“Pasión de nuestro Señor Jesucristo”
(Mt 26, 14-27,66)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Después del camino cuaresmal vivido, hemos llegado al inicio de la Semana Santa con las grandes celebraciones del Misterio Pascual. El evangelista Mateo recrea para su comunidad judía el destino del Hijo de Dios. La extensa narración de la Pasión del Señor que hoy escucharemos, conecta nuestra memoria con el misterio de la Encarnación, porque el Hijo del hombre ha venido a cumplir la voluntad de su Padre. La Palabra presenta el destino del Hijo, la forma como Él asumió la voluntad de su Padre para luego regresar al misterio de la gloria eterna, naturaleza a la que siempre ha estado adherido y que le pertenece toda la eternidad. El evangelista inicia la narración con una imagen: la traición de uno de sus discípulos, Judas Iscariote. La fidelidad al proyecto del Hijo se teje todos los días en un misterio de pertenencia que es preciso cultivar. Las fatídicas 30 monedas del camino, pueden hacernos perder el horizonte, pueden llevarnos a romper con ese proyecto, con el misterio para el que fuimos llamados. Desde este ajuste de cuentas entre Judas Iscariote y los sacerdotes, sus discípulos van a descubrir el verdadero rostro de su Rey que irán develando camino al Calvario. Aunque el cruel destino de Jesús los desmotiva y les hace perder sus auténticas motivaciones, después de haberle seguido y pertenecer al grupo de los 12 provocando en ellos reacciones profundas como rechazo, negación y dispersión, será el punto de inflexión que los llevará a reconocer en el crucificado al Hijo de Dios. Su Rey, si bien entra victorioso, en un comienzo no cumple las expectativas de los reinos del mundo, la victoria de la cruz es escándalo de quien ha sido destinado a ella. El contexto de la fiesta de la Pascua judía coloca a Jesús en Jerusalén; allí también Él, como todos, se dispone a vivir la Pascua, la tradición y la memoria. Sin embargo, este tiempo, el tiempo de Dios, en la persona de Jesús, acontecerá de forma diferente porque Él mismo será el Cordero que será sacrificado y que renovará la alianza. El destino del Profeta, finalmente, se cumplirá.

Reflexionemos:

El ritmo litúrgico me lleva al corazón del misterio. Esta semana es una oportunidad para que viva en medio de un clima de fe y oración. Desde ya, siento y percibo las disposiciones interiores y exteriores que harán de mi Semana Santa una experiencia de encuentro único con Dios y con la comunidad.

Oremos:

Señor Jesús, te contemplo entrando victorioso a Jerusalén con tantos signos que expresan alegría y júbilo, pero esa entrada es vacía si no vienes a iluminar mi existencia, mi propio Jerusalén. Deseo en lo más profundo de mi corazón, te aclamo como mi Rey y mi Señor. Ven y reina en mi corazón para siempre. Amén.

Actuemos:

¿Vivo las celebraciones de la Semana Santa por tradición o deseo vivirlas porque el misterio pascual renueva mi fe, mantiene viva mi esperanza y acrecienta la caridad fraterna con los míos, con mi comunidad de vida y de fe?

