El evangelio que hemos escuchado es como la primera piedra sobre la cual Jesús construirá su Iglesia, continuadora de su presencia y su misión en el mundo. Jesús subió al monte, es decir desde el ambiente donde vive su mayor intimidad con el Padre, llamó a los que quiso. Entre todos los que respondieron a su llamado, Jesús eligió doce para que vivieran con Él, y para enviarlos a predicar; y a estos les dio su mismo poder de sanar enfermedades y expulsar los demonios. Tratemos de contemplar las motivaciones que inspiraron a Jesús la elección de sus primeros discípulos: Ante todo notamos que Jesús llamó a los que quiso, es decir a los le fueron indicados por el Padre, porque el solo hace lo que quiere el Padre. Y lo primero que quiere de ellos es que permanezcan a su lado, porque su anhelo más hondo es formar una comunidad de hermanos que vivan en intimidad con él. Y será con ellos que realizará y dará continuidad a su presencia salvadora y su misión en este mundo. Es hermoso ver cómo Jesús comparte con sus discípulos no solo su vida, sino también el poder que tiene para sanar enfermedades y expulsar demonios; y nos conmueve además constatar, cómo este maestro incomparable no elige a los que sobresalen por su capacidades y privilegios, sino a personas sencillas, con limitaciones y defectos, para mostrarnos que Dios se integra en nuestra fragilidad humana y se sirve también de ella para construir su Reino.
¿Qué siento al descubrir que también yo fui llamado para ser miembro de la Iglesia y constructor del Reino de Dios en este mundo? ¿Vivo con alegría mi seguimiento de Jesús?
Gracias Jesús, por llamarme a ser miembro de tu Iglesia, y en ella, constructor del Reino de Dios en este mundo. Ayúdame a vivir en intimidad contigo para ser fecundo en la misión. Amén.
Hoy pido al Señor la gracia de vivir con alegría y compromiso mi vocación cristiana.
Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios.
La selección de los Doce no es solo individual, sino fundacional para una nueva comunidad, la Iglesia, que refleje el amor y el servicio de Jesús, incluso con sus imperfecciones. Aunque se enfoca en los Doce, esta llamada resuena en cada creyente: somos llamados a estar con Jesús y a ser colaboradores en su obra, con nuestros dones y debilidades (José Antonio Pagola).

Vamos a recordar lo que el Papa Francisco nos decía al comentar este precioso evangelio: “la gente seguía a Jesús buscando sanación y liberación de los demonios, porque Jesús es el lugar donde encontramos descanso y alivio para nuestras cargas y sufrimientos. Aprendamos a llevarle a Él nuestras penas, busquemos momentos de paz para orar y abrirle el corazón a Jesús, alejados de la prisa. Pero no lo busquemos solo para pedirle bienes materiales sino para encontrarnos con El, descansar en su amor y permitir que su gracia renueve nuestras fuerzas y transforme nuestras vidas, así como transforma el desierto en fuentes de agua. Los espíritus inmundos al ver a Jesús lo reconocían como el "Hijo de Dios”. Él los hacía callar para que la gente no se confundiera; pero el Papa sostiene que esta es una confesión de fe fundamental. Significa que seguir a Jesús implica reconocerlo como el centro de nuestra vida, no solo como un sanador, sino como el Salvador que nos llama a una relación más profunda con Él y a hacer la voluntad del Padre. La invitación del Papa es a que sigamos a Jesús con fe genuina, para que encontremos en Él la fuerza para superar nuestras dificultades y seguir la voluntad de Dios en todo momento de nuestra vida.
¿Busco a Jesús solo cuando necesito algo, o busco conocer su corazón? ¿Mi fe se basa en lo espectacular o en la verdad de lo que en realidad es Jesús? ¿Me dejo impresionar por la popularidad o busco a Jesús para encontrar en Él a Dios que vino a salvarnos? ¿Deseo de corazón un encuentro personal y profundo con Jesús?
Señor Jesús, yo te busco de corazón, quiero vivir en intima comunión contigo; quiero dejarme conquistar por tu amor. Dame la luz que necesito para reconocer aquello que me puede apartar de tu gracia. Amén.
Quiero meditar cada día el Evangelio para conocer mejor a Jesús y seguirlo como al Hijo de Dios, mi Salvador.
Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus inmundos, al verle, se arrojaban a sus pies y gritaban: “Tú eres el Hijo de Dios”. Pero él les mandaba enérgicamente que no lo descubrieran.
Jesús no es un mero maestro de doctrina, sino la experiencia viva de Dios; su forma de actuar y curar muestra el amor misericordioso de Dios. La insistencia de Jesús en que los espíritus no lo revelen es un llamado a un discernimiento profundo, a no buscar señales espectaculares, sino a encontrar a Dios en la sencillez de su vida y mensaje (José Antonio Pagola).

