El escritor sagrado claramente se está dirigiendo a los judíos, con quienes en esta cuarta semana de Cuaresma se le ha visto en constante confrontación y esta realidad se sigue presentando también hoy. Jesús siente que a través de él actúa el Padre porque ha venido a cumplir su voluntad: “Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo”. Estas palabras incitaban a las autoridades judías que estaban decididas a eliminar a Jesús. Dos son las razones que trasgreden el límite judío: la primera razón, actuar en sábado y la segunda, declararse abiertamente Hijo de Dios; por tanto, ser como Él. En medio de este ambiente tenso, Jesús hace una declaración sobre la relación con su Padre: “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre”. Es decir, hace una confesión pública de su más íntima experiencia de obediencia y filiación con el Padre, caracterizada por el amor que nace de la mutua entrega del Padre que le ha enviado, pero a la vez del Hijo que siente la más profunda confianza en Él. Esta experiencia de relación entre el Padre y el Hijo le sirve al Señor para mostrar, a quién le escucha; cómo sus acciones no proceden de su propia iniciativa, sino de una relación más profunda que proviene del Padre Eterno. Hablando terrenalmente de esta unión filial, podemos decir que todo hijo hereda de su padre no solo los bienes materiales que pueda brindarle, sino las características físicas, psicológicas y espirituales que le puedan caracterizar como identidad propia. Jesús explica su relación con el Padre eterno basada en una unidad esencial, igualdad divina y comunión íntima. Afirma ser uno con el Padre. En medio de este ambiente tenso, Jesús reconoce que su hora está por llegar, el anuncio de su muerte es inminente y se percibe en sus expresiones: “Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios” y a la vez, se percibe el anuncio gozoso de la luz de la Resurrección: “Y los que hayan oído vivirán”.
La relación entre el Padre y el Hijo, el evangelista la presenta de manera profunda estrecha y significativa. Percibamos cómo se da esta experiencia de relación paterna no solo en la paternidad filial de Dios como Padre, sino también en la paternidad que recibimos como gracia en el momento de nuestra concepción. La paternidad espiritual se encuentra en profunda comunión con la paternidad biológica, de lo contrario, una de ellas se encuentra rota.
Señor Jesús, gracias por el don de mis padres, que en la experiencia de su amor incondicional me han acercado profundamente al amor del Padre Eterno, quien me ha amado desde siempre, llamándome a la vida y confiándome una misión en la tierra. Ayúdame a ser dócil y a vivir de acuerdo a tu mandamiento del amor. Amén.
Doy gracias por la experiencia paterna profundamente significativa en mi vida, con sus luces y sombras, sus límites y sus dones.

El evangelista Juan de nuevo coloca a Jesús en Jerusalén en una fiesta, esta vez a diferencia de la anterior, no se sabe cuál es. Inmediatamente lo ubica a la entrada en la Puerta de las Ovejas, junto a la piscina de Betesda o Betsaida; al parecer, es el lugar por el cual pasaban las ovejas que iban a ser sacrificadas en el templo, de ahí que las ovejas y el agua representan el misterio pascual del sacrificio. Es una clara referencia a que también nosotros somos sumergidos, salvados y redimidos por el Señor, el Cordero Pascual. La entrada se encontraba distante del templo y esto nos ayuda a entender que enfermos, ciegos, cojos, o paralíticos, estaban excluidos y quedaban al borde de la entrada, donde intentaban acercarse y ser sanados. El pasaje destaca que el Señor es la verdadera fuente de sanación, superior a las soluciones humanas. La pregunta “¿quieres curarte?” es vista como un llamado a tomar control de la propia vida y dejar atrás la parálisis espiritual. La curación implica un compromiso de conversión (no pecar más) y de caminar en la luz de Jesús. Jesús al percibir con sus palabras la fuerza del deseo de su corazón le dice: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar”. El texto afirma que “al momento, quedó sano, tomó su camilla y echó a andar”. El encuentro y la certeza de las palabras de quien anhelaba la curación y de quien tenía el poder se han cumplido. El problema ahora se vivía como tensión entre Jesús y las autoridades en este entorno del templo y en Jerusalén, donde la prescripción ritual era cumplida exactamente como la ley lo ordenaba; de ahí que siendo sábado era preciso guardar la prescripción del descanso sabático. La respuesta del hombre, quien no reconocía a Jesús, genera entre los judíos que lo acusaban más razones para hacer obvia esa persecución, porque precisamente el hombre sanado al reconocer que Jesús había hecho el milagro, no lo lleva al agradecerle a él, sino que lo lleva al encuentro con los judíos para acusarle.
