El Evangelio de hoy nos confronta con una verdad dura: la fidelidad a Dios tiene un precio. Juan Bautista no se vende, no negocia la verdad, no adapta el Evangelio para caer bien. Su voz es incómoda porque revela la incoherencia de Herodes que, aunque escucha a Juan con gusto, nunca decide cambiar. Herodes es la imagen de quien sabe lo que es correcto, pero se deja arrastrar por el ambiente, por la opinión ajena, por los impulsos y por el miedo al “qué dirán”. También hoy el mundo ofrece “banquetes” donde la conciencia se adormece, donde se actúa por presión social, donde se toman decisiones que afectan vidas para no quedar mal. Cuántas veces, por agradar a otros, descuidamos lo que Dios nos pide. La muerte de Juan no es un fracaso: es un testimonio. Anuncia que la verdad vale más que la comodidad, que la libertad interior es más grande que cualquier trono, y que el profeta no vive para sí mismo, sino para Dios. Este evangelio nos invita a revisar si vivimos con convicciones firmes o si vamos cediendo poco a poco. Jesús nos llama a ser luz en ambientes donde reina la confusión, a ser voz donde otros callan, a ser fieles incluso cuando cuesta. El Reino se construye con personas que no intercambian la verdad por aplausos. Juan no perdió la vida; la entregó. Y quien entrega su vida a Dios nunca la pierde. Hay verdades que duelen, pero liberan. El temor a quedar mal puede apagar la voz de Dios en nosotros. La fidelidad cuesta, pero la infidelidad cuesta más al corazón. Juan Bautista nos enseña a vivir sin doblez ni miedo. La verdadera libertad es hacer lo correcto delante de Dios.
¿En qué situaciones me comporto como Herodes, sabiendo lo correcto, pero sin decidirme? ¿Qué verdad debo abrazar con valentía, aunque incomode? ¿Qué voces externas me están alejando de aquello que Dios me pide hoy?
Danos valentía, Señor, para defender la verdad. Danos la capacidad de permanecer firmes en nuestras convicciones y no dejarnos doblegar por otros intereses diferentes a los tuyos. Amén.
Ser honestos siempre, aunque nos cueste trabajo.
Seguir la verdad tiene un costo, pero da libertad interior.

Jesús llama a los Doce y los envía de dos en dos, confiando en ellos más de lo que ellos mismos confían en sí. No los carga de cosas, porque quiere que aprendan a depender de Dios y no de seguridades humanas. Les pide salir ligeros, con el corazón libre y la fe despierta. Así también hoy nos envía a nosotros, en medio de nuestras familias, comunidades y realidades concretas. Nos envía tal como somos, con fragilidades, pero con una palabra que sana y levanta. El bastón es la fe que sostiene el camino, y la sandalia la disponibilidad para caminar. Jesús nos recuerda que no siempre seremos acogidos, y eso no debe apagar nuestra esperanza. Sacudir el polvo es no cargar rencores ni frustraciones en el corazón. El anuncio del Reino comienza con la conversión, empezando por la propia vida. Ungir con aceite es acercarse al dolor del otro con ternura y compasión. Dios sigue obrando a través de manos sencillas y corazones disponibles. Esta palabra nos invita a salir de la comodidad y confiar más en Él. Hoy el Señor nos envía: ¿estamos dispuestos a caminar con lo esencial? Dios actúa más cuando soltamos nuestras seguridades. La misión se vive mejor en comunidad que en soledad. El rechazo no detiene a quien sabe de quién viene su envío. La pobreza evangélica abre camino a milagros que la riqueza no permite. El que se pone en camino con Jesús lleva la fuerza del Reino en sus manos.
¿Qué seguridad humana me está impidiendo caminar más libremente con Jesús? ¿A qué misión concreta me está enviando hoy el Señor? ¿Cómo puedo anunciar a Cristo con más sencillez y más confianza?
Padre bueno, ayúdame a confiar más en tu providencia, a desprenderme de todo aquello que me ata a personas, comodidades, posiciones, lugares, para aprender a caminar solo con aquello que es realmente esencial. Amén.
"Vayan de dos en dos"
El testigo de Jesús viaja ligero para que brille el mensaje, no él.