Cuando Jesús entró en la sinagoga encontró allí a un hombre que tenía una mano paralizada, y a un grupo de fariseos que estaba al acecho para ver si sanaba en sábado y así, encontrar motivo para acusarlo. El Maestro divino que conocía sus intenciones, les preguntó abiertamente: ¿Es lícito en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o quitarla? Pero ellos no le respondieron. Dolido por la dureza de sus corazones, con profunda tristeza y enojo, ordenó al hombre que extendiera su mano, que inmediatamente quedó sana. Jesús actúa con misericordia y valentía, y con su modo divino confronta la dureza de corazón de los fariseos y demuestra a todos que salvar una vida es lícito y agradable a Dios en cualquier día, incluso cuando esta actitud provoca oposición y planes para su muerte. Hermanos, que el modo de actuar de Jesús tan compasivo y valiente mueva nuestro corazón a la transparencia y a la bondad con todos, aunque nos toque pagar algún precio.
Los fariseos odiaban a Jesús y querían entregarlo a las autoridades para que lo eliminaran: ¿Hay en mi corazón rechazo hacia alguna persona? ¿actúo en su contra? ¿Estoy dispuesto abrir mi corazón a la acogida, la benevolencia y al perdón? ¿Qué pasos quiero dar para reconciliarme?
Señor Jesús, fuente de bondad, sana mi corazón de los resentimientos, la envidia y el rechazo. Quiero amar a todos como tú me pides. Que tu Santo Espíritu me ayude a amar como tú. Amén.
Hoy, dedico un tiempo de oración por las personas con quienes tengo distancia en mi corazón; y pido al Señor las bendiga y las llene de su amor.
Y Jesús les dice: “¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla? Pero ellos callaban”.
“Jesús pone al hombre de la sinagoga en el centro, en un lugar visible para todos los presentes para hacerles ver que para Dios lo primero no es la religión sino las personas, que una vida digna donde nadie viva relegado es más importante que ningún precepto religioso, y les recuerda que el sábado se hizo para el hombre y no al revés” (José Antonio Pagola).

Es hermoso ver cómo Jesús comprende la necesidad de sus discípulos y les permite recoger espigas para calmar su hambre, aunque sea día sábado; y a los fariseos que lo critican por ello, les aclara que el “sábado es para el hombre, y no el hombre para el sábado”. Mientras los fariseos dan importancia a la letra de la Ley que prohíbe trabajar en día sábado, Jesús, recordándoles el testimonio de David, les muestra que el amor y la necesidad de las personas tiene la prioridad. El sábado es un día para favorecer la vida y la misericordia y no para la prohibición y la condena. Y Jesús concluye con estas palabras: “el Hijo del hombre es también Señor del Sábado”, diciendo así Jesús afirma que tiene autoridad divina para interpretar la Ley a la luz del amor y la misericordia. Acojamos la mentalidad nueva de Jesús y examinemos si nuestras relaciones se rigen por la prohibición y la dureza, o por la compasión y la ternura.
¿Cómo suele ser mi mirada hacia el actuar de los demás: enjuiciadora y dura o respetuosa y compasiva? ¿Cómo me siento cuando soy juzgado sin respeto y dureza? ¿Qué me pide cambiar el Señor en mi relación son los otros?
Gracias Señor, porque miras mi fragilidad con compasión y ternura. Pon en mi corazón tu mirada misericordiosa, para que mis relaciones sean para otros, motivo de alivio y de consuelo. Amén.
Quiero alimentar sentimientos de bondad y compasión hacia todos, para no juzgar ni ser motivo de sufrimiento para quienes viven a mi lado.
Y Jesús concluyó: 'El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Sepan, pues, que el Hijo del Hombre también es dueño del sábado.
Jesús nos invita a “No Juzgar” sino a tener una "mirada limpia" sobre los demás, a no ser duros, sino a mirar los límites propios y ajenos con ternura, y no a desgastar energías en lamentos, sino a tender la mano (Papa Francisco).

