Queridos amigos, el encuentro cotidiano que realizamos con la Palabra nos mueve cada vez más a una vida de interioridad y discernimiento. “No den lo santo a los perros, ni echen sus perlas a los cerdos”. Cuando entramos a la escuela de Jesús, vamos adquiriendo una sensibilidad más profunda hacia lo sagrado. Es decir, a la escucha y acogida del Evangelio como esa perla preciosa; esto nos va capacitando en la misión de evangelización, pero sabemos que no todas las personas están dispuestas a dejarse guiar por las enseñanzas divinas y prefieren permanecer en su terquedad, ya que no todos los ambientes son propicios para esparcir las enseñanzas del reino; por eso, como creyentes, debemos pedir la sabiduría y prudencia para enseñar con claridad las doctrinas del reino, evitando las malas interpretaciones de las palabras sagradas. “Todo cuanto quieran que los demás hagan con ustedes, háganlo ustedes con ello”. Todo en la vida tiene un precio, por eso, para recibir debemos dar, desde la gratuidad, ya que Jesús ha abierto para la humanidad, las puertas del reino de los cielos. Así, cuando nos dice: “Entren por la puerta estrecha”, esto quiere decir que no es lo fácil, ni lo más cómodo lo que nos indica el camino al reino eterno, sino que esto exige de nosotros renuncia y compromiso con el Padre Eterno.
Hacer experiencia del reino, es despojarnos de seguridades personales y confiar en la Palabra del Señor que nos dice que “hay mayor felicidad en dar que en recibir”. Preguntémonos: Cuando alguien se acerca a mi puerta para pedir un favor, ¿puedo reconocer en esta persona el rostro de Dios?, ¿soy capaz de desacomodarme para dar a alguien algo que para mí tiene un gran valor?
Dios de misericordia, que mi ofrenda sea hoy un canto de alabanza por el gran amor que me tienes, al indicarme el camino que lleva a la salvación. Amén.
La puerta estrecha es la persona de Jesús y sus valores. Comprometerse con este camino angosto exige esfuerzo, renuncia diaria, disciplina y fidelidad a la oración para alcanzar la verdadera plenitud.
“Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí” (Mt 7, 13).
Jesús entrega tres pautas para la vida cristiana: el discernimiento (no dar lo sagrado a quien lo desprecia), la Regla de Oro (hacer el bien a otros como queremos ser tratados) y el esfuerzo espiritual (elegir el camino angosto que lleva a la salvación).

Un principio y una actitud fundamental que debemos asumir en la vida es la libertad de estar frente a los demás sin juzgar ni condenar; como personas en relación solo podemos ayudarnos a crecer mutuamente diciéndonos lo que podemos corregir con caridad y misericordia, ya que el juicio le pertenece solo a Dios. Él es el único que puede conocer en profundidad las intenciones que brotan del corazón humano. Por eso, cuando Jesús dice a sus discípulos: “No juzguen, para que no sean juzgados”, nos llama a no ponernos en el lugar de Dios. “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”. El autoconocimiento nos permite valorar nuestra propia verdad, vernos y descubrir el amor que Dios nos tiene; partiendo de la propia experiencia de ser amados, podemos amar a los demás. ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “déjame que te saque la mota del ojo, teniendo una viga en el tuyo?”. Antes de señalar el mal del otro, necesitamos vernos libre de toda falsa apreciación personal. El Señor detesta la hipocresía, pero ama lo real y verdadero que hay en nosotros.
Como cristianos, estamos llamados a hacer presente el reino de Dios en el aquí y el ahora poniendo en práctica las enseñanzas de Jesús; por tanto, el amor y la misericordia deben ser nuestra carta de identidad. Preguntémonos: ¿Soy una persona justa en mi apreciación hacia los demás? ¿Reconozco y agradezco la paciencia del Señor para conmigo? Recordemos aquello que dijo san Juan de la Cruz: “Al final de nuestra vida seremos juzgados en el amor”.
Santísima Trinidad, enséñame a vivir en comunión contigo para que, liberado (a) del temor, pueda vivir en la verdad de amar y no juzgar. Amén.
El Señor nos llama a abandonar la crítica destructiva y practicar la humildad. Nos compromete a reemplazar el juicio hacia los defectos ajenos con un examen de conciencia profundo de nuestras propias fallas, corrigiéndonos primero a nosotros mismos para poder ayudar al prójimo con empatía y sin hipocresía.
“¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo?” (Mt 7, 3).
El Señor nos enseña sobre la humildad y la misericordia. Nos advierte contra el juicio hipócrita, animándonos a corregir nuestras propias fallas antes de señalar los defectos de los demás.

