas, y se ofuscan a las prescripciones que seguían muy al pie de la letra. Nicodemo los exhorta a que interroguen a Jesús y a conocerlo primero antes de despreciarlo completamente. Nicodemo cree y los quiere iluminar: los invita y los dirige hacia la luz de la verdad que es Jesús esperando que se provoque en ellos, como le sucedió a él, un nuevo nacimiento.
En el camino de nuestra vida cristiana, ¿colocamos el acento de nuestras vivencias sobre el cumplimiento de las prácticas y ritos o sobre la persona de Jesús?
Señor Jesús, la Palabra me revela el camino de tus acciones; permite que mi corazón se enamore de ti. Haz que mi vida cristiana sea una verdadera escuela de discipulado, para que con mi propio testimonio de vida, muchos lleguen a ti. Enséñame a ser un testigo de tu mensaje de amor en medio de quienes me rodean. Amén.
La persona de Jesús había tocado hace mucho tiempo el corazón de Nicodemo, pero las realidades personales, familiares y de su propio entorno social, político y religioso no le permitían confesar y profesar su fe al Maestro coherentemente. Por tanto, ¿vivo en mi camino de discipulado la experiencia de Nicodemo?

Hay expresiones de la sabiduría popular que afirman que “nadie muere el día anterior sino el día que es”. Así parece haberle sucedido a Jesús que no murió antes por más que intentaron despeñarlo, echarle mano o matarlo como sucede en el Evangelio de hoy, “porque los judíos trataban de matarlo”. Pero, aun así, permanecía en Galilea. El evangelista Juan narra cómo Jesús participaba de las celebraciones propias de su pueblo, sin embargo, ya no las frecuentaba de manera pública precisamente porque en ellas corría el riesgo de morir. La fiesta de las tiendas era una de las celebraciones principales del pueblo judío que se celebraba en Jerusalén, así como la Pascua. De ahí, que el pueblo judío creyente subiera hasta Jerusalén para manifestar y expresar, en memoria agradecida, la forma como Dios había conducido a su pueblo a través del desierto y cómo en ese largo caminar de cuarenta años había sido bendecido con el alimento y las tiendas. En medio de estas grandes celebraciones Jesús, quien asiste a escondidas, es plenamente reconocido porque a su paso se encuentra enseñando en el entorno del templo. En medio de la predicación y de la admiración del pueblo frente al mensaje que predica el Señor, la identidad de Jesús causa confusión en medio de los líderes religiosos, quienes esperaban a un Mesías político. El destino de Jesús está claramente definido; de ahí que en su mensaje Él mismo presente con claridad su identidad: “A mí me conocen, y conocen de dónde vengo”. La prolongada celebración de la fiesta, extendida por siete días, atraía cantidad de visitantes y esto despertaba interés en “agarrarlo”; sin embargo, la hora de Dios prevalecerá por encima de los designios humanos y por más que se desee humanamente, “nadie puede echar mano” porque la hora de Dios tiene el tiempo perfecto para actuar y salvar, para sanar y curar. No es el hombre el que define el destino de la humanidad ni el final de las personas, sino únicamente Dios. En síntesis, este pasaje resalta la tensión creciente entre la verdad de Jesús y la ceguera de sus opositores, subrayando que la vida de Jesús sigue un plan divino, no humano.
¿Qué experiencias me han llevado a percibir en mi camino de vida cristiana que es preciso esperar el tiempo de Dios? Del tiempo de Dios, ¿qué he logrado aprender pedagógicamente para cumplir su voluntad?
Señor Jesús, tú que subes en silencio al lugar de la celebración, concédeme la gracia de discernir la voluntad de Dios en mi vida y enséñame a esperarla con paciencia. Dame tu gracia para poder dejar a un lado todo lo que pueda distraerme para llegar a contemplarte y reconocerte. Amén.