En el evangelio que hemos escuchado vemos cómo mientras Juan Bautista está bautizando en el Jordán, ve a Jesús venir hacia él. No pudiendo contener su alegría, grita emocionado: “He aquí el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”. Y para que nos quedara muy clara la identidad divina de Jesús nos contó su experiencia: “Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas bajar al Espíritu Santo y quedarse sobre él, ése es el que bautizará con Espíritu Santo’ Y yo lo he visto, y por eso declaro que éste es el Elegido de Dios”. Toda la vida y la predicación de Juan Bautista fue un indicar a todos que Jesús era el Mesías; para esto vivió y por esto también entregó su vida. Nos lo confirman las palabras que él mismo dirige a sus discípulos cuando le contaron que mucha gente seguía a Jesús: “el declaró abiertamente: ahora mi alegría es completa, es necesario que Él crezca y yo disminuya”. Que este hermoso testimonio de Juan nos impulse a todos a conocer mejor a Jesús y seguir sus huellas.
¿Conozco a Jesús y deseo seguirlo? ¿Qué es lo que más admiro y quiero imitar del testimonio de Juan Bautista? ¿Qué siento que me pide el Señor?
Señor Jesús, como Juan el Bautista yo también quiero disminuir para que crezcas tú. Que movido por el gran amor que me tienes, pueda seguirte siempre con fidelidad, libertad y alegría. Amén.
Quiero de hoy en adelante manifestar con valentía mi fe en Jesús, aunque mi testimonio implique alguna renuncia o sufrimiento.
“Yo no lo conocía, pero mi venida y mi bautismo con agua eran para que Él se diera a conocer a Israel… Y añadió: Yo no lo conocía, pero Aquel que me envió a bautizar con agua, me dijo también: 'Verás al Espíritu bajar sobre aquel que ha de bautizar con el Espíritu Santo, y se quedará en él'”.
“Juan que tenía muchos seguidores, pero tenía tan claro que Jesús era el Salvador y que solo Él era el profeta que anunciaba y había que seguir. Ojalá que cada uno de nosotros también no esté centrado en sí mismo, sino en Jesús y que toda nuestra vida, todo nuestro obrar, también como comunidad e Iglesia estén referenciados al Cordero de Dios” (p. Fernando Armellini).

En el evangelio que hemos escuchado vemos cómo mientras Juan Bautista está bautizando en el Jordán, ve a Jesús venir hacia él. No pudiendo contener su alegría, grita emocionado: “He aquí el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”. Y para que nos quedara muy clara la identidad divina de Jesús nos contó su experiencia: “Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas bajar al Espíritu Santo y quedarse sobre él, ése es el que bautizará con Espíritu Santo’ Y yo lo he visto, y por eso declaro que éste es el Elegido de Dios”. Toda la vida y la predicación de Juan Bautista fue un indicar a todos que Jesús era el Mesías; para esto vivió y por esto también entregó su vida. Nos lo confirman las palabras que él mismo dirige a sus discípulos cuando le contaron que mucha gente seguía a Jesús: “el declaró abiertamente: ahora mi alegría es completa, es necesario que Él crezca y yo disminuya”. Que este hermoso testimonio de Juan nos impulse a todos a conocer mejor a Jesús y seguir sus huellas.
¿Conozco a Jesús y deseo seguirlo? ¿Qué es lo que más admiro y quiero imitar del testimonio de Juan Bautista? ¿Qué siento que me pide el Señor?
Señor Jesús, como Juan el Bautista yo también quiero disminuir para que crezcas tú. Que movido por el gran amor que me tienes, pueda seguirte siempre con fidelidad, libertad y alegría. Amén.
Quiero de hoy en adelante manifestar con valentía mi fe en Jesús, aunque mi testimonio implique alguna renuncia o sufrimiento.
“Yo no lo conocía, pero mi venida y mi bautismo con agua eran para que Él se diera a conocer a Israel… Y añadió: Yo no lo conocía, pero Aquel que me envió a bautizar con agua, me dijo también: 'Verás al Espíritu bajar sobre aquel que ha de bautizar con el Espíritu Santo, y se quedará en él'”.
“Juan que tenía muchos seguidores, pero tenía tan claro que Jesús era el Salvador y que solo Él era el profeta que anunciaba y había que seguir. Ojalá que cada uno de nosotros también no esté centrado en sí mismo, sino en Jesús y que toda nuestra vida, todo nuestro obrar, también como comunidad e Iglesia estén referenciados al Cordero de Dios” (p. Fernando Armellini).