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“Para reunir a los hijos de Dios dispersos”
(Jn 11, 45-57)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El sábado, en que se finaliza la quinta semana de Cuaresma, entramos en el camino final y decisivo hacia las grandes celebraciones del misterio pascual. La narración del evangelista Juan va a acentuar esa dura tensión que se ha tejido a lo largo de las narraciones de estos días. El grupo de los seguidores de Jesús ha crecido gracias a los milagros que han visto, ha logrado una experiencia de fe entre los suyos; en general, ha crecido el grupo de sus seguidores porque han creído en Él. Sin embargo, por otro lado, el grupo de los judíos –los fariseos, sacerdotes y guardias– también ha encontrado motivos suficientes para sentir que Jesús debía ser condenado. Precisamente por los signos o milagros obrados por Jesús, muchos se adherían a Él. Uno de esos signos había sido la resurrección de Lázaro, de ahí, que la casa de María se convirtiera en el lugar donde la manifestación de los signos era evidente. El ambiente religioso había crecido como movimiento junto a Jesús, el Maestro, y se había trasladado a un ambiente político que provocaba confusión, porque la práctica del templo, propia del judaísmo, dependía del poder político romano en el pago de los impuestos. Caifás, el sumo sacerdote, comienza también a maquinar la forma de aniquilar a Jesús porque por Pascua era común la muerte de un malhechor. Jesús “será contado entre los malhechores”, por todo lo que ha suscitado, de hecho, la percepción de Caifás es tristemente la condenación a muerte de Jesús. El hecho de que Jesús se retire a la región de Efraín ayuda a que se cumpla la hora de Dios que va a coincidir con la hora de la celebración de la pascua judía porque era preciso que Él diera la vida por todos. La purificación propia del ambiente judío como preparación a la Pascua, hacía más notoria y cercana la muerte del Señor. La decisión estaba ya tomada. Sumos sacerdotes y fariseos tenían claro que era mejor arrestarlo y de aquí en adelante el texto llevará al oyente de la Palabra al encuentro en que se cumpla este momento, como los 30 monedas por las cuales es pactada la entrega; luego, será la cena el memorial del Cordero en la persona de Jesús, y por último, su gloriosa muerte y resurrección que será la luz que guíe a las primeras comunidades para que sigan haciendo visible su presencia.

Reflexionemos:

En las situaciones adversas de nuestras realidades sociales, muchas experiencias de vida y muerte han llevado a líderes a vivir la misma experiencia de Jesús porque han buscado la ocasión para apagar sus vidas o silenciar sus voces.

Oremos:

Señor Jesús, camina conmigo e ilumíname con tu luz para que, por medio de ella, no sea condenado a muerte. Dame la gracia de conocerte cada día más para poder amarte con mayor sinceridad. Amén.

Actuemos:

¿He sido testigo de persecuciones y muertes en el contexto de mi realidad social?

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“Intentaron detenerlo, pero se les escabulló de las manos”
(Jn 10, 31-42)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Las lecturas del Evangelio de estos días han pintado el ambiente en torno a la persona de Jesús. Muchos han intentado tomarlo por su cuenta, pero no se han atrevido porque lo tienen por profeta, otros lo han considerado loco y con tendencias suicidas por la forma en cómo ha expresado la relación con Dios y el encuentro inminente con Él. Hoy, la narración inicia colocando en evidencia cómo la multitud ya había tomado la determinación de apedrearlo; Jesús va a su encuentro cuestionando sus actitudes, porque a lo largo del ministerio público ha hecho muchas obras, pero no le han intentado asesinar como ahora. Las acciones y palabras de Jesús en torno al templo de Jerusalén –las cuales, para la multitud conformada por su gran mayoría de judíos–, son consideradas blasfemias porque a través de ellas Él se consideraba como Dios. En este ambiente se coloca en contraposición una discusión entre las obras del Padre y las obras del Hijo, las cuales revelan al Padre. En esta relación filial, las obras del Padre vienen reveladas por la acción salvífica del Hijo. Este tema de discusión siembra en las multitudes el deseo de detener a Jesús, sin embargo, no ha llegado todavía su hora. El Señor se identifica como “quien el Padre consagró y envió al mundo”. Se trata por tanto de una triple consagración: el Padre ha consagrado al Hijo y lo ha enviado al mundo; el Hijo se consagra a sí mismo y ruega que, por su consagración, los discípulos sean consagrados en la verdad. Así, Jesús reveló su identidad. Desde el momento que fue bautizado en el Jordán, el Señor Jesús anunció su Palabra y reveló su unión con el Padre. Muchos creyeron en Él y lo seguían hecho que causaba grande preocupación en las autoridades judías y que los llevó a buscar formas justificadas para matarlo.

Reflexionemos:

Hay situaciones de mi confesión de fe, de mis acciones o decisiones que han comportado el rechazo, la persecución e incluso la muerte. Si no he llegado hasta allá, mis opciones sí han sido motivo para que las personas tomen distancia. ¿Cómo he vivido en mi historia personal el rechazo o la diferencia?

Oremos:

Señor Jesús, no fue fácil para ti ser el Hijo de Dios; tal vez la forma como profeso y vivo mi vida cristiana tampoco lo sea para los míos. Concédeme la gracia de vivir serenamente toda adversidad o rechazo como un signo de la cruz que me une a ti. Amén.

Actuemos:

En ambientes difíciles y tensos a nivel familiar, social, político o laboral, ¿cuál es mi actitud?

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“Abrahán, su padre, saltaba de gozo pensando ver mi día”
(Jn 8, 51-59)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El evangelista Juan inicia la narración del Evangelio del día de hoy presentando a Jesús quien establece un diálogo con los judíos de su tiempo. Recordemos que venimos de una experiencia en que los suyos habían pensado de Él y de su muerte inminente; hoy, la Palabra continúa revelando, desde nuestro punto de vista, un panorama sombrío que nos vuelve a sorprender con el preanuncio de la muerte. Lo que se va a develar en las celebraciones del Misterio Pascual de la pasión y muerte del Señor, los judíos no lo comprendían. Para muchos la muerte es el fin de la existencia de la humanidad, de hecho, así lo habían experimentado los grandes patriarcas del pueblo de Israel, como Abrahán y los profetas. Si Jesús era un profeta para ellos, su destino era también la muerte. Pero para el apóstol Pablo al recordarnos que Jesús “siendo de condición divina no tuvo a bien retener nada para sí mismo, sino que asumió su condición de siervo” (Flp 2, 6 – 11), nos está diciendo que ahora esta condición divina le dará junto al Padre la gloria que le será devuelta con la Resurrección. La relación del Padre y el Hijo se ha establecido a través de un conocimiento, del cual el Hijo tiene certeza de su Padre porque solo quien conoce al Padre sabe de las realidades que envuelven el misterio. La lógica del mundo judío que le acusa y se enfrenta con el Señor está muy distante de la lógica de Jesús con su Padre, a quien el misterio de lo eterno le abrazó como don y cumplimiento de la promesa: “Mi Padre me glorificará”, “mi Padre y yo somos uno”. Parte del conocimiento se experimenta en la forma como guardamos las palabras y hacemos memoria de ellas, estableciendo vínculos que van más allá de lo humanamente posible. Las palabras de Jesús tienen un profundo significado para el ser humano de hoy. Pero solo las entienden quienes las escuchan con una actitud de humildad. Jesús, no nos pide grandes sacrificios; lo único que nos pide es que le aceptemos en nuestro interior con fe y sencillez.

Reflexionemos:

Una de las experiencias más profundas de la relación entre el Padre y el Hijo es la forma como Jesús ha guardado sus palabras. En este camino de sentirme hijo amado de Dios, ¿cómo guardo su Palabra para alimentar la relación con el Padre Eterno?

Oremos:

Señor Jesús, doy gracias al Padre por el don de la vida que me ha dado, al Hijo le agradezco el que me halla llamado a seguirle a por medio de mi vocación, doy gracias al Santo Espíritu por los dones que me concede para que camine firme hacia la luz de la eternidad. Amén.

Actuemos:

¿Qué relación he establecido con Dios como Padre que me hace sentir su hijo amado?

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“Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo”
(Lc 1, 26-38)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