Hago memoria de un acontecimiento en que sea preciso reconocer la hora de Dios y no la mía. Describo las situaciones que vivía en ese momento y cómo Dios actuó y fue conduciendo todo. ¿Qué experimento ahora?

La liturgia nos presenta en este día la solemnidad de san José, el esposo de María Santísima en la Historia de la Salvación. Gracias a su cooperación en el plan de Dios, la historia le ha devuelto en medio de su silencio en las Sagrada Escritura, el puesto de honor que le corresponde como custodio, protector y padre adoptivo de Jesús, y esposo de la Virgen María, siendo su misión discreta pero fundamental, actuando como un puente necesario entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Por medio del canto del gloria, que hace una pausa en la Cuaresma, la liturgia nos recuerda que todos aquellos que están aparentemente escondidos, tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación El silencio de José en la Historia de la Salvación ha sido develado en la acción de su entrega y donación al Hijo de Dios, al permanecer como el custodio vigilante que estuvo siempre atento a amarle y defenderle desde el seno de su madre; por eso, decidió repudiar a María en secreto, porque atentar en contra de ella era atentar en contra del Hijo de Dios. Además, el misterio del Hijo de Dios era tan grande para él, que se sentía indigno e incapaz de formar parte de él. Pero, aun así, lo asumió con obediencia, fidelidad y entrega. La justicia que practicó y vivió José fue más allá de la ley escrita en piedra. Esa justicia la vivió desde su corazón. Si bien san José fue descendiente de David no llegó a tener un palacio como sí lo tuvieron sus antecesores. Pero en sus brazos acunó y abrazó al Rey de reyes, soportando la crueldad del invierno, la dureza del lomo de mula y el rechazo de la gente de la comarca que negó el calor y la cuna para el Enmanuel cuando le cerraron las puertas. Pero José, iluminado por la gracia divina, preparó con creatividad entre unas pajas y el calor de los animales en la pesebrera el humilde lugar donde nacería el Redentor. Él, junto con María Santísima, le brindaron el calor necesario al Salvador y lo protegieron con una ternura que no tuvo límites. Y cuando la vida, después de ser preservada del frío, es amenazada por la muerte de los poderosos, de nuevo la custodia el fiel providente quien va de prisa y sin miedo en la oscuridad de la noche; si bien el temor se encuentra en su más alto nivel porque no se ve ni se reconoce, san José se presenta como el modelo de la sumisión incondicional a la voluntad de Dios, actuando como un guía justo que reconoce la mano divina en cada acontecimiento de la historia.
El plan de Dios con su Hijo que vino al mundo a cumplir su voluntad estuvo marcado por la cooperación silenciosa y obediente de José en la Historia de la Salvación. ¿Qué tanto puedo decir que mi vida, mis acciones o mis decisiones cooperan con el plan salvífico de Dios en el silencio, la escucha o la prontitud de la vida misma?
San José, enséñame a cultivar el silencio de la vida activa y práctica que viviste con Jesús y María en Nazaret. Tú que en el Evangelio no has pronunciado ninguna palabra, enséñanos a ayunar de las palabras vanas y a redescubrir el valor de las palabras que edifican, animan, consuelan y sostienen. Ayúdame a ponerme en camino para llegar a Dios. Amén.
¿Qué experiencia personal he vivido con san José en mi vida espiritual? Agradezco porque su testimonio y ejemplo ha sido luz en el camino de mi vida.

