Continuamos la meditación del día de ayer, donde vemos a Jesús explicando a los discípulos el sentido de la parábola, pues en adelante serán ellos, cuando Él no esté, quienes continuarán su enseñanza. Bienaventurados si acogiendo el mensaje somos en primer lugar, campo donde las semillas del reino crecen y dan frutos para todos aquellos que nos encontremos por los caminos de la humanidad. Si la palabra de Jesús no se traduce en hechos concretos de vida, en el compromiso consciente de la fe, sencillamente no somos sus discípulos; esto es lo que se espera de nosotros, ya que no se trata de una producción en masa, de una carrera al que más haga, se trata de dar el máximo amor de aquello que somos: “ciento, sesenta o treinta”, porque lo realmente importante es dar frutos duraderos que puedan alimentar la propia vida y la de los demás. El vínculo que establecemos con el Señor, es directamente proporcional a la relación que vivimos con los demás; lo nuestro es no dejar pasar ningún terreno por difícil que parezca; al fin y al cabo, es el don de Dios desde la potencia de su pequeñez que actúa aún en lo estéril y agreste del mundo; por tanto, estamos llamados a sembrar aquello que alimenten la humanidad de todos y qué mejor, que la semilla de la palabra que brota de Jesús y se traduce en esperanza y certeza.
¿Qué frutos concretos de vida, han germinado desde mi experiencia de fe?
Espíritu Santo, que concedes sabiduría y discernimiento a quienes con sencillo corazón se disponen de corazón a escuchar la Palabra de Dios, ven a estos lugares de la vida que precisan de tu santa presencia, para que despiertos a tu voz, y en medio de nuestras cotidianas esterilidades, renazcan siempre la esperanza y la alegría de vivir. Amén.
El verdadero compromiso cristiano no es solo un entusiasmo pasajero, sino una actitud de perseverancia, profundidad y coherencia de vida para dar fruto a largo plazo.
“Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno” (Mt 13, 23).
Dios ofrece su mensaje a todos por igual, pero el impacto real se determina por cómo cada individuo escucha, comprende y retiene esa verdad.

En medio de la enseñanza sobre el reino de los cielos a tantos que le escuchan, surge la pregunta de los discípulos: ¿Por qué el uso de las parábolas? La respuesta del Maestro va más allá de hacerles sentir que son un grupo selecto privilegiado, apuntando a la responsabilidad que tienen ante el seguimiento; ser discípulos del reino exige aprender a “oír y entender” que es equivalente a “ver y oír”; esto no es opcional, sino requisito fundamental, porque lo que está en juego es el comprender la relación estrecha de esta dinámica con dar frutos y en esa medida, no convertirse en falsos profetas; es por ello que les recuerda: “muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”. El Evangelio nos pone de frente a los planes ocultos de Dios: “Al que tiene se le dará y tendrá de sobra y el que no tiene se le quitará hasta lo que no tiene”. El Señor hoy nos sitúa una vez más en la lógica de la acogida de su Palabra; no somos los poseedores del reino, seremos bienaventurados en la medida que lo acogemos y compartimos; si no, nos convertiremos en idealistas (falsos profetas) que no hacemos nada. He ahí la bienaventuranza del discípulo: “Oír y entender”. Quien acoge al Hijo en su vida tendrá la posibilidad de encontrar el don del reino a tal punto de dar y convidar, caso contrario quienes se niegan a dejarlo entrar en sus vidas; ya conocemos las consecuencias: el embotamiento que surge cuando llenamos la existencia de tantas cosas, apegos y afanes que impiden la acción sanadora y liberadora de la Palabra encarnada. Los discípulos del reino serán aquellos quienes vean el rostro y escuchen la voz del Padre en la pequeñez de Jesús y los hermanos.
¿Cómo entiendo mi relación con Jesús?
Espíritu Santo, te pedimos que vengas a transformar nuestro interior. Sana cualquier dureza, distracción o incredulidad que nos impida reconocer tu voz. Despeja nuestra mente y quita las vendas de nuestros ojos para que, en medio de nuestras rutinas podamos descubrir tu presencia viva y amorosa. Amén.
Comprometámonos a poner en práctica la Palabra para que el regalo de la fe crezca y se multiplique.
“Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron” (Mt 13, 17).
El entendimiento del reino de Dios depende directamente de la disposición y apertura del corazón de cada persona.