La liturgia hoy nos presenta la solemnidad de la Anunciación del Señor. Con esta gran celebración, la Iglesia interrumpe el silencio cuaresmal para cantar el gloria dando gracias al Señor por lo que María es y representa en la Historia de la Salvación. María es la protagonista del relato. Según el evangelista Lucas, su juventud en la pequeña aldea de Nazaret ha sido interrumpida por la visita inesperada de un ángel para comunicarle un designio divino del que tal vez no sale de su asombro y que no logra comprender. Finalmente, en el diálogo con el ángel ella logra intuir el proyecto de Dios en su vida. El saludo ya había comunicado el misterio de la gracia a través de la cual había sido favorecida –“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”–, el cual estremeció su humanidad, provocando reacciones como la turbación y las preguntas que le dirigió al ángel. “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios”. Estas son las palabras que le permiten en el misterio a María la adhesión al proyecto de Dios; María no entiende con la razón, pero con corazón ama, porque solo a través de él, se cumplirán las promesas que los profetas habían anunciado sobre el Mesías. Con respecto al linaje de David por José, Jesús va a heredarlo y no le será arrebatado. Con Jesús, el reino de Dios se hace presente, un reino que acontece en el misterio de la Encarnación; de ahí, la gracia y la fuerza del anuncio que tendrá su máxima manifestación en el misterio de la cruz. José por su parte silencioso y orante, no entiende este sublime misterio, pero siente que es un misterio que debe preservar, cuidar y amar. Por tanto, la lógica de la vida para José es más fuerte que la lógica de la muerte. Dios toma el corazón silencioso de José para hacerlo parte de su proyecto salvífico llevándolo a la plenitud cuando María asume su participación en la Historia de la Salvación: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Estas dos experiencias de vocación –la de María y la de José–transitaron por la duda pero se abrieron finalmente al misterio de la fe.

Reflexionemos:

¿Cómo he acogido y vivido los proyectos de Dios en mi vida? ¿He permitido que ellos realicen su proyecto o he realizado los míos sin contar con los suyos?

Oremos:

Señor Jesús, por intercesión de María, tu madre Santísima, concédeme vivir en fidelidad el proyecto de Dios en mi vida para el cual he sido llamado. Amén.

Actuemos:

¿Qué experiencias de mi vida han provocado, como María, miedo y turbación?

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“Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, sabrán que “Yo soy”
(Jn 8, 21-30)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

La expresión “Yo soy”, propia del evangelista Juan y atribuida a la persona de Jesús revela su identidad –quién es– colocándolo en una relación profundamente existencial con nosotros, quienes venimos contemplando en esta quinta semana de Cuaresma un camino que nos ha ido preparando a la celebración del misterio pascual. Jesús es, por consiguiente, la plenitud de la manifestación del Padre, quien le ha enviado con una misión específica: revelar su amor para que crean en Él haciendo la voluntad de Dios; de ahí, la conclusión del Evangelio de hoy: “muchos creyeron el Él”. En el diálogo se hace evidente la forma como Jesús hace un preanuncio del lugar que le espera como Hijo del Padre y a nosotros. Ir adonde Jesús se dirige no es posible si lo observamos desde una mentalidad humana, pero estamos llamados a experimentar el gozo del misterio en nuestra vida misma para poder desear estar donde Jesús está, porque esa es nuestra fe, aquella fe que profesamos y creemos. La forma en que Jesús presenta el camino hacia su Padre, la manifestación en la glorificación de ser Hijo no es acogida, de ahí, la pregunta por la identidad: ¿Quién eres tú? A esto, viene la afirmación de la certeza más clara de Jesús: “Yo soy”, sintiéndose el Hijo del Padre de quien procede con veracidad. Así como el pueblo de Israel reconoció la acción de Dios cuando fue levantada la serpiente en el desierto, asimismo Jesús ha vencido la serpiente del pecado y con su muerte sana nuestras heridas, devolviéndonos al amor genuino del Padre. Nuestra vida únicamente tiene sentido cuando se ve orientada a cumplir la voluntad de Dios. Pero este cumplimiento de la voluntad de Dios no puede ser servil, sino que debe imitar el ejemplo de Jesús, de un hijo que busca agradar a su padre en todo.

Reflexionemos:

¿Cuál experiencia hago en mi camino de vida cristiana? ¿La imagen del estandarte de la serpiente colocado en el desierto representa un signo de curación externa o la contemplación de la pasión y muerte de Jesús en la cruz como signo de salvación que ilumina mi existencia y mi vida?

Oremos:

Señor Jesús, deseo vivir el misterio de la cruz en mi existencia, pero no siempre tengo la fe suficiente para abandonarme en este camino que exige la vida misma. Ayúdame a reconocerte como mi Dios y Señor y a seguirte con alegría. Amén.