El texto afirma cómo los judíos le preguntan al hombre sanado por la identidad de quien lo había curado. Sin embargo, él sabe que le curó, pero no lo reconoce, no ha establecido con él una identidad cercana. Igualmente, es probable que suceda esto mismo con nosotros: la acción misericordiosa de Dios puede curarnos, pero no lo reconocemos o, aún peor, le reconocemos solo por nuestros intereses y necesidades mas no siempre.
Señor Jesús, existen muchas realidades que no me permiten llegar al agua viva que salva y transforma. Guía mis pasos para que al encontrarme contigo, al borde de la piscina, cure mis enfermedades y pueda reconocer que tú eres el agua que purifica mis heridas y salva mi vida. Amén.
¿En qué aguas de mi vida y mi existencia he sentido sanación y transformación?

El relato del Evangelio de hoy coloca a Jesús de camino a Galilea, después de haber realizado el milagro de las bodas de Caná y haber participado de la fiesta de la Pascua en Jerusalén; en este camino de regreso del Maestro a su tierra, el autor lo ubica a la salida de Samaria donde se ha encontrado con la Samaritana y la ha llevado a este encuentro con el “agua viva”. Nos encontramos en el Evangelio de Juan llamado el libro de los signos en los primeros capítulos. Ya en Galilea, su tierra natal, el lugar de los suyos, a diferencia de otros momentos en que ha sido directamente rechazado, el Señor esta vez es acogido por los milagros o signos que ha realizado, porque sus paisanos han subido con Él a la fiesta de la Pascua y le han visto; no solo han escuchado hablar de sus acciones, sino que sus ojos lo han contemplado. Jesús se encuentra en Caná de Galilea; allí obró su primer milagro o signo: convertir el agua en vino en la fiesta de las bodas de Caná. De ahí que Jesús acentúe: “Si no ven signos y prodigios no creen”. La gente estaba convencida de haberle visto, sin embargo, la expresión da entender que si bien habían visto, no creían completamente. El milagro que acontece con el hijo del funcionario busca acentuar el dinamismo de la fe que parece débil en sus oyentes, después de todo lo que había acontecido, porque cuando el corazón se cierra –“un profeta no es estimado en su propia patria”–; no le es fácil creer, aun si han visto, porque no se trata solo de tener una experiencia con los sentidos, sino de caminar en la vida al ritmo de la fe: “Señor, baja antes de que se muera mi niño”. El hijo del funcionario es el instrumento de la gracia para los suyos, pero lo es también para el funcionario mismo, quien pretende bajar con Jesús para encontrarse con su hijo, pero ante la insistencia del Señor de que vaya solo a su casa, parte creyendo en las palabras del Señor: “Anda, tu hijo vive”. El Señor nos quiere devolver la salud, como al hijo del funcionario real, y quiere liberarnos de toda esclavitud y tristeza perdonándonos todas nuestras faltas. Si tenemos fe, si queremos que de verdad nos cure, debemos acercarnos confiadamente para que nos llene de su gracia: “a la hora séptima lo dejó la fiebre”. La palabra de Jesús se convierte en transformadora cuando el hombre la acepta, se convierte, se pone en camino y así puede llegar a la vida. Solo así Dios actúa plenamente.
Desde la experiencia personal de mi fe, ¿qué hechos o circunstancias me han permitido vivir la fe del padre: “anda, tu hijo vive”?
Señor Jesús, aumenta mi fe. La luz de los sacramentos ha encendido su llama en mi corazón, sin embargo, no siempre veo con claridad, ni logró reconocer el don de tu amor. Tú eres la Palabra que has venido al mundo para darme la vida y salvarme. Sé que Tú puedes transformarme, pero quieres que yo libremente te acepte. Amén.
Percibo en mi realidad personal si creo por la Palabra de Jesús o por los signos.