ToEn el Evangelio de hoy nos encontramos con una palabra de Jesús que alienta y da valor para afrontar las adversidades de la vida. Dijo a sus discípulos y a cada uno de nosotros: “No tengan miedo a los hombres”, porque nadie tiene el poder para juzgarnos y condenarnos; como personas, todos somos limitados, y humanamente hay momentos en la vida que por alguna circunstancia sentimos que el temor nos paraliza, pero hay algo más fuerte dentro de nosotros que nos mueve y levanta: es la luz de la esperanza. “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; teman al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehena”. El único temor que debemos permitirnos es el temor de sacar a Dios de nuestra vida, de no incluirlo en nuestras opciones, porque solo Él tiene el poder y autoridad sobre la vida; porque como lo define las Sagradas Escrituras, el temor de Dios es el principio de la verdadera sabiduría. “No tengan miedo”, ya que las dificultades hacen parte de la vida, y el fracaso, la pérdida de algo o alguien, el dolor de una muerte física, el sentirnos en algún momento desolados, son realidades inherentes a nuestra condición humana. El mismo Cristo lo experimentó, ya que fue rechazado, juzgado, condenado a muerte, humillado al ser crucificado; pero no renegó en su sufrimiento; Él clamó y se abandonó en las manos del Padre, quien lo resucitó de entre los muertos y nos alcanzó para todos el don de la salvación.
A veces olvidamos que la vida se construye de pequeños instantes y que cada segundo que respiramos es un regalo que nos viene del cielo, por tanto, el reconocer con humildad lo que corresponde al esfuerzo humano y lo que recibimos como don divino, es una tarea que fortalece nuestra fe. Por tanto, abramos el corazón y dejemos nuestra vida en las manos del Señor. Preguntémonos: ¿Cuál es mi mayor temor en la vida? ¿Confío en la presencia salvadora del Señor?
Señor, Dios de la vida, tú que has vencido a la muerte, enséñame a confiar en ti y caminar con la certeza de que ningún mal me puede apartar de tu amor. Amén.
El Señor nos exige testimoniar la fe sin temor a las amenazas, reconociendo que Dios protege y valora profundamente a sus discípulos. Proclamemos el Evangelio con valentía y pongamos nuestra confianza absoluta en el Padre, quien cuida de cada detalle de nuestra existencia.
“Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo” (Mt 10, 32).
Jesús nos exhorta a vivir la fe con valentía y sin temor a las dificultades.

Todos tenemos necesidad de realizar opciones fundamentales que marcan el destino de nuestra vida. Hoy las palabras de Jesús nos hacen volver a lo que es la raíz de nuestra fe. “No pueden servir a dos señores”. “No pueden servir a Dios y al dinero”. Centrémonos en la experiencia del servicio, recordando las palabras de san Pablo: “Jesús, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomo la condición de esclavo”. El Señor se hizo servidor de los hombres para enseñarnos con su propia vida lo que conlleva el servicio. Nosotros, como creaturas, estamos llamados a servir a Dios en una entrega constante y generosa por amor a los hermanos. También el Evangelio nos advierte del peligro que se corre cuando damos el primer lugar a las riquezas y no a Dios. El dinero y las cosas materiales están puestas a nuestro servicio para que con ellas realicemos el mayor bien y no para que nos dejemos esclavizar por ellas. Dios cuida de nosotros, por tanto, estamos llamados a poner nuestra confianza en Él, que como Padre providente, sabe de qué estamos necesitados. Él nos permite ordenar nuestra vida para que alcancemos la paz y la felicidad que el Señor nos quiere dar.
Como cristianos debemos preocuparnos por “buscar el reino de Dios y su justicia, ya que lo demás nos vendrá por añadidura”. Preguntémonos: ¿Cómo estoy usando los bienes materiales que el Señor me ha permitido alcanzar? ¿Dios ocupa el primer lugar en mi corazón? ¿Confío en su Providencia o dejo que las preocupaciones materiales me quiten la paz?
Dios de la vida, concédeme la gracia de purificar mis sentimientos para dejar que en mi corazón tú ocupes el primer lugar confiando en tu divina Providencia. Amén.
En la medida en que Dios reine entre nosotros podemos despojarnos de angustias, preocupaciones y de todo aquello que nos empobrece.
“No se inquieten entonces, diciendo: ‘¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?’. Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan” (Mt 6, 31-32).
Al personificar el dinero o las riquezas, el Señor señala que los bienes materiales pueden convertirse en un falso dios. La riqueza en sí no es un mal, pero el apego desordenado a ella esclaviza al ser humano y lo aparta del Creador.