Actuemos:

¿Contemplo la cruz desde lo externo o la acojo en mi corazón como un designio de amor en el cual se manifiesta la voluntad de Dios?

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“El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”
(Jn 8, 1-11)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El monte ha sido el lugar de la revelación, de la oración confiada y profunda, de lo existencialmente humano –“Padre, si es posible”–, de lo divinamente revelador del misterio –“una luz radiante”–. Desde lo que representa este lugar, Juan nos dice que Jesús amanece para vivir un nuevo día. La oración no solo la vive Jesús en la intimidad de relación con el Padre, sino que también hace de ella una manifestación pública de su fe junto al templo, donde es acogido y reconocido como Maestro –“acudían a Él, y sentándose, les enseñaba”–. Jesús es puesto a prueba cuando escribas y fariseos llegan hasta Él con una mujer que ha sido sorprendida en adulterio. Ellos saben que la gente lo reconoce como Maestro por la gente, y Él ha afirmado que lo es; entonces, como consecuencia, conoce la ley del Deuteronomio respecto al adulterio que dice que toda mujer sorprendida en adulterio debía morir apedreada. Jesús, por ende, debía ser fiel, como todo maestro que se respete, a esta ley. Sin embargo, sus palabras y acciones sorprenden a los judíos porque no actúa como ellos quisieran. La actitud de Jesús se reduce no a un gran discurso, sino a inclinarse y a escribir en el suelo buscando disminuir la presión de los acusadores, para luego abrazar con misericordia a la mujer a quien Él busca salvar. Más allá de las acusaciones, el Señor lanza una pregunta que no solo se convierte en pretexto de juicio para la mujer adúltera, sino que evoca la realidad de pecado que vive cada acusador: “el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”. Es fácil acusar desde la óptica de ley o jactarse que la conocemos al pie de la letra, pero no es fácil mirarnos al espejo y reconocer que, en nuestro interior, no somos tan puros o tan limpios. La afirmación que menciona el texto que “se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos”, nos lleva a comprender cómo la vida nos va configurando no siempre con la persona de Jesús, sino con nuestros propios puntos de vista. La pregunta de Jesús a la mujer adúltera: “¿ninguno te ha condenado?”, es la certeza para afirmar que nosotros no podemos tejer ninguna condenación y que en la persona de Jesús descubrimos la manifestación de un amor que no señala ni condena, que es misericordioso y que va más allá de la ley, porque el amor del Padre es la manifestación de un amor genuino que nos abraza desde la eternidad y para la eternidad. El Señor perdona nuestros pecados y a la vez nos exhorta a una conversión de vida.

Reflexionemos:

En nuestra vida, ¿qué experiencia hemos realizado? ¿La de la mujer adúltera que ha sido condenada por los suyos o la de Jesús que abraza con un amor misericordioso más allá de los límites y errores?

Oremos:

Señor Jesús, gracias por el amor misericordioso con el cual te manifiestas en mi vida. Eres el Maestro que con tus palabras y acciones muestras un camino nuevo para volver al Padre, devolviéndome la gracia y la paz del perdón. Ayúdame a caminar por el sendero de tu amor y extiende tu mano para levantarme de mis caídas. Amén.

Actuemos:

¿Con qué actitudes juzgo? ¿Con el rigor de la ley o con la misericordia de Jesús?