El escritor sagrado claramente se está dirigiendo a los judíos, con quienes en esta cuarta semana de Cuaresma se le ha visto en constante confrontación y esta realidad se sigue presentando también hoy. Jesús siente que a través de él actúa el Padre porque ha venido a cumplir su voluntad: “Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo”. Estas palabras incitaban a las autoridades judías que estaban decididas a eliminar a Jesús. Dos son las razones que trasgreden el límite judío: la primera razón, actuar en sábado y la segunda, declararse abiertamente Hijo de Dios; por tanto, ser como Él. En medio de este ambiente tenso, Jesús hace una declaración sobre la relación con su Padre: “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre”. Es decir, hace una confesión pública de su más íntima experiencia de obediencia y filiación con el Padre, caracterizada por el amor que nace de la mutua entrega del Padre que le ha enviado, pero a la vez del Hijo que siente la más profunda confianza en Él. Esta experiencia de relación entre el Padre y el Hijo le sirve al Señor para mostrar, a quién le escucha; cómo sus acciones no proceden de su propia iniciativa, sino de una relación más profunda que proviene del Padre Eterno. Hablando terrenalmente de esta unión filial, podemos decir que todo hijo hereda de su padre no solo los bienes materiales que pueda brindarle, sino las características físicas, psicológicas y espirituales que le puedan caracterizar como identidad propia. Jesús explica su relación con el Padre eterno basada en una unidad esencial, igualdad divina y comunión íntima. Afirma ser uno con el Padre. En medio de este ambiente tenso, Jesús reconoce que su hora está por llegar, el anuncio de su muerte es inminente y se percibe en sus expresiones: “Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios” y a la vez, se percibe el anuncio gozoso de la luz de la Resurrección: “Y los que hayan oído vivirán”.
La relación entre el Padre y el Hijo, el evangelista la presenta de manera profunda estrecha y significativa. Percibamos cómo se da esta experiencia de relación paterna no solo en la paternidad filial de Dios como Padre, sino también en la paternidad que recibimos como gracia en el momento de nuestra concepción. La paternidad espiritual se encuentra en profunda comunión con la paternidad biológica, de lo contrario, una de ellas se encuentra rota.
Señor Jesús, gracias por el don de mis padres, que en la experiencia de su amor incondicional me han acercado profundamente al amor del Padre Eterno, quien me ha amado desde siempre, llamándome a la vida y confiándome una misión en la tierra. Ayúdame a ser dócil y a vivir de acuerdo a tu mandamiento del amor. Amén.
Doy gracias por la experiencia paterna profundamente significativa en mi vida, con sus luces y sombras, sus límites y sus dones.

El evangelista Juan de nuevo coloca a Jesús en Jerusalén en una fiesta, esta vez a diferencia de la anterior, no se sabe cuál es. Inmediatamente lo ubica a la entrada en la Puerta de las Ovejas, junto a la piscina de Betesda o Betsaida; al parecer, es el lugar por el cual pasaban las ovejas que iban a ser sacrificadas en el templo, de ahí que las ovejas y el agua representan el misterio pascual del sacrificio. Es una clara referencia a que también nosotros somos sumergidos, salvados y redimidos por el Señor, el Cordero Pascual. La entrada se encontraba distante del templo y esto nos ayuda a entender que enfermos, ciegos, cojos, o paralíticos, estaban excluidos y quedaban al borde de la entrada, donde intentaban acercarse y ser sanados. El pasaje destaca que el Señor es la verdadera fuente de sanación, superior a las soluciones humanas. La pregunta “¿quieres curarte?” es vista como un llamado a tomar control de la propia vida y dejar atrás la parálisis espiritual. La curación implica un compromiso de conversión (no pecar más) y de caminar en la luz de Jesús. Jesús al percibir con sus palabras la fuerza del deseo de su corazón le dice: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar”. El texto afirma que “al momento, quedó sano, tomó su camilla y echó a andar”. El encuentro y la certeza de las palabras de quien anhelaba la curación y de quien tenía el poder se han cumplido. El problema ahora se vivía como tensión entre Jesús y las autoridades en este entorno del templo y en Jerusalén, donde la prescripción ritual era cumplida exactamente como la ley lo ordenaba; de ahí que siendo sábado era preciso guardar la prescripción del descanso sabático. La respuesta del hombre, quien no reconocía a Jesús, genera entre los judíos que lo acusaban más razones para hacer obvia esa persecución, porque precisamente el hombre sanado al reconocer que Jesús había hecho el milagro, no lo lleva al agradecerle a él, sino que lo lleva al encuentro con los judíos para acusarle.