Pasando por la orilla del lago Jesús vio a Leví sentado en el despacho de impuestos, lo miró con amor y después de mirarlo le dijo: “sígueme”; inmediatamente Mateo dejó atrás el banco de impuestos, el dinero, su condición de publicano y se fue con Jesús. La mirada amorosa del Señor no solo le dio el valor para dejarlo todo, sino que le ayudó a encontrar el verdadero sentido de su vida. Antes se dedicaba a recaudar de los demás los intereses para poder vivir cómodamente, ahora siguiendo a Jesús solo piensa en ayudar y servir a los otros, y es tan feliz que celebra con sus amigos un banquete, para expresar esta alegría. La mirada amorosa de Jesús lo hizo pasar de una vida centrada en sus intereses de lucro y bienestar, a una existencia que experimenta el gozo inmenso de la entrega y del servicio. El amor de Jesús, su mirada y el estar con Él, nos sana de todas nuestras avaricias y miopías, y nos lleva más allá de nosotros mismos, para buscar solo aquello que Dios quiere de nosotros y el bien de los demás.
¿He sentido alguna vez la mirada amorosa de Jesús? Sintiéndome atraído por Él ¿he seguido con generosidad aquello que Él me propone? ¿Qué siento que el Señor me pide hoy?
Gracias Jesús, por dejarnos ver que la plenitud de nuestra vida no está en el lucro y en las ganancias, sino en la entrega y el servicio a los demás. Haz que sepamos escuchar tu voz. Amén.
Quiero acoger la mirada y los llamados de Jesús cuando medito su Palabra y siento su voz en el fondo de mi corazón.
Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Mateo se levantó y le siguió. Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaron a la mesa con Jesús y sus discípulos…
“Dejémonos mirar por el Señor en la oración, en la Eucaristía, en la Confesión, en nuestros hermanos, especialmente en aquellos que se sienten dejados, más solos. Y aprendamos a mirar como Él nos mira” (Papa Francisco).

Varios detalles de este evangelio nos llegan hasta el fondo del alma: la fe sin reservas de los que llevan el paralítico ante Jesús; la seguridad de que Jesús puede curarlo los lleva a vencer todo obstáculo hasta ponerlo ante Él. También admiramos la capacidad que Jesús tiene para ver la fe de sus corazones, y cómo esta le permite revelar el secreto que se esconde en él: Su poder de perdonar los pecados. Por ello, antes de sanar al enfermo, Jesús le dice: “Hijo, se te perdonan tus pecados”. Y luego para confirmar este poder divino de perdonar pecados, lo sana también de su parálisis. Jesús no es alguien que hace milagros, Él es el Señor, el Mesías, nuestro Salvador. Y que hermoso es poder constatar que Jesús solo nos pide la fe del corazón para sanarnos, salvarnos y transformar nuestra vida. Nos viene espontáneo pedir con todas nuestras fuerzas: ¡Señor aumenta nuestra fe!
¿Reconozco a Jesús como mi Señor y Salvador? ¿Confío en su poder de perdonar mis pecados? ¿Busco su perdón en el sacramento de la reconciliación? ¿Acudo a Jesús con confianza para dejar en Él, todas las heridas y necesidades que me paralizan en mi diario vivir?
Gracias Jesús, por venir a nosotros buscando a los tristes, enfermos y los que estamos paralizados en la vida por nuestro pecado; haz que confiemos y acojamos tu misericordia. Amén.
Quiero prepararme para recibir el sacramento de la reconciliación y aprovechar el perdón que Jesús gratuitamente me ofrece.
“¿Qué es más fácil decir a este paralítico: ‘Se te perdonan tus pecados’, o decir, ‘Levántate, toma tu camilla y anda’? Pues ahora ustedes sabrán que el Hijo del Hombre tiene en la tierra poder para perdonar pecados. Y dijo al paralítico: ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’”.
Todos estamos contagiados de por vida por el pecado, somos pecadores y lo seguiremos siendo, Jesús es el único que nos puede sanar, pero no quiere que nos olvidemos de nuestra debilidad. Cada vez que nos manda sanados, nos manda con la camilla como recordatorio de que no nos ha quitado la debilidad, sino que nos ha sanado para que volvamos una y otra vez, a su gracia y su perdón (José Antonio Pagola).