Este evangelio es una radiografía del corazón humano: Jesús llega a su propio pueblo, el lugar donde debería sentirse acogido, y es precisamente allí donde encuentra rechazo. Los suyos creen conocerlo demasiado, y esa falsa seguridad les impide abrirse a lo nuevo de Dios. Les cuesta aceptar que Dios pueda hablar a través de lo cotidiano, de alguien simple, sin apariencias de grandeza. Cuántas veces también nosotros limitamos a Jesús porque lo reducimos a una idea, a un recuerdo, a lo que creemos saber de Él. No le permitimos sorprendernos, actuar en lo inesperado, manifestarse donde no lo imaginábamos. La incredulidad de Nazaret nos cuestiona: ¿cuántas bendiciones se frenan en nuestra vida por falta de apertura, por prejuicios, por miedo a que Dios intervenga de maneras distintas a nuestras expectativas? Jesús quiere obrar, pero necesita un corazón dispuesto. Él no fuerza la puerta; respeta nuestra libertad, incluso cuando le cerramos el paso. Hoy la Palabra nos invita a reconocer que la fe no es sentir, ni entenderlo todo, sino abrir espacio al Dios que actúa donde menos pensamos. A veces el milagro no llega porque no le dejamos entrar. Y Jesús sigue recorriendo nuestras “Nazarets”, esperando que un día lo miremos sin prejuicios y con un corazón capaz de creer. La familiaridad puede volvernos ciegos a la presencia de Dios. El mayor obstáculo para el milagro no es el pecado, sino la incredulidad. Jesús pasa por nuestra vida, pero no siempre lo reconocemos. La fe abre ventanas donde el miedo cierra puertas. Creer es dejar que Dios sea Dios, no limitarlo a nuestras ideas.
¿Qué prejuicio o temor me impide reconocer a Jesús en mi realidad cotidiana?¿En qué aspecto de mi vida necesito abrirme más para que Él pueda actuar?¿Estoy dispuesto a dejar que Dios me sorprenda fuera de mis esquemas?
Señor Jesús, quita los prejuicios de mi corazón y enséñame a creer que tu caminas siempre a mi lado, me fortaleces y sustentas a cada momento con tu gracia. Amén.
"Nadie es profeta en su tierra."
La falta de fe bloquea la acción de Dios en nuestra vida cotidiana.

Hoy dos historias que se encuentran: la desesperación de un padre y el dolor silencioso de una mujer descartada por la sociedad. Ambos llegan a Jesús desde su límite. El beato Santiago Alberione nos dice: “Quien se abandona en Dios no queda sin respuesta; quizás no como esperaba, pero siempre mejor de lo que imaginaba”. Esta palabra toca nuestra realidad actual: personas agotadas por problemas familiares, enfermedades que se alargan, heridas que nadie ve. Jesús no pasa de largo; se detiene, escucha, mira, toca. A la mujer le devuelve dignidad; a Jairo le devuelve esperanza; a la niña le devuelve la vida. Hoy Jesús también quiere decirnos: “No tengas miedo. Toma mi mano. Déjame entrar en tu casa, en tu historia, en lo que crees que ya no tiene remedio”. Su presencia no siempre evita la cruz, pero siempre da vida dentro de ella. Todos tenemos heridas escondidas como la mujer del Evangelio. Todos cargamos miedos como Jairo cuando escucha: “Tu hija ha muerto.” La fe no elimina el dolor, pero abre un camino donde parecía no haber salida. Jesús se acerca a aquello que creemos perdido y vuelve a pronunciar: “Levántate”. Solo quien se deja tocar por Cristo puede volver a empezar.
¿Qué situación de mi vida necesita hoy que Jesús me diga: “¿No temas, basta que tengas fe”? ¿Qué herida llevo escondida que Jesús quiere sanar si me acerco a Él con confianza?
Señor Jesús, aumenta mi confianza cuando me sienta perdido. Te abro hoy las puertas de mi corazón para que vengas, habites en ella y la llenes con tu presencia misericordiosa. Amén.
"No temas, basta que tengas fe."
La fe es el puente que permite los milagros de Dios.