El texto afirma cómo los judíos le preguntan al hombre sanado por la identidad de quien lo había curado. Sin embargo, él sabe que le curó, pero no lo reconoce, no ha establecido con él una identidad cercana. Igualmente, es probable que suceda esto mismo con nosotros: la acción misericordiosa de Dios puede curarnos, pero no lo reconocemos o, aún peor, le reconocemos solo por nuestros intereses y necesidades mas no siempre.
Señor Jesús, existen muchas realidades que no me permiten llegar al agua viva que salva y transforma. Guía mis pasos para que al encontrarme contigo, al borde de la piscina, cure mis enfermedades y pueda reconocer que tú eres el agua que purifica mis heridas y salva mi vida. Amén.
¿En qué aguas de mi vida y mi existencia he sentido sanación y transformación?

El relato del Evangelio de hoy coloca a Jesús de camino a Galilea, después de haber realizado el milagro de las bodas de Caná y haber participado de la fiesta de la Pascua en Jerusalén; en este camino de regreso del Maestro a su tierra, el autor lo ubica a la salida de Samaria donde se ha encontrado con la Samaritana y la ha llevado a este encuentro con el “agua viva”. Nos encontramos en el Evangelio de Juan llamado el libro de los signos en los primeros capítulos. Ya en Galilea, su tierra natal, el lugar de los suyos, a diferencia de otros momentos en que ha sido directamente rechazado, el Señor esta vez es acogido por los milagros o signos que ha realizado, porque sus paisanos han subido con Él a la fiesta de la Pascua y le han visto; no solo han escuchado hablar de sus acciones, sino que sus ojos lo han contemplado. Jesús se encuentra en Caná de Galilea; allí obró su primer milagro o signo: convertir el agua en vino en la fiesta de las bodas de Caná. De ahí que Jesús acentúe: “Si no ven signos y prodigios no creen”. La gente estaba convencida de haberle visto, sin embargo, la expresión da entender que si bien habían visto, no creían completamente. El milagro que acontece con el hijo del funcionario busca acentuar el dinamismo de la fe que parece débil en sus oyentes, después de todo lo que había acontecido, porque cuando el corazón se cierra –“un profeta no es estimado en su propia patria”–; no le es fácil creer, aun si han visto, porque no se trata solo de tener una experiencia con los sentidos, sino de caminar en la vida al ritmo de la fe: “Señor, baja antes de que se muera mi niño”. El hijo del funcionario es el instrumento de la gracia para los suyos, pero lo es también para el funcionario mismo, quien pretende bajar con Jesús para encontrarse con su hijo, pero ante la insistencia del Señor de que vaya solo a su casa, parte creyendo en las palabras del Señor: “Anda, tu hijo vive”. El Señor nos quiere devolver la salud, como al hijo del funcionario real, y quiere liberarnos de toda esclavitud y tristeza perdonándonos todas nuestras faltas. Si tenemos fe, si queremos que de verdad nos cure, debemos acercarnos confiadamente para que nos llene de su gracia: “a la hora séptima lo dejó la fiebre”. La palabra de Jesús se convierte en transformadora cuando el hombre la acepta, se convierte, se pone en camino y así puede llegar a la vida. Solo así Dios actúa plenamente.
Desde la experiencia personal de mi fe, ¿qué hechos o circunstancias me han permitido vivir la fe del padre: “anda, tu hijo vive”?
Señor Jesús, aumenta mi fe. La luz de los sacramentos ha encendido su llama en mi corazón, sin embargo, no siempre veo con claridad, ni logró reconocer el don de tu amor. Tú eres la Palabra que has venido al mundo para darme la vida y salvarme. Sé que Tú puedes transformarme, pero quieres que yo libremente te acepte. Amén.
Percibo en mi realidad personal si creo por la Palabra de Jesús o por los signos.