El Señor está a la puerta de nuestro corazón y nos está llamando a darle pleno sentido a nuestra existencia basada en la fidelidad al proyecto de Dios para con la humanidad. Nos dice el Evangelio hoy: “No atesoren para ustedes tesoros en la tierra”. El verdadero tesoro está en el corazón del ser humano y se centra en los valores del reino de los cielos. Muchas veces nos encadenamos y vivimos sumamente preocupados por los bienes materiales, las riquezas, los títulos y el prestigio. Sin duda, son bendiciones del Señor, pero si dejamos que estos tesoros terrenales nos roben la salud, la alegría, el tiempo para compartir en familia, los amigos y vamos dejando que la codicia o la ambición corroan el corazón, perdiendo el espíritu de servicio, la entrega generosa los demás y los actos de caridad, entonces podemos correr el riesgo de caer en la oscuridad, o sea, de no poder ver los valores del reino eterno. “Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”.
La Providencia divina, jamás se deja esperar. Dios viene a nuestro encuentro cuando lo buscamos con corazón sincero y clamamos a Él dejándonos guiar por la fuerza del amor. Preguntémonos: ¿Cuál es el mi tesoro más preciado y en qué apoyo mí corazón? ¿Cómo uso y qué hago con los bienes materiales que el Señor me ha regalado?
Señor, danos tu luz para caminar por sendas de justicia, amor y libertad. Que pueda sentir el gozo de compartir con otros los bienes que tú nos das. Amén.
Las únicas riquezas que no se dañan ni se roban son el amor, la paciencia, el servicio y la adoración a Dios.
“Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6, 21).
El problema no es poseer bienes, sino permitir que ellos posean al individuo. Tengamos un corazón libre y desprendido, buscando que las acciones reflejen la voluntad divina.

Por naturaleza, todos los seres humanos llevamos en nuestro interior una fuerza que nos mueve a trascender. Esa fuerza es la gracia del Espíritu que nos mueve a la oración; con ella, entramos en una relación íntima con Dios, para lo que necesitamos: quietud y silencio, para escucharlo en su Palabra y en el acontecer cotidiano; también para descubrir nuestra esencia de creaturas en manos del Creador. Jesús, el Unigénito de Dios, el gran orante por excelencia, nos sumerge en esta experiencia permitiéndonos descubrir a Dios como Padre y nos ha regalado una preciosa oración con la que nos identificamos en la Iglesia universal como una comunidad de hijos necesitados del abrazo de Dios Padre. La oración que Jesús nos enseñó por petición de sus discípulos es el Padre Nuestro, que inicia con esta preciosa invocación: “Padrenuestro que estás en los cielos”. En ella, se contempla el cielo no como un lugar lejano, sino como ese lugar santo que todo lo llena y que habita en nuestro interior; por eso, santificamos también el nombre de Dios y le pedimos que su reino acontezca entre nosotros buscando hacer siempre su voluntad; también le pedimos el alimento no solo material sino también espiritual, el de volver siempre a Él reconociendo nuestra pequeñez y nuestros límites. En esta hermosa oración, abrimos nuestro corazón para ser purificados de todo sentimiento negativo con el que le ofendemos cuando ofendemos a nuestros hermanos. Con esta oración, doblamos nuestras rodillas para que su gracia nos abrace alejándonos de toda tentación de división y nos permita vivir reconciliados.
Jesús en su relación filial con el Padre, nos ha regalado la certeza de que tenemos un Dios que se preocupa por nosotros y que es capaz de darlo todo por amor; por eso, cuando digo Padrenuestro, ¿realmente me comporto como hijo (a) de Dios?, ¿trato a los demás como hijos del mismo Padre?
Señor Jesús, te pedimos que renueves con tu Santo Espíritu nuestro corazón, para ser purificados con la gracia del amor que nos permita llamar a Dios Padre, dador de vida y perdón. Amén.
Transformo mi oración en una relación íntima con Dios y la traduzco en obras concretas de caridad, especialmente para con mi prójimo.
“Y al orar, no charlen mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados” (Mt 6, 7).
Jesús advierte contra la “mucha palabrería”. La oración no es un diálogo para convencer a Dios, sino una conversación íntima con un Padre que ya sabe lo que nos hace falta.

El seguimiento y adhesión a la persona de Jesús nos exige autenticidad y libertad para orientar nuestra vida en tres direcciones: 1. Nuestra relación con Dios la cual se fortalece y alimenta en la oración. 2. Somos seres en relación y necesitamos de los demás para crecer como personas; por eso, practicar la caridad es fundamental. 3. Debemos cuidar de nuestra propia persona; por eso, ayunar es revestirse de humildad y sinceridad para entrar en nuestro propio corazón y ver ahí aquello que cada uno está llamado a cambiar. Por eso, cuando Jesús dice a sus discípulos: “Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos”, también nos lo dice a cada uno de nosotros para que recordemos siempre que nuestra vida y nuestros actos están bajo la mirada de Dios. Él ve y conoce cada uno de nuestros pasos, “por eso, cuando hacemos limosna no debemos pregonarlo”. Las buenas acciones brotan del corazón y, de las manos del Señor, nos viene la recompensa. “Cuando vayas a orar, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu Padre a escondidas”. La oración es bálsamo para el alma, que nos sumerge en ese espacio íntimo y privilegiado que en el silencio y en lo secreto va fortaleciendo esos lazos de amistad con Dios y alivia nuestras cargas para hacer de este viaje llamado vida, una experiencia que tienda a la eternidad.
La propuesta del Evangelio es que como cristianos no debemos preocuparnos tanto por el reconocimiento, los privilegios y aplausos, sino el de asumir un estilo de vida coherente que nos asemeje cada vez más al estilo de vida de Jesús. Preguntémonos: ¿Soy coherente y sincero al practicar el ayuno, la limosna y la oración?
Señor Jesús, Maestro bueno, me abandono en tus manos y te pido con toda confianza fortalezcas mi mente, voluntad y corazón para caminar en la esperanza de los hijos de Dios. Amén.
Señor Jesús, Maestro bueno, me abandono en tus manos y te pido con toda confianza fortalezcas mi mente, voluntad y corazón para caminar en la esperanza de los hijos de Dios. Amén.
“Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará”.
La acción recta no debe hacerse para “ser vistos por los hombres”. Cuando el bien se convierte en un espectáculo, la recompensa humana anula la recompensa divina.

En el contexto del discurso de la montaña en el que Jesús presenta un nuevo programa de vida a sus discípulos y dando continuidad a lo que reflexionábamos el día de ayer, hoy nos dice: “Amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” El Maestro de la vida, sigue moviendo nuestras entrañas, porque generalmente cuando recibimos una ofensa, nuestra primera reacción es una actitud de rechazo hacia el agresor o hacia quien consideramos como enemigo. Humanamente nos cuesta amar cuando estamos en situaciones como estas de violencia e injusticia, pero Jesús que ha tomado nuestra carne humana nos da ejemplo de que no es imposible; para quienes profesamos una fe en Dios y hemos comulgado con Cristo, uniéndonos a Él a través de los sacramentos, estamos llamados a tener un corazón dócil, encontrando como única alternativa hacer el bien de manera incondicional, orar y bendecir a la humanidad, para llegar a ser hijos de nuestro Padre celestial.
Todos hemos experimentados la bondad y la misericordia de Dios cuando hemos pecado, el perdón es un acto de amor. Preguntémonos ¿Creo en el amor? ¿Creo en su fuerza sanadora capaz de liberar de la amargura que genera el odio y el rencor?
Señor Jesús, te doy gracias por estar entre nosotros. Purifica mi corazón para que pueda servir con sinceridad y libertad a los demás. Amén.