El camino cuaresmal por medio de la Palabra nos ha permitido vivir una profunda experiencia espiritual a través de diversos escenarios durante estos cuatro domingos de Cuaresma. Del desierto de nuestras vidas hemos pasado a la contemplación del misterio en el monte que nos devuelve al corazón del Maestro; de la sed que nos llevó pasamos al encuentro de la propia existencia. En este cuarto domingo de Cuaresma, reconoceremos cuáles son aquellas cegueras que no nos dejan abrirnos al amor de Dios. La vida cristiana y la celebración de los grandes misterios de nuestra fe son un camino cotidiano que en nuestra existencia nos colocan en conversión continua, porque solo el corazón que prepara su pascua vuelve al encuentro de su Maestro en el Getsemaní de su propia existencia, en su Calvario o en el camino a su Emaús. La ceguera del hombre del camino, viene dada no como una condición para juzgar al culpable, o a la generación que pecó, sino como mediación para que se manifieste la gracia de Dios; no se trata solo de buscar las consecuencias del padecimiento físico, sino de ir más allá, permitiendo que la gracia de Dios actué. En este sentido, Jesús durante la Pascua, se manifiesta con su identidad plena a través de una de sus más fuertes autorrevelaciones: “Yo soy la luz”. El dinamismo bautismal de nuevo se coloca como experiencia fundamental: del agua que calma la sed pasamos al agua que lava y recobra la vista; el bautismo nos sumergirá en el misterio de la noche para devolvernos a la gracia de la luz y al abrazo del Padre, en comunión con la comunidad de fe. La acción salvadora y la identidad de quien obra el milagro no es clara porque no todos lo reconocen, solo quien ha escuchado sobre sus acciones y milagros lo identifican como “el hombre que se llama Jesús”. Así, una vez el ciego conoce la identidad de Jesús lo identifica como Profeta. El Señor hoy nos quiere devolver la vista, por tanto, escuchemos su voz y démosle gloria con nuestra vida que empieza a renacer en el Espíritu que nos da la luz.
Las cegueras que acontecen en el camino de mi vida personal tal vez no sean físicas porque no implican la vista como sentido, pero puede ser que ellas impliquen una ceguera espiritual, moral o psicológica. ¿Al borde de qué caminos me detengo para intentar curarlas y sanarlas?
Señor Jesús, te doy gracias porque con la luz de mis ojos veo el borde del camino, sin embargo, con la luz del corazón no siempre logro ver con claridad. Que el gozo de tu luz alcance las oscuridades de mi existencia más profundas e ilumine la luz de mi fe. Te pido por todas aquellos que aún no te han conocido y andan en tinieblas para que algún día abran los ojos de sus corazones a tu amor. Amén.
¿Qué experiencias personales, familiares, espirituales me han conducido de la oscuridad a la luz?

La experiencia del Evangelio de hoy, nos propone un buen examen de conciencia en nuestro itinerario cuaresmal, porque precisamente inicia la narración colocándonos en el contexto de este tiempo. Utilizando el recurso parabólico, el evangelista Lucas coloca al publicano y al fariseo en actitud orante; cada uno con su modo de actuar. Recordemos que las parábolas son enseñanzas que Jesús usa como recursos pedagógicos valiéndose de situaciones cotidianas, para enseñar una verdad espiritual, una lección moral o un principio religioso. El texto inicia afirmando que Jesús dice esta parábola por “algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás”. Percibamos cómo cada uno vivía su oración personal en el templo. El fariseo, de acuerdo a la prescripción judía, tenía la convicción de creerse justo y fiel, sin duda lo era, pero su corazón estaba lejos de lo que practicaba porque al compararse con los demás –“no soy como… ni tampoco como ese publicano”–, su oración estaba revestida de soberbia y apariencia. Si bien era cumplidor de la ley –“ayuno dos veces por semana y pago el diezmo”– su corazón permanecía distante de sus acciones. El publicano no se sentía ni siquiera digno de permanecer en el templo, a diferencia del fariseo que permanecía en él. La oración personal del publicano brotaba de lo más íntimo de su corazón, de la necesidad de encontrarse con Dios para volver a sentirse perdonado y amado –“ten compasión de este pecador”–, porque sabía que Dios lo devolvería a la esencia de su amor, de su misericordia.
La oración, el ayuno y la limosna son la expresión concreta de la vivencia cuaresmal en el camino hacia la Pascua. ¿Cómo estoy viviendo las practicas cuaresmales? ¿Vivo la oración con la actitud del fariseo o del publicano? ¿Practico el ayuno para que los demás me vean? ¿Percibo la limosna como una práctica más o me solidariza con rostros y realidades concretas?
Señor Jesús, no es fácil llegar al encuentro contigo con un corazón puro y sincero. Ayúdame a ser misericordioso y bondadoso con los demás. Te pido que me concedas la fortaleza para no criticar ni juzgar al prójimo. Purifica mi corazón de toda pretensión vanidosa y acrecienta en mí un espíritu humilde, sincero y silencioso. Amén.