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“Yo soy la resurrección y la vida”
(Jn 11, 1-45)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El itinerario cuaresmal que hemos iniciado el Miércoles de Ceniza nos lleva a vivir el quinto domingo de Cuaresma con un espíritu nuevo, después de haber atravesado el desierto de nuestra propia existencia, de haber contemplado el misterio de la manifestación de Dios en el monte, de habernos encontrado al borde del pozo con el Señor para hacer experiencia junto a Él del agua viva y de haberle encontrado al borde del camino en medio de nuestras cegueras donde se nos ha devuelto a la gracia. Hoy, Betania es el lugar del encuentro con el Señor, porque la muerte no puede vencer la luz, porque el dolor acontece como el paso de Dios en medio de nuestra propia historia para darle mayor plenitud a nuestra vida, porque el Maestro también llora y ama a sus amigos; de ahí que la manifestación de la fe sea visibilizada con la resurrección de Lázaro, quien había muerto y ya había sido enterrado. Betania es el lugar de encuentro de este tiempo de preparación antes de celebrar el misterio del Triduo Pascual. Lázaro es el signo de un misterio que acontecerá en Jerusalén y que representa el poder absoluto de Jesús sobre la muerte y el pecado, anticipando su propia resurrección. De la hermana de Lázaro –María–, el autor sagrado nos recuerda que ella era la que había ungido el carísimo perfume en los pies de Jesús. La muerte de Lázaro se convierte en una ocasión de dolor que viven Marta y María, las hermanas de Lázaro, para manifestar su gloria, para que cuando Él resucite los creyentes tengan la esperanza puesta en Dios, autor de la vida y vencedor de la muerte. Los sentimientos colocados por el autor en los personajes principales son muy humanos. No solo lloran María y Marta, las hermanas de Lázaro, sino que también llora Jesús ante la muerte de su amigo porque Él se siente el sufrimiento humano y lo asume como suyo haciéndolo cercano. Pero a la vez, su condición divina como enviado del Padre y la acción portentosa de resucitar a su amigo Lázaro, manifiestan su gloria y su poder.

Reflexionemos:

Betania es el lugar del encuentro de quien ama, de quien experimenta el dolor, de quien cree. ¿Cuál puede ser la Betania de mi vida y mi existencia?

Oremos:

Señor Jesús, aumente mi fe, para vivir el dolor y la muerte no como sufrimientos, sino como pasos necesarios para vivir contigo eternamente en un gozo que no acabará nunca. Te pido que estos días que nos preparan para vivir contigo el Misterio Pascual, me ayuden a continuar mi vida a tu lado, escuchando tu llamada de la muerte a la vida; comprendiendo qué me ata y no me deja caminar hacia ti. Como Marta y María, abro mi corazón para que llegues a mi vida, te hospedes en Él y allí te quedes para siempre. Amén.

Actuemos:

¿Cuáles han sido los sentimientos y las reacciones que he vivido ante el dolor y la muerte que he experimentado con mis seres queridos?

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“¿Es que de Galilea va a venir el Mesías?”
(Jn 7, 40-53)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

La liturgia de la Palabra de la cuarta semana de Cuaresma finaliza con la narración del Evangelista Juan que acentúa la identidad de Jesús para la gente. Para algunos, Jesús es un profeta, además, escuchando sus enseñanzas han percibido su relación con el profetismo judío; para otros, Jesús es el Mesías porque también esperaban la liberación del pueblo de Israel y el cumplimiento de las promesas mesiánicas, Jesús, por la forma de su predicación, era quien podía encarnar esta figura. Sin embargo, para otros les resulta desconcertante identificar a Jesús como Mesías por sus raíces, porque tenían claro que el Mesías sería descendiente del rey David. Todas las enseñanzas que Jesús realizó como profeta y como Mesías tuvieron entre los suyos una acogida que causó una dura confrontación; de ahí, el deseo de prenderlo. Pero esto no le competía al pueblo sino a los sumos sacerdotes. Incluso estos reconocían en Jesús a un hombre admirable, especialmente por su forma de hablar con sabiduría. Entre ellos mismos decían: “Jamás ha hablado nadie como ese hombre”. De fondo, para el mundo judío desde la corriente farisea, Jesús ha colocado en entredicho la esencia de la ley que buscaba rigurosamente su cumplimento en torno al templo y la tradición sacerdotal. Nicodemo, quien irá al encuentro de Jesús en una noche, lo admira por sus palabras y acciones. Tal vez el fariseísmo no le permite confesar abiertamente su adhesión a esta corriente, pero su corazón ha sintonizado ya con el de Jesús. Los judíos se oponen a Cristo, a sus enseñanzas, y se ofuscan a las prescripciones que seguían muy al pie de la letra. Nicodemo los exhorta a que interroguen a Jesús y a conocerlo primero antes de despreciarlo completamente. Nicodemo cree y los quiere iluminar: los invita y los dirige hacia la luz de la verdad que es Jesús esperando que se provoque en ellos, como le sucedió a él, un nuevo nacimiento.