El camino trazado por las enseñanzas de Jesús implica la vida en vigilancia de la experiencia espiritual en relación a la búsqueda de la voluntad de Dios. Pasemos al evangelio de hoy. Dijo Jesús a sus discípulos: “Han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente. Pero yo les digo, no hagan frente al que los agravia” En el AT, la ley del talión era la medida que se tenía para administrar justicia frente a los agravios cometidos de un hermano contra otro; pero Jesús trae una nueva propuesta, con un estilo de vida radical. Un mundo cargado de violencia, dolor e injusticia, solo puede ser restaurado por la fuerza del amor, ya que las situaciones y ambientes que se crean a nuestro alrededor, dependen del modo de ser de la persona; la pedagogía de Jesús en cambio, es un llamado a poner límites a las situaciones hostiles y a la venganza. Él nos enseña a no devolver agresión por agresión, no se hace justicia haciendo daño al agresor, porque esto no solo lastima a quien ha provocado el daño sino también a quien quiere aplicar justicia por cuenta propia y en muchos casos lo que se genera es una violencia mayor. Otra de las enseñanzas de Jesús, es la de tratar de hacer el bien a la persona que nos ha ofendido, los actos que provienen de estos valores evangélicos, nos liberan del rencor y ponen fin a la cadena de odio generada de la venganza.
Cuando el amor se vuelve nuestra norma de vida, podemos darnos cuenta de las veces en que también nosotros hemos fallado y hemos recibido el perdón, las ofensas se pueden recordar, pero no debemos quedarnos en la amargura y el dolor, sino sanar esas heridas y como cristianos volver la mirada al corazón para recordar todo el amor y la misericordia de Dios para con la humanidad. Preguntémonos: ¿He tomado en serio mi trabajo espiritual, sintiendo que, gracias a él, puedo perdonar y ser una persona generadora de paz?
Maestro Divino, mueve mi corazón para sintonizar con el tuyo, permítenos amar como tú nos amas y servir con entrañas de misericordia. Amén.

En la liturgia de este domingo, nos encontramos con un texto muy bello que nos habla de la iniciativa divina, en la que Dios hace una alianza con su pueblo y lo elige para que sea una nación santa, proponiéndole ser “su propiedad personal entre todos los pueblos”. Y Jesús para dar cumplimiento al plan de salvación del Padre continúa sus enseñanzas, manifestando su compasión por la muchedumbre que lo seguían y que estaban cansadas y abandonadas; en Jesús, Dios manifiesta sus entrañas de bondad y misericordia por su pueblo que sufre; por eso, dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Continúa diciendo el texto que Jesús “llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”. Con esta misión, Jesús los constituye en sus colaboradores para ser portadores de vida nueva a la humanidad, para restaurar los corazones rotos y heridos, para acompañar a quien se siente solo o se siente violentado. Estos misioneros son llamados a formar comunidad y en ella, son enviados a anunciar, a hacer presente el Reino de los Cielos.
Vivimos en una sociedad herida que necesita mucho de la presencia de Dios, conocemos los nombres de los primeros apóstoles con los cuales nació la Iglesia y que recibieron la misión directa de labios de Jesús para proclamar su Reino. Preguntémonos: ¿Hoy siento que el Señor pronuncia mi nombre y me compromete para ser obrero de su Evangelio?
Señor Jesús Divino Maestro, tú que me llamas a la santidad, concédeme la gracia de una vida coherente para que pueda sanar los corazones rotos de aquellos hermanos que, por nuestra indiferencia, muchas veces se alejan de la vida de tu Iglesia. Amén.
Reconozco el sufrimiento, la confusión y la soledad de las personas a tu alrededor, sintiendo su dolor como propio en lugar de pasar de largo.
“Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36).
Toda vocación sacerdotal, religiosa y laical es un don divino que debe suplicarse activamente a través de la oración litúrgica y personal.