La fiesta de santa María Magdalena nos recuerda el papel fundamental de las mujeres durante el ministerio de Jesús y en las primeras comunidades cristianas; así como el hecho de rescatar la imagen correcta de María de Magdala en la tradición de la Iglesia. Ella es la imagen bellísima de aquello que como fruto de la acogida y escucha del misterio del reino brota del corazón en el que ha germinado la Palabra del Padre: Jesús el Señor. En ella podemos percibir toda la experiencia de profunda transformación, abundante y generosa que acontece en quien, enamorado, recorre los caminos de la vida buscando el sentido de este amor y cuando lo encuentra, lo atesora: “encontré al amor de mi alma. Lo agarre y no lo soltaré”. Así como canta la enamorada del Cantar de los Cantares, porque precisamente es este quien nos engendra. Hoy esta experiencia cobra rostro concreto en una mujer maravillosamente apasionada y por qué no, en cada uno de nosotros. Mujer que llora la pérdida de quien, al hallarla fragmentada, logró integrarla en cada una de sus dimensiones. Según el Evangelio de Lucas de ella salieron siete demonios. Y es que solo pensar en quedar nuevamente desprotegida hace que corra al sepulcro y llore desconsoladamente. Con María aprendemos que una vez madurada la experiencia del reino en Jesús, tendremos quien se ocupe del motivo de nuestras lágrimas: “porque lloras?, ¿a quién buscas?”. Aprendemos que una vez la semilla del amor germina en cada uno, entonces debemos dar paso al misterio que en ella se encierra; aprenderemos a soltar aquello que nos ata al pasado para abrirnos a la alegría de la vida nueva.
¿Cuál es el motivo de nuestro llanto? ¿Me dejo encontrar por Jesús, acompañando el dolor de quienes tengo cerca?
Espíritu Santo, en tu presencia las sendas de nuestra vida son más fáciles de recorrer; cuando pronuncias la Palabra de vida, renuevas todo aquello que hace lento nuestro caminar. Tú que conduces los caminos de la existencia, ven y llévanos al encuentro con el amor que sana, fecunda y trasforma. Amén.
Comuniquemos activamente la resurrección; pasar de la experiencia de fe personal al testimonio público como lo hizo María Magdalena.
Jesús le dijo: “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes” (Jn 20, 17).
El amor y la búsqueda sincera transforman el dolor en alegría, revelando que experimentar a Jesús vivo nos convierte en misioneros de la Buena Nueva.

Es natural que al escuchar decir en el versículo 22 de este capítulo 12 que su hijo estaba endemoniado, su madre y familiares decidiera ir por él, pues en el contexto del clan familiar lo que afecta a un miembro afectaba a todos, y ya sabemos lo que pasaba cuando a alguien se le señalaba de tal manera en el tiempo y contexto de Jesús; esto nos habla a su vez del proceso que también María como discípula tuvo que vivir; porque en adelante el ser parte de la familia de Jesús y de los valores del reino va más allá de los lazos de sangre. En este sentido, se nos recuerda que nuestra experiencia de fe determina los vínculos que vivimos con el Señor y con los hermanos, pues ahora nos unen lazos de vida; la sabia divina que nos habita y engendra en la escucha de la Palabra. Entendemos la actitud de Jesús con quienes comparte familiaridad; ahora, su madre y hermanos deberán relacionarse desde esta nueva manera de tejer comunidad y familia para poder entrar en la dinámica de la voluntad del Padre, pues el texto insiste que ellos “están fuera y lo mandan llamar” como quienes tienen autoridad sobre Él, lo cual nos indica que no han entendido o menos aún, han aceptado su ministerio; luego aparece el gesto de Jesús como respuesta: “señalando a sus discípulos” que están con él. Si queremos ser parte de esta nueva familia, esta actitud de escucha es fundamental para entrar en la dinámica de vida que nos propone Jesús: el reino y su misterio divino; si nosotros queremos ser parte del reino de Dios, lo que se nos pide es entrar en esta dinámica de acogida y escucha de su mensaje, de su persona a ejemplo de María: ella es la discípula siempre fiel que permanece de pie firme al pie de la cruz.
¿Qué me impide entrar y hacer de la familia de discípulos de Jesús?
Espíritu Santo, danos un corazón dócil, como el de María, para guardar las enseñanzas de Jesús y ponerlas en práctica en nuestra vida diaria. Ayúdanos a mirar a quienes nos rodean con tu luz, reconociendo en cada prójimo a nuestro hermano; que nuestro actuar refleje el amor que nos tienes. