Este extenso pasaje del Evangelio de hoy nos relata el arresto, juicio, crucifixión y sepultura de Jesús. En el Evangelio de Juan, la pasión no es presentada como derrota, sino como la glorificación de Cristo. Para san Juan, Jesús no es una víctima pasiva, sino el Dios hecho hombre que se entrega voluntariamente, manifestando autoridad, incluso, en el arresto; incluso, frente a las autoridades judías, protege a sus discípulos. Podemos observar varios aspectos centrales: 1. El diálogo sobre la verdad: “¿Qué es la verdad?” Jesús se presenta como la verdad. 2. La proclamación irónica: “He aquí el hombre” (“Ecce Homo”). 3. La inscripción en la cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”. La pasión no es fracaso, sino el momento en que se revela plenamente el amor de Dios hacia la humanidad, hasta el punto de entregar a su propio Hijo. El texto nos invita a contemplar la Cruz no solo como sufrimiento, sino como manifestación suprema de la gloria y del amor fiel hasta el extremo. En la Cruz de Cristo se puede decir que están representados todos los que han sufrido antes y después de Él: los que son tratados injustamente, los enfermos y desvalidos; los que sufren los horrores de la guerra, del hambre o de la soledad. También en nuestro caso el dolor propio, como el de Cristo, puede tener un valor salvífico, aunque no acabemos de entender todo el sentido del plan de salvación de Dios. En síntesis, el camino de la cruz de Cristo y el nuestro son unos caminos de salvación, porque hemos sido invitados a colaborar en la salvación de nuestros hermanos. Todos somos responsables del destino eterno de quienes nos rodean. El Señor nos enseña con la Cruz a salir de nosotros mismos, y a dar así un sentido apostólico a nuestra existencia.
¿Soy consciente del amor que Dios tiene por mí, por cada ser humano, al enviarnos a su Hijo Jesús para redimirnos? ¿Qué aspecto de mi vida necesito “crucificar” (abandonar) para vivir con más amor y libertad? ¿En qué momentos de mi vida me siento más unido al dolor de Cristo?
Señor Jesús, con tu pasión y muerte, me invitas a recorrer el camino estrecho de la cruz. Gracias por amarme hasta entregar tu vida por mí; enséñame a ser justo, amar a mi prójimo, practicar la misericordia, no tener miedo y a no ser incoherente con aquello que hago y digo. Ayúdame a abrir mi corazón a tu gracia. Amén.
Reconozco la Cruz no como derrota, sino como señal de victoria, amor supremo y camino a la santidad.

El Evangelio de hoy nos narra el lavatorio de los pies, un gesto profundamente simbólico realizado por Jesús durante la Última Cena. En el Evangelio de Juan, este acto sustituye el relato explícito de la institución de la Eucaristía y se convierte en el centro del mensaje. Aquí aparece Jesús de Nazaret realizando una tarea propia de los esclavos: le lava los pies a sus discípulos. Jesús “sabiendo que había llegado su hora…”, actúa con plena conciencia de su misión. El verbo “amar hasta el extremo” (v.1) anticipa el momento cumbre de la cruz. Cuando el texto nos relata que el Señor se quitó el manto, este gesto simboliza la entrega –es decir, anticipa el acto de entregar su vida por nosotros– revelando así que el servicio no es solo un acto de humildad moral, sino revelación del modo de ser de Dios: el Señor se abaja ante el ser humano, amándolo hasta el extremo. Pedro no acepta que su Señor adopte una posición tan baja. Jesús responde que, “si no se deja lavar, no tendrá parte con Él”. Esto puede indicar que el lavatorio de los pies simboliza una purificación interior. Esto quiere decir que para seguir a Cristo hay que aceptar ser servidos primero por Él. Estamos llamados, por consiguiente, a acoger su gracia divina. Jesús concluye diciendo: “Les he dado ejemplo, para que hagan lo mismo”. Aquí no se trata solo de repetir un rito, sino de asumir un estilo de vida. En otras palabras, esto quiere decir que la autoridad cristiana es sinónimo de servicio, que la grandeza se mide por la capacidad de amar y que el discípulo no es más que su Señor. El texto nos revela que el verdadero poder es el amor que sirve y que la gloria de Jesús no es dominio, sino entrega. Jesús nos enseña que amar no es un estado emotivo o un sentimiento: es donarse. De este modo, lavarnos los pies equivale a vivir en el amor, sirviendo uno al otro con total desinterés. Nada tenía que darnos Jesús. No solo se habrá de humillar de esta manera, sino que se dará como alimento en la Eucaristía y como Víctima por nuestros pecados en la Cruz.