Hoy contemplamos a María y a José presentando a Jesús en el templo, un gesto humilde, obediente y lleno de fe. Simeón y Ana representan a quienes esperan con paciencia los tiempos de Dios. El padre Alberione nos recuerda: “Dios actúa en lo escondido; quien sabe esperar en Él verá su luz”. En un mundo que exige resultados inmediatos, la fiesta de la Presentación del Señor nos invita a la fidelidad silenciosa. María ofrece al Hijo, Simeón reconoce la salvación en un niño, Ana anuncia lo que ve en la oración. Tres caminos complementarios: disponibilidad, discernimiento y anuncio. La luz de Cristo entra en lo cotidiano cuando lo entregamos todo sin reservas, como ellos. La verdadera esperanza permanece firme incluso cuando parece que nada sucede. Dios trabaja en los pliegues de nuestra historia, sin estruendo ni espectáculo. La fe madura con la paciencia, el silencio y la entrega. Simeón y Ana nos enseñan que el corazón que ora reconoce a Jesús cuando llega. Presentar nuestra vida al Padre es el camino hacia la paz profunda.
¿Qué puedo ofrendar hoy a Dios como María ofreció a Jesús? ¿Qué espacios de mi vida necesitan más oración para aprender a esperar como Simeón y Ana? ¿Qué luz de Dios estoy llamado a reconocer y a custodiar en silencio?
Señor Jesús que como Simeón y Ana reconozca siempre tu luz en mi vida. Ayúdame a reservar mayores espacios de mi jornada para encontrarme a solas contigo y darte mayor cabida en mi corazón. Amén.
Dar gracias a Dios por el don de la propia vida y de la familia.
Jesús es la luz que ilumina toda oscuridad humana.

Las bienaventuranzas son el corazón del Evangelio y la “nueva lógica” del Reino. Jesús no promete una vida sin cruces, pero sí una felicidad profunda para quienes viven desde Dios. El Padre Alberione decía: “La verdadera felicidad está en hacer la voluntad de Dios, aun cuando cueste; la paz nace de un corazón que se entrega totalmente al Señor” (Alberione, Meditaciones para religiosos, cap. 12). Hoy, en medio del ruido, la prisa y la búsqueda de reconocimiento, Jesús nos propone un camino distinto: humildad, mansedumbre, justicia, pureza, misericordia. No es un ideal lejano; es la forma concreta de vivir el Evangelio en lo pequeño. En cada bienaventuranza, el maestro nos recuerda que la grandeza no está en sobresalir, sino en amar. Y que su mirada sostiene nuestra fidelidad diaria, incluso cuando es silenciosa. Las bienaventuranzas nos devuelven al centro: vivir desde Dios y no desde el ego. Nos invitan a dejar las máscaras y dejar que Él forme nuestro corazón. Son un mapa para caminar en un mundo que busca poder y éxito. Jesús nos muestra que la verdadera fuerza está en la mansedumbre y la misericordia. La felicidad cristiana nace de la fidelidad, no de las circunstancias.
¿Qué bienaventuranza necesito abrazar hoy con más decisión? ¿En qué realidades me invita Jesús a ser manso, justo o misericordioso? ¿Estoy buscando la felicidad en Dios o en aquello que pasa afuera?
Señor, danos un corazón sencillo y misericordioso. Ayúdanos a encontrar la verdadera felicidad en tu amor y no en las cosas del mundo. Amén.
“El último es el primero y el humilde es el dichoso."
Jesús da la vuelta a los valores del mundo: nos enseña que la verdadera dicha no está en el poder o la riqueza, sino en la humildad, la limpieza de corazón y la capacidad de sufrir con esperanza. Las Bienaventuranzas son el "mapa" para vivir como ciudadanos del Reino de Dios desde hoy mismo.