El camino cuaresmal por medio de la Palabra nos ha permitido vivir una profunda experiencia espiritual a través de diversos escenarios durante estos cuatro domingos de Cuaresma. Del desierto de nuestras vidas hemos pasado a la contemplación del misterio en el monte que nos devuelve al corazón del Maestro; de la sed que nos llevó pasamos al encuentro de la propia existencia. En este cuarto domingo de Cuaresma, reconoceremos cuáles son aquellas cegueras que no nos dejan abrirnos al amor de Dios. La vida cristiana y la celebración de los grandes misterios de nuestra fe son un camino cotidiano que en nuestra existencia nos colocan en conversión continua, porque solo el corazón que prepara su pascua vuelve al encuentro de su Maestro en el Getsemaní de su propia existencia, en su Calvario o en el camino a su Emaús. La ceguera del hombre del camino, viene dada no como una condición para juzgar al culpable, o a la generación que pecó, sino como mediación para que se manifieste la gracia de Dios; no se trata solo de buscar las consecuencias del padecimiento físico, sino de ir más allá, permitiendo que la gracia de Dios actué. En este sentido, Jesús durante la Pascua, se manifiesta con su identidad plena a través de una de sus más fuertes autorrevelaciones: “Yo soy la luz”. El dinamismo bautismal de nuevo se coloca como experiencia fundamental: del agua que calma la sed pasamos al agua que lava y recobra la vista; el bautismo nos sumergirá en el misterio de la noche para devolvernos a la gracia de la luz y al abrazo del Padre, en comunión con la comunidad de fe. La acción salvadora y la identidad de quien obra el milagro no es clara porque no todos lo reconocen, solo quien ha escuchado sobre sus acciones y milagros lo identifican como “el hombre que se llama Jesús”. Así, una vez el ciego conoce la identidad de Jesús lo identifica como Profeta. El Señor hoy nos quiere devolver la vista, por tanto, escuchemos su voz y démosle gloria con nuestra vida que empieza a renacer en el Espíritu que nos da la luz.
Las cegueras que acontecen en el camino de mi vida personal tal vez no sean físicas porque no implican la vista como sentido, pero puede ser que ellas impliquen una ceguera espiritual, moral o psicológica. ¿Al borde de qué caminos me detengo para intentar curarlas y sanarlas?
Señor Jesús, te doy gracias porque con la luz de mis ojos veo el borde del camino, sin embargo, con la luz del corazón no siempre logro ver con claridad. Que el gozo de tu luz alcance las oscuridades de mi existencia más profundas e ilumine la luz de mi fe. Te pido por todas aquellos que aún no te han conocido y andan en tinieblas para que algún día abran los ojos de sus corazones a tu amor. Amén.
¿Qué experiencias personales, familiares, espirituales me han conducido de la oscuridad a la luz?

La experiencia del Evangelio de hoy, nos propone un buen examen de conciencia en nuestro itinerario cuaresmal, porque precisamente inicia la narración colocándonos en el contexto de este tiempo. Utilizando el recurso parabólico, el evangelista Lucas coloca al publicano y al fariseo en actitud orante; cada uno con su modo de actuar. Recordemos que las parábolas son enseñanzas que Jesús usa como recursos pedagógicos valiéndose de situaciones cotidianas, para enseñar una verdad espiritual, una lección moral o un principio religioso. El texto inicia afirmando que Jesús dice esta parábola por “algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás”. Percibamos cómo cada uno vivía su oración personal en el templo. El fariseo, de acuerdo a la prescripción judía, tenía la convicción de creerse justo y fiel, sin duda lo era, pero su corazón estaba lejos de lo que practicaba porque al compararse con los demás –“no soy como… ni tampoco como ese publicano”–, su oración estaba revestida de soberbia y apariencia. Si bien era cumplidor de la ley –“ayuno dos veces por semana y pago el diezmo”– su corazón permanecía distante de sus acciones. El publicano no se sentía ni siquiera digno de permanecer en el templo, a diferencia del fariseo que permanecía en él. La oración personal del publicano brotaba de lo más íntimo de su corazón, de la necesidad de encontrarse con Dios para volver a sentirse perdonado y amado –“ten compasión de este pecador”–, porque sabía que Dios lo devolvería a la esencia de su amor, de su misericordia.