En la liturgia de hoy, el lavatorio de los pies es un signo que nos invita a imitar la actitud de entrega de Jesús que representa el “nuevo mandamiento” de amar y servir a los demás. ¿Estoy dispuesto a servir con humildad a los demás, incluso, cuando implique rebajar mi propio orgullo? ¿Me cuesta aceptar el servicio? ¿Qué mantos debo quitarme? ¿A quién debo lavarle los pies hoy?
Señor Jesús, gracias porque no has venido a ser servido, sino a servir y a dar tu vida por nosotros. Al arrodillarte ante tus discípulos y lavar sus pies, me enseñas la verdadera grandeza de la humildad. Gracias por este gesto de amor tierno. Dame la capacidad de seguir tu ejemplo sirviendo a los demás. Amén
Reconozco que el verdadero liderazgo radica en la capacidad de servir a los demás, dejando de lado la soberbia y el deseo de dominio.

Este pasaje muestra el drama del corazón humano frente al amor fiel de Cristo: mientras uno traiciona, Jesús sigue entregándose. En este texto del Evangelio que tiene lugar durante la cena pascual, Jesús anuncia que uno de los doce lo va a entregar. Los discípulos reaccionan preguntando: “¿Soy yo, Señor?”. Como puntos claves que nos ayudan a la comprensión del texto, tenemos: La iniciativa de la traición por parte de Judas que negocia el precio de Jesús (30 monedas), el contraste entre la gratuidad del amor de Jesús y la lógica del interés económico. En el Evangelio de Mateo, el autor sagrado nos muestra tres dimensiones profundas: 1. La libertad humana: Judas actúa libremente. 2. El cumplimiento del plan divino: Dios transforma la traición en camino de redención. 3. La invitación a la conversión: La pregunta –“¿soy yo?”– nos interpela a cada uno de nosotros. Sin embargo, Jesús parece no sorprenderse con la traición de Judas, pues forma parte del cumplimiento del plan divino de salvación. La caída de Judas es el resultado de una vida en la que poco a poco se enfrió su amor hacia el Maestro. Examinémonos con sinceridad y confianza delante del Señor y pidámosle la fortaleza y el valor para guardar nuestro corazón solo para Él. Esta Palabra nos pone en contexto con la liturgia que viviremos el día de mañana, Jueves Santo, donde daremos inicio al Sagrado Triduo Pascual.
Detrás de propósitos aparentemente nobles, puede ocultarse la negación y la amenaza de la vida. Preguntémonos: ¿Cómo estoy gestionando mi libertad humana? Seamos sinceros y no nos engañemos ni engañemos a los demás. Ante Jesús, preguntémosle sinceramente: “¿Soy yo, Maestro?”. ¿Soy consciente del gran amor que Dios me tiene? ¿Me doy cuenta de tantas muestras de cariño de su parte, incluso, las pruebas y dificultades que me ofrece para llevarlas con amor, su entrega en la cruz?
Señor Jesús, tú que das la vida por tus amigos, concédeme ser fiel a tu amor; sé el valor absoluto en mi vida por encima de otros valores. Amén.
Pido al Espíritu Santo la sabiduría para comprender la grandeza de la misericordia de Dios.