La Iglesia propone cada año la campaña de la Comunicación Cristiana de Bienes que es una campaña solidaria de la Iglesia Católica que invita a los fieles, especialmente en la Cuaresma, a compartir material y espiritualmente con los más necesitados en sus Iglesias particulares. ¿He previsto alguna expresión de solidaridad para vivir este tiempo de Cuaresma?

El encuentro de Jesús, narrado por el Evangelio de Marcos, se da con un judío conocer de la ley y las tradiciones. La pregunta que este le hace a Jesús es clave porque el escriba viene al encuentro de Jesús. El escriba viene con un mundo cargado de prescripciones que en la tradición judía –según el libro del Deuteronomio–debían cumplirse; en medio de esta realidad, el escriba ve en la persona de Jesús trae consigo una propuesta de novedad; de ahí, la pregunta: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”. El Señor, conocedor de la tradición de su pueblo, sale al encuentro y sintetiza la ley en dos dinamismos fundamentales. El primer dinamismo hace referencia a nuestra relación con Dios: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. La relación con Dios no es solo un acto cultual que vivimos a partir de nuestros ritos y cultos, sino que es una celebración que involucra todo el dinamismo de la vida misma. Esto quiere decir que cuando se celebra la vida con el corazón, con la mente, con todo el ser, entonces Dios mismo acontece en nuestra vida y en nuestra historia, tomándola y transformándola, de lo contrario, sería un rito vacío y separado de la vida. El segundo dinamismo hace referencia a nuestra relación con los demás: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esta sintetiza la exigencia de la vida cristiana, ya que no es posible amar a los demás especialmente a quienes nos han sido confiados para nuestro cuidado, si no son amados con la medida del amor propio. En medio del diálogo, el escriba, después de la enseñanza de Jesús, logra reconocer al Señor como Maestro, es decir, como aquel que enseña una manera nueva de relacionarse con Dios y con los hermanos; no es la forma tradicional de los holocaustos y sacrificios sino la acción lo que mueve a la persona al amor con todo su ser, involucrando toda la persona, porque, así como se ama a Dios, debemos amar a nuestro hermano “con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser”. Este dinamismo del amor supone el amor por uno mismo, ya que no es posible querer el bien para el otro, lo que yo no quiero para mí mismo.
La pregunta que el escriba le hace a Jesús sobre cuál mandamiento es el primero, es también una pregunta dirigida a mí, y la síntesis de esta pregunta me debe llevar a ser coherente con aquello en lo que creo.
Señor Jesús, concédeme la gracia de ser coherente con mi fe. Que mi vida no solo se reduzca a buenas intenciones, sino a poner por obra aquello en lo que creo. Que al llegar a la contemplación del misterio pascual, la luz de mis acciones ilumine el camino de mi vida. Amén.
Percibo qué relación se acentúa en el dinamismo de mi fe: ¿la relación con Dios o con mi prójimo?

Entre los muchos milagros que realizó Jesús en medio de los suyos, algunos de ellos se caracterizaban por la fuerte confrontación que el hecho suscitaba. El milagro del mudo endemoniado que hoy narra el Evangelio de Lucas, coloca a los oyentes de Jesús en esta situación. Entre la multitud hay muchos que están familiarizados con Belzebú, una deidad filistea; por tanto, es más fácil reconocer el milagro por su poder que por la acción salvífica de Jesús, porque el hecho de la curación del mudo endemoniado supone dos experiencias que provocan confrontación. La primera, implica reconocer en la persona de Jesús la acción salvífica de Dios, por tanto, reconocer que verdaderamente es el Hijo de Dios y ser tenido como profeta, no le conviene a la multitud porque supone la reincorporación social del mudo, es decir, que una vez se presente en el templo y realice el ritual de la purificación, este pueda ser reconocido como una de las personas sanadas por la acción curativa del Hijo del hombre. De ahí que sea más fácil decir que el mal ha actuado para continuar manteniendo la lógica de división y sometimiento, en el caso de la persona. El texto afirma que otros de esa multitud –porque las opiniones estaban divididas–, para ponerlo a prueba, le pedían un signo. Esta petición la hemos escuchado en otras narraciones y Jesús les responde desde las mismas acciones que logra Belzebú, quien posee la capacidad de dividir, de destruir y llevar a la ruina. En la experiencia del mal, lastimosamente no es posible equiparar la unidad, el poder y la acción; desde esta perspectiva, lleva a la destrucción de sí mismo. En medio de la confrontación con los oyentes, surge una acción de parte de Jesús que se ha vuelto un signo concreto: el dedo de Dios, que simboliza el poder, la fuerza, la soberanía y la intervención directa e inmediata de Dios en la historia humana, capaz de alejar el mal y hacer que la manifestación de Dios se haga visible. Finaliza la narración con una parábola para afirmar que “el que no está conmigo está contra mí”, porque precisamente no puede permanecer el corazón dividido por el espíritu del mal para estar con Jesús; en este caso, se está contra Jesús, se desparrama; en cambio, la voz que recobró el mudo lo devolvió a la unidad de su ser. El hecho de recuperar la voz lo restauró a sí mismo y a la sociedad.