La oración, el ayuno y la limosna son la expresión concreta de la vivencia cuaresmal en el camino hacia la Pascua. ¿Cómo estoy viviendo las practicas cuaresmales? ¿Vivo la oración con la actitud del fariseo o del publicano? ¿Practico el ayuno para que los demás me vean? ¿Percibo la limosna como una práctica más o me solidariza con rostros y realidades concretas?
Señor Jesús, no es fácil llegar al encuentro contigo con un corazón puro y sincero. Ayúdame a ser misericordioso y bondadoso con los demás. Te pido que me concedas la fortaleza para no criticar ni juzgar al prójimo. Purifica mi corazón de toda pretensión vanidosa y acrecienta en mí un espíritu humilde, sincero y silencioso. Amén.
La Iglesia propone cada año la campaña de la Comunicación Cristiana de Bienes que es una campaña solidaria de la Iglesia Católica que invita a los fieles, especialmente en la Cuaresma, a compartir material y espiritualmente con los más necesitados en sus Iglesias particulares. ¿He previsto alguna expresión de solidaridad para vivir este tiempo de Cuaresma?

El encuentro de Jesús, narrado por el Evangelio de Marcos, se da con un judío conocer de la ley y las tradiciones. La pregunta que este le hace a Jesús es clave porque el escriba viene al encuentro de Jesús. El escriba viene con un mundo cargado de prescripciones que en la tradición judía –según el libro del Deuteronomio–debían cumplirse; en medio de esta realidad, el escriba ve en la persona de Jesús trae consigo una propuesta de novedad; de ahí, la pregunta: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”. El Señor, conocedor de la tradición de su pueblo, sale al encuentro y sintetiza la ley en dos dinamismos fundamentales. El primer dinamismo hace referencia a nuestra relación con Dios: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. La relación con Dios no es solo un acto cultual que vivimos a partir de nuestros ritos y cultos, sino que es una celebración que involucra todo el dinamismo de la vida misma. Esto quiere decir que cuando se celebra la vida con el corazón, con la mente, con todo el ser, entonces Dios mismo acontece en nuestra vida y en nuestra historia, tomándola y transformándola, de lo contrario, sería un rito vacío y separado de la vida. El segundo dinamismo hace referencia a nuestra relación con los demás: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esta sintetiza la exigencia de la vida cristiana, ya que no es posible amar a los demás especialmente a quienes nos han sido confiados para nuestro cuidado, si no son amados con la medida del amor propio. En medio del diálogo, el escriba, después de la enseñanza de Jesús, logra reconocer al Señor como Maestro, es decir, como aquel que enseña una manera nueva de relacionarse con Dios y con los hermanos; no es la forma tradicional de los holocaustos y sacrificios sino la acción lo que mueve a la persona al amor con todo su ser, involucrando toda la persona, porque, así como se ama a Dios, debemos amar a nuestro hermano “con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser”. Este dinamismo del amor supone el amor por uno mismo, ya que no es posible querer el bien para el otro, lo que yo no quiero para mí mismo.
La pregunta que el escriba le hace a Jesús sobre cuál mandamiento es el primero, es también una pregunta dirigida a mí, y la síntesis de esta pregunta me debe llevar a ser coherente con aquello en lo que creo.
Señor Jesús, concédeme la gracia de ser coherente con mi fe. Que mi vida no solo se reduzca a buenas intenciones, sino a poner por obra aquello en lo que creo. Que al llegar a la contemplación del misterio pascual, la luz de mis acciones ilumine el camino de mi vida. Amén.
Percibo qué relación se acentúa en el dinamismo de mi fe: ¿la relación con Dios o con mi prójimo?