La mesa nos indica el contexto de la cena, el lugar de encuentro del Maestro con los suyos, pero a la vez, el lugar del conocimiento de los verdaderos sentimientos. El Maestro se hace el servidor de cada uno porque a los suyos ya no los llama siervos sino amigos. En esta experiencia de profundo encuentro, expresa a los suyos la más dura realidad: “Uno de ustedes me va a entregar”. Esta entrega ninguno la entiende, pero serán especialmente Pedro y Juan, quienes, desbordando un amor sin límites, no estarán dispuestos a perder a su Maestro. Pedro lo acompañará negándole y Juan estará con Él al pie de la cruz. El pan, signo de la fraternidad, la cual habían celebrado con los suyos, se convierte ahora en el signo que anuncia su muerte: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto”. Sin entender el misterio de la pasión y muerte del Señor, el autor sagrado trae a la memoria la bolsa como el signo, para los discípulos, de quien preveía lo esencial para la Pascua; en cambio, para los oyentes, el de la traición consumado en 30 monedas. Enseguida, Jesús establece un diálogo de despedida con los suyos a quienes les revela la grandeza de la relación que hay entre Jesús y el Padre, porque la hora de la glorificación está cerca. En medio de este ambiente nostálgico de despedida del Maestro, también se da la confesión de amor del discípulo que desea vivir la experiencia de su Maestro, pero el límite de su condición humana lo llevará a negarlo tres veces, porque deseando beber el cáliz de su Maestro no le será posible asumirlo como una experiencia propia hasta que él mismo recorra el camino de su Maestro como destino, solo entonces beberá el cáliz del martirio. En su corazón se ha adherido a su proyecto y sus ojos han contemplado su gloria. La hora del Maestro no es la hora del discípulo y cada hora refleja un encuentro de vida y entrega, de muerte y resurrección, de abandono y gozo. El encuentro personal con Jesús no nos puede dejar indiferentes; del encuentro brota la gratitud del que se siente amado y perdonado y de la gratitud brota el compromiso
La mesa como lugar de encuentro permite en mi realidad personal y familiar, compartir los sentimientos más profundos de la vida y la existencia.
Señor Jesús, en la mesa has desvelado los verdaderos sentimientos para todos. De tu parte los de la entrega; de parte de Pedro, los del seguimiento que percibe el miedo y el temor; de ahí, la negación. Aumenta mi fe que me lleve a asumir el riesgo de la noche en Getsemaní, la osadía de la cruz en el Gólgota. Permíteme recostarme en tu pecho. Haz más fuerte mi amor por ti, para que pueda acompañarte en el momento de la cruz. Amén.
Recuerdo experiencias profundamente significativas que hayan acontecido en torno a la mesa con mi familia, con las personas que amo y cómo ellas marcaron nuevos caminos existenciales en mi vida.

El Lunes Santo trae a nuestra memoria un ambiente muy bello, Betania, donde vivían los hermanos: Lázaro, a quien Jesús había sido resucitado, Marta, la mujer del quehacer activo y María, quien se sienta a la escucha de su Maestro. Frente a María, la protagonista del texto de hoy, las tradiciones bíblicas nos presentan diversas experiencias de ella, sin adentrarnos a una lectura más contextual del texto. Coloquémonos en este Lunes Santo en actitud orante, de escucha y vaciamiento de nosotros mismos, porque de nada sirve derramar el aceite como signo externo cuando retenemos la esencia de lo que ello significa en el corazón. Los tres hermanos han invitado a Jesús a una cena antes de las grandes celebraciones pascuales; por tanto, el entorno es íntimo y profundo y, en medio de esa intimidad, María derrama el aceite en los pies de Jesús. El autor sagrado coloca en evidencia que era costoso, pero no se trata solo de su precio, se trata de todo el misterio que se teje conectando experiencias que mueven sus propios misterios, como los sentimientos de Judas Iscariote, caracterizados por la traición y la forma como su mirada se ha desviado del corazón del Maestro; tal vez la bolsa volvió su corazón más ambicioso de lo que había sido siempre, porque el aparente servicio garantizaba su ambición pretensiosa. El gesto de la mujer es valorado por Jesús en medio de la sala como un preanuncio: “lo tenía guardado para mi sepultura”. Que el perfume de nuestras buenas obras y el ungüento de nuestro perdón sean dignos de un Dios tan misericordioso. Lázaro quien había muerto y resucitado, será el signo de lo que su Maestro vivirá, reflejo de una luz resucitada que siempre brillará de lo infinito y trascendente presente siempre en nuestra finitud humana. La decisión de los sumos sacerdotes de matar a Lázaro es la forma, a veces incómoda, de cómo los signos o palabras hablan evidentemente de una verdad o una luz que no se es fácil concebir, pero que habla y brilla por ella misma, porque no se enciende, ya que ella es e ilumina.
María derramó lo más genuino y valioso que tenía sobre los pies de su Maestro, a quien había contemplado y escuchado con el corazón de discípula. También yo estoy dispuesto a vaciar sobre los pies de quien amo y sirvo, mi amor, mi servicio y mi entrega condicional.
Señor Jesús, por medio del signo del aceite me he acercado a ti, desde el día de mi bautismo hasta el misterio de tu pasión, muerte y resurrección. Que su gracia renueve en mí el don de ser tu hijo amado. Que no me ciegue como Judas. Dame un corazón abierto a tu gracia y un alma generosa que sepa corresponder a tu infinito amor. Amén.
¿Es posible aliviar la fatiga de los pies cansados del camino con aceites costosos que reparan las fuerzas y devuelven la vitalidad? Hago obras de caridad que alivien penas y sufrimientos de quien permanece junto a mí.

Después del camino cuaresmal vivido, hemos llegado al inicio de la Semana Santa con las grandes celebraciones del Misterio Pascual. El evangelista Mateo recrea para su comunidad judía el destino del Hijo de Dios. La extensa narración de la Pasión del Señor que hoy escucharemos, conecta nuestra memoria con el misterio de la Encarnación, porque el Hijo del hombre ha venido a cumplir la voluntad de su Padre. La Palabra presenta el destino del Hijo, la forma como Él asumió la voluntad de su Padre para luego regresar al misterio de la gloria eterna, naturaleza a la que siempre ha estado adherido y que le pertenece toda la eternidad. El evangelista inicia la narración con una imagen: la traición de uno de sus discípulos, Judas Iscariote. La fidelidad al proyecto del Hijo se teje todos los días en un misterio de pertenencia que es preciso cultivar. Las fatídicas 30 monedas del camino, pueden hacernos perder el horizonte, pueden llevarnos a romper con ese proyecto, con el misterio para el que fuimos llamados. Desde este ajuste de cuentas entre Judas Iscariote y los sacerdotes, sus discípulos van a descubrir el verdadero rostro de su Rey que irán develando camino al Calvario. Aunque el cruel destino de Jesús los desmotiva y les hace perder sus auténticas motivaciones, después de haberle seguido y pertenecer al grupo de los 12 provocando en ellos reacciones profundas como rechazo, negación y dispersión, será el punto de inflexión que los llevará a reconocer en el crucificado al Hijo de Dios. Su Rey, si bien entra victorioso, en un comienzo no cumple las expectativas de los reinos del mundo, la victoria de la cruz es escándalo de quien ha sido destinado a ella. El contexto de la fiesta de la Pascua judía coloca a Jesús en Jerusalén; allí también Él, como todos, se dispone a vivir la Pascua, la tradición y la memoria. Sin embargo, este tiempo, el tiempo de Dios, en la persona de Jesús, acontecerá de forma diferente porque Él mismo será el Cordero que será sacrificado y que renovará la alianza. El destino del Profeta, finalmente, se cumplirá.
El ritmo litúrgico me lleva al corazón del misterio. Esta semana es una oportunidad para que viva en medio de un clima de fe y oración. Desde ya, siento y percibo las disposiciones interiores y exteriores que harán de mi Semana Santa una experiencia de encuentro único con Dios y con la comunidad.
Señor Jesús, te contemplo entrando victorioso a Jerusalén con tantos signos que expresan alegría y júbilo, pero esa entrada es vacía si no vienes a iluminar mi existencia, mi propio Jerusalén. Deseo en lo más profundo de mi corazón, te aclamo como mi Rey y mi Señor. Ven y reina en mi corazón para siempre. Amén.
¿Vivo las celebraciones de la Semana Santa por tradición o deseo vivirlas porque el misterio pascual renueva mi fe, mantiene viva mi esperanza y acrecienta la caridad fraterna con los míos, con mi comunidad de vida y de fe?

El sábado, en que se finaliza la quinta semana de Cuaresma, entramos en el camino final y decisivo hacia las grandes celebraciones del misterio pascual. La narración del evangelista Juan va a acentuar esa dura tensión que se ha tejido a lo largo de las narraciones de estos días. El grupo de los seguidores de Jesús ha crecido gracias a los milagros que han visto, ha logrado una experiencia de fe entre los suyos; en general, ha crecido el grupo de sus seguidores porque han creído en Él. Sin embargo, por otro lado, el grupo de los judíos –los fariseos, sacerdotes y guardias– también ha encontrado motivos suficientes para sentir que Jesús debía ser condenado. Precisamente por los signos o milagros obrados por Jesús, muchos se adherían a Él. Uno de esos signos había sido la resurrección de Lázaro, de ahí, que la casa de María se convirtiera en el lugar donde la manifestación de los signos era evidente. El ambiente religioso había crecido como movimiento junto a Jesús, el Maestro, y se había trasladado a un ambiente político que provocaba confusión, porque la práctica del templo, propia del judaísmo, dependía del poder político romano en el pago de los impuestos. Caifás, el sumo sacerdote, comienza también a maquinar la forma de aniquilar a Jesús porque por Pascua era común la muerte de un malhechor. Jesús “será contado entre los malhechores”, por todo lo que ha suscitado, de hecho, la percepción de Caifás es tristemente la condenación a muerte de Jesús. El hecho de que Jesús se retire a la región de Efraín ayuda a que se cumpla la hora de Dios que va a coincidir con la hora de la celebración de la pascua judía porque era preciso que Él diera la vida por todos. La purificación propia del ambiente judío como preparación a la Pascua, hacía más notoria y cercana la muerte del Señor. La decisión estaba ya tomada. Sumos sacerdotes y fariseos tenían claro que era mejor arrestarlo y de aquí en adelante el texto llevará al oyente de la Palabra al encuentro en que se cumpla este momento, como los 30 monedas por las cuales es pactada la entrega; luego, será la cena el memorial del Cordero en la persona de Jesús, y por último, su gloriosa muerte y resurrección que será la luz que guíe a las primeras comunidades para que sigan haciendo visible su presencia.
En las situaciones adversas de nuestras realidades sociales, muchas experiencias de vida y muerte han llevado a líderes a vivir la misma experiencia de Jesús porque han buscado la ocasión para apagar sus vidas o silenciar sus voces.
Señor Jesús, camina conmigo e ilumíname con tu luz para que, por medio de ella, no sea condenado a muerte. Dame la gracia de conocerte cada día más para poder amarte con mayor sinceridad. Amén.
¿He sido testigo de persecuciones y muertes en el contexto de mi realidad social?

Las lecturas del Evangelio de estos días han pintado el ambiente en torno a la persona de Jesús. Muchos han intentado tomarlo por su cuenta, pero no se han atrevido porque lo tienen por profeta, otros lo han considerado loco y con tendencias suicidas por la forma en cómo ha expresado la relación con Dios y el encuentro inminente con Él. Hoy, la narración inicia colocando en evidencia cómo la multitud ya había tomado la determinación de apedrearlo; Jesús va a su encuentro cuestionando sus actitudes, porque a lo largo del ministerio público ha hecho muchas obras, pero no le han intentado asesinar como ahora. Las acciones y palabras de Jesús en torno al templo de Jerusalén –las cuales, para la multitud conformada por su gran mayoría de judíos–, son consideradas blasfemias porque a través de ellas Él se consideraba como Dios. En este ambiente se coloca en contraposición una discusión entre las obras del Padre y las obras del Hijo, las cuales revelan al Padre. En esta relación filial, las obras del Padre vienen reveladas por la acción salvífica del Hijo. Este tema de discusión siembra en las multitudes el deseo de detener a Jesús, sin embargo, no ha llegado todavía su hora. El Señor se identifica como “quien el Padre consagró y envió al mundo”. Se trata por tanto de una triple consagración: el Padre ha consagrado al Hijo y lo ha enviado al mundo; el Hijo se consagra a sí mismo y ruega que, por su consagración, los discípulos sean consagrados en la verdad. Así, Jesús reveló su identidad. Desde el momento que fue bautizado en el Jordán, el Señor Jesús anunció su Palabra y reveló su unión con el Padre. Muchos creyeron en Él y lo seguían hecho que causaba grande preocupación en las autoridades judías y que los llevó a buscar formas justificadas para matarlo.
Hay situaciones de mi confesión de fe, de mis acciones o decisiones que han comportado el rechazo, la persecución e incluso la muerte. Si no he llegado hasta allá, mis opciones sí han sido motivo para que las personas tomen distancia. ¿Cómo he vivido en mi historia personal el rechazo o la diferencia?
Señor Jesús, no fue fácil para ti ser el Hijo de Dios; tal vez la forma como profeso y vivo mi vida cristiana tampoco lo sea para los míos. Concédeme la gracia de vivir serenamente toda adversidad o rechazo como un signo de la cruz que me une a ti. Amén.
En ambientes difíciles y tensos a nivel familiar, social, político o laboral, ¿cuál es mi actitud?

El evangelista Juan inicia la narración del Evangelio del día de hoy presentando a Jesús quien establece un diálogo con los judíos de su tiempo. Recordemos que venimos de una experiencia en que los suyos habían pensado de Él y de su muerte inminente; hoy, la Palabra continúa revelando, desde nuestro punto de vista, un panorama sombrío que nos vuelve a sorprender con el preanuncio de la muerte. Lo que se va a develar en las celebraciones del Misterio Pascual de la pasión y muerte del Señor, los judíos no lo comprendían. Para muchos la muerte es el fin de la existencia de la humanidad, de hecho, así lo habían experimentado los grandes patriarcas del pueblo de Israel, como Abrahán y los profetas. Si Jesús era un profeta para ellos, su destino era también la muerte. Pero para el apóstol Pablo al recordarnos que Jesús “siendo de condición divina no tuvo a bien retener nada para sí mismo, sino que asumió su condición de siervo” (Flp 2, 6 – 11), nos está diciendo que ahora esta condición divina le dará junto al Padre la gloria que le será devuelta con la Resurrección. La relación del Padre y el Hijo se ha establecido a través de un conocimiento, del cual el Hijo tiene certeza de su Padre porque solo quien conoce al Padre sabe de las realidades que envuelven el misterio. La lógica del mundo judío que le acusa y se enfrenta con el Señor está muy distante de la lógica de Jesús con su Padre, a quien el misterio de lo eterno le abrazó como don y cumplimiento de la promesa: “Mi Padre me glorificará”, “mi Padre y yo somos uno”. Parte del conocimiento se experimenta en la forma como guardamos las palabras y hacemos memoria de ellas, estableciendo vínculos que van más allá de lo humanamente posible. Las palabras de Jesús tienen un profundo significado para el ser humano de hoy. Pero solo las entienden quienes las escuchan con una actitud de humildad. Jesús, no nos pide grandes sacrificios; lo único que nos pide es que le aceptemos en nuestro interior con fe y sencillez.
Una de las experiencias más profundas de la relación entre el Padre y el Hijo es la forma como Jesús ha guardado sus palabras. En este camino de sentirme hijo amado de Dios, ¿cómo guardo su Palabra para alimentar la relación con el Padre Eterno?
Señor Jesús, doy gracias al Padre por el don de la vida que me ha dado, al Hijo le agradezco el que me halla llamado a seguirle a por medio de mi vocación, doy gracias al Santo Espíritu por los dones que me concede para que camine firme hacia la luz de la eternidad. Amén.
¿Qué relación he establecido con Dios como Padre que me hace sentir su hijo amado?

La liturgia hoy nos presenta la solemnidad de la Anunciación del Señor. Con esta gran celebración, la Iglesia interrumpe el silencio cuaresmal para cantar el gloria dando gracias al Señor por lo que María es y representa en la Historia de la Salvación. María es la protagonista del relato. Según el evangelista Lucas, su juventud en la pequeña aldea de Nazaret ha sido interrumpida por la visita inesperada de un ángel para comunicarle un designio divino del que tal vez no sale de su asombro y que no logra comprender. Finalmente, en el diálogo con el ángel ella logra intuir el proyecto de Dios en su vida. El saludo ya había comunicado el misterio de la gracia a través de la cual había sido favorecida –“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”–, el cual estremeció su humanidad, provocando reacciones como la turbación y las preguntas que le dirigió al ángel. “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios”. Estas son las palabras que le permiten en el misterio a María la adhesión al proyecto de Dios; María no entiende con la razón, pero con corazón ama, porque solo a través de él, se cumplirán las promesas que los profetas habían anunciado sobre el Mesías. Con respecto al linaje de David por José, Jesús va a heredarlo y no le será arrebatado. Con Jesús, el reino de Dios se hace presente, un reino que acontece en el misterio de la Encarnación; de ahí, la gracia y la fuerza del anuncio que tendrá su máxima manifestación en el misterio de la cruz. José por su parte silencioso y orante, no entiende este sublime misterio, pero siente que es un misterio que debe preservar, cuidar y amar. Por tanto, la lógica de la vida para José es más fuerte que la lógica de la muerte. Dios toma el corazón silencioso de José para hacerlo parte de su proyecto salvífico llevándolo a la plenitud cuando María asume su participación en la Historia de la Salvación: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Estas dos experiencias de vocación –la de María y la de José–transitaron por la duda pero se abrieron finalmente al misterio de la fe.
¿Cómo he acogido y vivido los proyectos de Dios en mi vida? ¿He permitido que ellos realicen su proyecto o he realizado los míos sin contar con los suyos?
Señor Jesús, por intercesión de María, tu madre Santísima, concédeme vivir en fidelidad el proyecto de Dios en mi vida para el cual he sido llamado. Amén.
¿Qué experiencias de mi vida han provocado, como María, miedo y turbación?