Percibo en mi vida personal experiencias que me hacen sentir como el mudo endemoniado, es decir, sin voz, pero con el deseo profundo que el Señor pase por mi vida y me sane.
Señor Jesús, soy consciente que existen muchas situaciones que me pueden devolver a la impotencia y fragilidad del mudo endemoniado del Evangelio. Te pido que la gracia del Espíritu me acompañe para que por medio de mi voz y de todo mi ser te alabe, para que anuncie a los demás los dones y gracias que recibo de ti. Amén.
¿Qué realidades me han quitado la gracia de la voz en mi vida y me han dejado mudo? ¿He permitido que Jesús me devuelva el habla y sane?

La experiencia de la ley era lo más sagrado para el pueblo judío del tiempo de Jesús; desde ella había aprendido a caminar y encontrarse con Dios de manera profundamente significativa, según lo habían recibido de generación en generación. La presencia de Jesús como profeta resultaba incómoda para los maestros de la ley, de ahí que su forma de pensar y actuar constituía una amenaza para el pueblo judío. Las palabras de Jesús: “no he venido a abolir la ley y los profetas… sino a dar plenitud”, sale al encuentro de aquello que en las comunidades y los lugares donde Jesús estaba, se había vuelto motivo de dudas y preguntas a sumos sacerdotes, escribas o fariseos. Jesús, conocedor de la ley, del Pentateuco y de sus prácticas, también la practicaba y la vivía en la sinagoga judía, saliendo al encuentro de los suyos para dar a entender la dinámica de su mensaje revelador. Es la forma práctica de vivir la ley la que le hace diferente en medio de su pueblo, quienes se habían acostumbrado a estudiarla, pero no conocían realmente las necesidades de las personas que están sujetas a la ley, sus dolores, sus exclusiones, sus duras realidades. Cuando nos adentramos al misterio de la Palabra es posible ver y entender a Jesús encontrándose con los leprosos, curándoles, es decir, restituyéndoles a su dignidad perdida, marginada, totalmente excluida, Él los invita a presentarse al templo, al sacerdote. La curación de Jesús ha evitado el encuentro con la tradición del templo de la purificación ritual, sin embargo, al enfermo, a la persona excluida, le ha devuelto su dignidad y a integrarse a su comunidad. Por ello, entendemos la plenitud de la cual habla porque no solo se trata de vivir la norma y cumplirla. El Señor enseña la compasión divina, el poder sanador que no tiene límites y la importancia de la fe y la gratitud. Solo cuando Jesús devuelve a la persona a esta condición le dice: “Ve al templo, ve a presentarse al sacerdote”, entonces, el cumplimiento ha devuelto la plenitud.
Las normas, las prescripciones de la ley en las diversas instancias en las cuales las vivo, ¿cómo las acojo? ¿Son ellas dinamismos de vida o, por el contrario, se convierten en experiencias dolorosas de opresión y exclusión?
Señor Jesús, enséñame el verdadero espíritu de la ley; que al ponerla en práctica no me lleve solo a cumplirla acoplándola a mi modo de vida, sino que a través de ella viva la misericordia y no sea indiferente a las realidades de mis semejantes. Amén.
En mi vida, ¿qué experiencias de normas o leyes me han costado más poner en práctica? ¿Aún sigo viviendo bajo estas mismas experiencias? Según la invitación de Jesús es preciso pasar de la ley y el cumplimiento a la plenitud. ¿Ha sido posible este salto cualitativo en mi vida?