Después de una intensa jornada, Jesús dijo a sus discípulos vamos a la otra orilla, despidieron a la gente y se embarcaron. Mientras iban se desató una fuerte tempestad y Jesús dormía. Los discípulos lo despertaron gritando ¿No te importa que nos hundamos? Jesús se levantó, ordenó al viento y al mar que se callaran y vino una gran calma. Luego se dirigió a ellos diciendo: “¿Por qué están tan asustados? ¿un no tienen fe?”. Y ellos llenos de asombro se preguntaban quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen? Lo primero que Jesús nos asegura hoy es que Él está viajando con nosotros en la barca de la vida, y aunque a menudo nos parezca ausente, siempre nos acompaña en medio de nuestras crisis, y tiene poder para calmarlas. El grito de los discípulos nos dejan ver los miedos y las dudas que nos asechan en la vida cuando enfrentamos dificultades y problemas pensando que Dios nos ha abandonado. Pero la respuesta de Jesús "¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?" nos invita a fortalecer nuestra confianza en Él, incluso cuando no entendamos aquello que nos sucede. La fe no elimina el sufrimiento, sino que nos permite mantener la calma con la certeza de que nunca estamos solos: Jesús Resucitado habita en nuestro corazón y camina a nuestro lado.
¿Cómo me siento cuando mi fe es puesta a prueba con dificultades y sufrimientos? ¿Es más fuerte mi desánimo y tristeza, que mi fe y mi fortaleza?
Gracias Jesús, porque nos acompañas en todos los momentos de nuestra existencia. Con tu amor transformador habitas resucitado en nuestro corazón. ¡Aumenta nuestra débil fe! Amén.
Cuando me encuentre en problemas y dificultades, voy a recordar que Jesús Resucitado habita en mi corazón con su amor y poder transformador.
Ellos, llenos de temor, se preguntaban entre sí: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”.
El sueño de Jesús nos muestra su confianza en Dios Padre, incluso en medio de la crisis, y nos enseña a confiar en Él, y no a acusarlo cuando nos parece ausente. Al reprender el viento y el mar, Jesús revela su autoridad sobre la creación, generando asombro y la pregunta fundamental: que siempre hemos de hacernos ante Él: "¿Quién es este?" (José Antonio Pagola).

Hemos escuchado en el Evangelio dos parábolas con las cuales Jesús compara el Reino de Dios: Vamos a detenernos en la primera que nos muestra a un campesino que siembra la semilla y sea que él duerma, o se levante, de noche o de día, la semilla brota y crece, ella sola, sin que él sepa cómo. La tierra produce por sí misma. Con esta parábola Jesús nos deja claro que el crecimiento y la fecundidad no dependen del esfuerzo humano, pues Él sabe muy bien que la ley fundamental del crecimiento no es el trabajo, sino la acogida de la vida que vamos recibiendo de Dios. Necesitamos liberarnos de esa agobiante lógica de la eficacia y aprender a descubrir aquello que hay de regalo en nuestra existencia para que nuestro corazón se despierte al agradecimiento y una vida serena y jovial. Necesitamos volver a esa hermosa costumbre de dar gracias por todo lo que nos es dado, sobre todo por las personas que Dios pone a nuestro lado, dejarnos sorprender por lo nos es dado cada día y bendecir a Dios, fuente de todo lo bueno hermoso que hay en este mundo.
¿Reconozco que la fecundidad de nuestra vida depende de Dios y no de nuestro esfuerzo? ¿Sé reconocer lo bello de la vida y dar las gracias?
Señor Jesús, gracias por tu Palabra que orienta nuestra vida. Enséñanos a acoger con gratitud los regalos que nos das a cada paso, porque a través de ellos estás buscando nuestro bien. Amén.
Estaré hoy muy atento para reconocer las cosas bellas que Dios a va sembrando en mi camino.
El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga.
El Reino de Dios es una fuerza interna que se desarrolla por sí misma, independientemente de la acción humana constante. Dios es quien la hace crecer; comienza pequeño, casi insignificante, pero su potencial es enorme y terminará abarcando y dando refugio a todos (Papa Francisco).