Reflexionemos:

En el camino de nuestra vida cristiana, ¿colocamos el acento de nuestras vivencias sobre el cumplimiento de las prácticas y ritos o sobre la persona de Jesús?

Oremos:

Señor Jesús, la Palabra me revela el camino de tus acciones; permite que mi corazón se enamore de ti. Haz que mi vida cristiana sea una verdadera escuela de discipulado, para que con mi propio testimonio de vida, muchos lleguen a ti. Enséñame a ser un testigo de tu mensaje de amor en medio de quienes me rodean. Amén.

Actuemos:

La persona de Jesús había tocado hace mucho tiempo el corazón de Nicodemo, pero las realidades personales, familiares y de su propio entorno social, político y religioso no le permitían confesar y profesar su fe al Maestro coherentemente. Por tanto, ¿vivo en mi camino de discipulado la experiencia de Nicodemo?

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“Intentaban agarrarlo, pero todavía no había llegado su hora”
(Jn 7, 1-2. 10. 25-30)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Hay expresiones de la sabiduría popular que afirman que “nadie muere el día anterior sino el día que es”. Así parece haberle sucedido a Jesús que no murió antes por más que intentaron despeñarlo, echarle mano o matarlo como sucede en el Evangelio de hoy, “porque los judíos trataban de matarlo”. Pero, aun así, permanecía en Galilea. El evangelista Juan narra cómo Jesús participaba de las celebraciones propias de su pueblo, sin embargo, ya no las frecuentaba de manera pública precisamente porque en ellas corría el riesgo de morir. La fiesta de las tiendas era una de las celebraciones principales del pueblo judío que se celebraba en Jerusalén, así como la Pascua. De ahí, que el pueblo judío creyente subiera hasta Jerusalén para manifestar y expresar, en memoria agradecida, la forma como Dios había conducido a su pueblo a través del desierto y cómo en ese largo caminar de cuarenta años había sido bendecido con el alimento y las tiendas. En medio de estas grandes celebraciones Jesús, quien asiste a escondidas, es plenamente reconocido porque a su paso se encuentra enseñando en el entorno del templo. En medio de la predicación y de la admiración del pueblo frente al mensaje que predica el Señor, la identidad de Jesús causa confusión en medio de los líderes religiosos, quienes esperaban a un Mesías político. El destino de Jesús está claramente definido; de ahí que en su mensaje Él mismo presente con claridad su identidad: “A mí me conocen, y conocen de dónde vengo”. La prolongada celebración de la fiesta, extendida por siete días, atraía cantidad de visitantes y esto despertaba interés en “agarrarlo”; sin embargo, la hora de Dios prevalecerá por encima de los designios humanos y por más que se desee humanamente, “nadie puede echar mano” porque la hora de Dios tiene el tiempo perfecto para actuar y salvar, para sanar y curar. No es el hombre el que define el destino de la humanidad ni el final de las personas, sino únicamente Dios. En síntesis, este pasaje resalta la tensión creciente entre la verdad de Jesús y la ceguera de sus opositores, subrayando que la vida de Jesús sigue un plan divino, no humano.

Reflexionemos:

¿Qué experiencias me han llevado a percibir en mi camino de vida cristiana que es preciso esperar el tiempo de Dios? Del tiempo de Dios, ¿qué he logrado aprender pedagógicamente para cumplir su voluntad?

Oremos:

Señor Jesús, tú que subes en silencio al lugar de la celebración, concédeme la gracia de discernir la voluntad de Dios en mi vida y enséñame a esperarla con paciencia. Dame tu gracia para poder dejar a un lado todo lo que pueda distraerme para llegar a contemplarte y reconocerte. Amén.

Actuemos:

Hago memoria de un acontecimiento en que sea preciso reconocer la hora de Dios y no la mía. Describo las situaciones que vivía en ese momento y cómo Dios actuó y fue conduciendo todo. ¿Qué experimento ahora?

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