El perdón es una de las experiencias humanas más fuertes que manifiestan la vivencia de la auténtica caridad en la práctica de la vida cristiana. Sin embargo, la enseñanza del Evangelio hoy nos llama a vivir esta dimensión siempre y no solo algunas veces, o aún más pensando en el límite de nuestras condiciones humanas. En la vivencia práctica, el perdón tiene sus dimensiones y profundidades, no es fácil vivirlo cuando las acciones han herido o vulnerado lo más sagrado de la vida y su dignidad; allí, la experiencia del perdón alcanza el misterio del sincero abrazo, pero el perdón tiene un color y una tonalidad única e irrepetible en cada persona, en cada historia. El ajuste de cuentas del rey del que nos habla el Evangelio de hoy, parece enseñarnos cómo el perdón es una característica del amor perfecto de Dios a los hombres. Pero Él necesita de nosotros para que su misericordia llegue a los demás. Quiere que nosotros seamos instrumentos de su perdón. Quiere mostrarles a los seres humanos su perdón a través de nosotros. Cuando nos invita a amar como Él mismo nos ama, también se refiere al perdón. El perdón es la perfección de la caridad El perdón es una experiencia de misericordia y benevolencia. Si los demás han sido misericordiosos conmigo, yo estoy llamado a ser misericordioso. Es a la vez una actitud de paciencia; paciencia con los procesos, con las personas, con las experiencias. La práctica del perdón es vida, de ahí la invitación a cultivar la perfección: “setenta veces siete”, como estilo, como búsqueda de caridad cristiana, porque la imperfección de la condición humana en la vida personal o comunitaria siempre estará condicionada por la fragilidad, pero en el encuentro con el amor misericordiosos de Dios el barro, la limitación, siempre estará abierto al abrazo del Padre que es encuentro, que es misericordia.
Vuelvo la memoria a la forma como en mi camino de discipulado, desde la práctica de vida cristiana, he vivido y vivo la experiencia del perdón hoy.
Señor Jesús, concédeme vivir este tiempo de preparación a la celebración del misterio pascual desde la gracia del perdón como una oportunidad de encontrarme conmigo mismo y con los demás. Ayúdame a ser humilde y a aceptar mis propios defectos y los de las personas que están a mi lado. Amén.
Busco encontrarme con la experiencia del perdón a través del sacramento de la confesión y hago del tiempo de Cuaresma un tiempo propicio para la reconciliación, sobre todo con aquellas experiencias que en mi corazón pesan desde mucho tiempo atrás.

Nazaret era el lugar de origen de Jesús, la sinagoga el lugar de oración y encuentro con la experiencia trascendente propia del pueblo judío y allí, en el lugar más profundo del encuentro con los suyos, Jesús no es aceptado, es rechazado como profeta porque les es imposible creer que precisamente su acción profética sea luz para los suyos. De ahí, que la narración del evangelista san Lucas devuelva la mirada sobre la tradición del Antiguo Testamento en las narraciones del libro de los Reyes para presentarnos con claridad cómo la luz es rechazada entre los suyos y sí es acogida entre los gentiles, paganos o extranjeros. Cuando Elías va por mandato del Señor a Sarepta la fe de la viuda es probada. Ella sentía que moría porque literalmente ya no tiene pan para comer, pero nunca imaginó que la visita de aquel desconocido le traería la bendición al compartirle el pan, “porque su cántaro de harina nunca quedaría vacío y el aceite nunca se agotaría”; sin embargo, la experiencia de fe de la mujer no es que haya sido una luz ya encendida, sino que ella encendió su corazón escuchando al profeta, creyendo en él. La segunda experiencia es la curación de Naamán; de nuevo, el dinamismo de la fe en la experiencia de quien no conoce la palabra ni la experimenta, pero se siente necesitado de ella y confía en que Dios puede actuar por medio de ella. La actitud de los paisanos de Jesús no se hizo esperar al percibir la fuerza del anuncio, porque sintieron que sus palabras estaban dirigidas a ellos, entonces buscaron sacarlo e intentaron matarlo desde las afueras del pueblo; pero verdaderamente no era la “hora” del Señor, porque el destino de la cruz acontecería en Jerusalén y no en Nazaret, donde su luz había brillado sobre la tierra.
Recuerdo en mi experiencia de fe acontecimientos que hayan marcado un antes y un después, gracias a la manifestación de personas concretas que visibilizaron la acción de Dios en mi vida.
Señor Jesús, ayúdame a abrirte las puertas de mi alma. Que, al abrírtelas, me asombre por lo que tú haces por mí. Que no sea indiferente a tus consejos. Por eso, te pido que abras mi corazón para recibirte. No te partes nunca de mí. Amén.
Me esfuerzo en escuchar a los demás con atención, caridad cristiana y humildad, sin censurarlas ni rechazarlas, sino practicando la misericordia con ellas.