Es admirable le fe de este hombre golpeado por la enfermedad de la lepra: lleno de confianza rompe todas las barreras, se acerca a Jesús y se postra ante Él confesando su fe inquebrantable: “Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad”. Jesús conmovido al ver su profunda fe, extiende la mano y lo toca diciendo: "Quiero, queda purificado". Jesús se compadece de toda enfermedad y marginación que oprime al ser humano, por eso sana al leproso enseguida, pero le pide que guarde silencio y acuda al sacerdote para que sea integrado a la comunidad. Pero este hombre sanado, no puede contener su alegría y sale gritando lo que le ha sucedido, quienes lo escuchan corren buscando a Jesús. Todos estamos necesitados de salud, libertad y salvación, solo se nos pide reconocer nuestra necesidad y acudir con fe a Jesús que ha venido a salvarnos. Este es el dinamismo de la fe personal que cuando es verdadera se convierte en una corriente de vida que contagia a todos y lleva al encuentro comunitario con Jesús, que nadie puede limitar ni contener.
¿Reconozco las profundas heridas que llevo en mi alma y en todo mi ser? ¿Estoy seguro de que Jesús quiere y puede sanarme de todos mis males? ¿Acudo a él con confianza en la oración y los sacramentos?
Jesús mi salvador, coloco ante ti toda mi vida. Tú conoces las heridas que llevo en mi alma y en todo mi ser; y puedes sanarme porque me quieres feliz. Confío en tu amor. Amén.
Hoy me postraré ante Jesús con confianza sin límites permitiendo que sane lo que más ve que estoy necesitando.
“Mira, no se lo digas a nadie. Pero ve, preséntate al sacerdote y lleva por tu purificación la ofrenda ordenada por Moisés; así sabrán todos que ya estás limpio de tu enfermedad”.
“Pidamos al Señor que nuestra oración siempre tenga esa raíz de fe”: pidamos ‘la gracia de la fe’. La fe, en efecto, es un don y ‘no se aprende en los libros’. Un don del Señor que se debe pedir. “Dame la fe”. “Creo, Señor” ha dicho ese hombre que pedía a Jesús que curase a su hijo: “Creo, Señor, ayuda mi poca fe”” (Papa Francisco).

Jesús, al salir de la sinagoga, movido por el Espíritu va a la casa de Simón y sana a su suegra que está enferma. Comparte la alegría de la familia, y como la gente se entera de que está ahí, cuando llega la noche le llevan sus enfermos y Él los cura a todos, libera a los poseídos por el maligno, demostrando enérgicamente su poder sobre él. ¡Es hermoso ver cómo Jesús, aunque pasa toda la noche sanando y liberando de todo mal, a la madrugada se va solo a orar para agradecer al Padre que siempre está con Él y fecunda su misión con el poder de su Espíritu! Pero como la gente lo sigue buscando, los discípulos van a decírselo, y Jesús sin dejarse atrapar por la presión de los que ya han sido sanados, continúa llevando a otros pueblos la alegría y la esperanza del Reino de Dios. Jesús ha venido a traernos la liberación de todos nuestros males, dichosos quienes mantienen su corazón abierto para acoger la salvación que el Hijo de Dios ha traído a este mundo.
¿Acojo con alegría la llegada del Reino de Dios? ¿Tengo abierto el corazón para recibir la salvación que Jesús me está ofreciendo? ¿Estoy dispuesto a cambiar mi modo de vivir para entrar en el mundo nuevo traído por Jesús?
Gracias Jesús, nuestro liberador y salvador. Tu presencia en este mundo nos trae la alegría y la esperanza. Ayúdanos a descubrir tu presencia salvadora y acogerla con amor y gratitud. Amén.
Seguro de que el encuentro con Jesús me salva y libera de todos mis males, mantendré abierto mi corazón para acogerlo.
“Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: ‘Todos te buscan’. Él les dice: ‘Vayamos …a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido’. Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios”.
“El verbo griego escogido por el evangelista es egéiro, que, en el Nuevo Testamento, indica la “resurrección”, el levantarse de la muerte, de una condición de “no vida”. La enferma que yace en el lecho, incapaz de moverse, prisionera de la fiebre, representa a la humanidad entera a la que Jesús se acerca para introducirla en una condición nueva” (P. Fernando Armellini).