Jesús nos da hoy varias enseñanzas que tocan profundamente nuestra vida. La primera enseñanza es esta, una lámpara que se pone en un candelero, no debajo de un cajón o de una cama. La luz divina que llevamos dentro y los dones que Dios nos da día tras día no son para acumularlos o esconderlos, sino para compartirlos haciendo que su Reino sea visible para todos. Si nos guardamos la luz que Dios nos ha dado, nos será quitada; si la compartimos crecerá y recibiremos más. Otra es: "Con la medida que midan, se les medirá a ustedes". El Señor quiere dejar claro que la comprensión y la misericordia que tengamos con los demás, será la medida de la misericordia que Dios tendrá con nosotros. Y añade: “Todo lo que está escondido saldrá a la luz”. Esta frase puede referirse al juicio que Dios nos hará al final de nuestra vida; pero expresa también el empeño que cada uno ha de poner para que sus acciones y actitudes sean el reflejo de la vida divina que llevamos dentro.
¿Cómo resuenan en mi corazón estas enseñanzas de Jesús? ¿Me ayudan a tomar más en serio mi vida cristiana para ser verdadero testigo del Señor? ¿A que quiero comprometerme hoy?
Señor Jesús, tus enseñanzas de hoy me invitan a una profunda conversión y quiero responder a tu llamado, pero me siento frágil e inconstante. Dame tu Santo Espíritu para que pueda cumplir aquello que me pides. Amén.
Hoy quiero prepararme a una sincera confesión y buscar el sacramento, para recomenzar mi vida espiritual como Dios espera de mí.
Les decía también: “Estén atentos a lo que escuchan. Con la medida con que midan, se les medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”.
Nada hay oculto que no salga a la luz: esta palabra de Jesús es un llamado a la transparencia absoluta. En un mundo lleno de apariencias; el Reino de Dios es una realidad que "toca nuestro corazón" y revela lo que verdaderamente somos. El cristiano no puede vivir el Evangelio en secreto; su vida debe ser una luz que ayude a otros a ver un camino más humano y dichoso (José Antonio Pagola)

Es hermoso ver como Dios esparce la semilla de su amor en abundancia y en toda clase de terrenos. Dependerá de cómo la acogemos en nuestro corazón para que dé sus frutos. El evangelio nos presenta cuatro clases de terrenos donde Dios con amor siembra su Palabra. El camino, dónde la Palabra es acogida con alegría, pero como queda en la superficie no echa raíces en el corazón. El terreno pedregoso, es quien acoge la Palabra con alegría, pero en los momentos de tribulación se olvida de ella y sucumbe. Los abrojos representan a quienes acogen la Palabra con amor, después se dejan atraer por los placeres que les ofrece el mundo que ahogan la Palabra y queda infecunda. El buen terreno es quien escucha atentamente la Palabra, la comprende, la acoge con amor y la cultiva; en este la Palabra de Dios dará frutos abundantes. Con esta parábola Jesús nos exhorta a ser terrenos fértiles viviendo activamente nuestra fe, escuchándola, comprendiéndola y siendo dóciles al Espíritu que nos ayudará a ponerla en práctica.
¿Siento que la Palabra de Dios es importante para mí? ¿La conozco, la escucho y acojo con amor? ¿Con cuál de estos terrenos me identifico? ¿Que siento que me pide el Señor?
Señor Jesús, dame un corazón que sepa escuchar tu Palabra. Hazme dócil a tu Santo Espíritu, para que pueda amarla y escucharla con el corazón y produzca los frutos que tú esperas de mí. Amén.
Quiero darle más importancia a la Palabra de Dios, invocar al Espíritu Santo para meditarla con amor y permitirle que penetre en mi corazón y trasforme poco a poco mi vida.
Explicando la parábola del sembrador el Papa Francisco nos anima a ser esa "tierra buena" que acoge, comprende y hace fructificar la Palabra de Dios en medio de las dificultades diarias, con la ayuda del Espíritu Santo. Nos exhorta además a ser sembradores de bien en la vida diaria, dedicando tiempo a la fe, con paciencia, sabiendo que Dios hará crecer la semilla.


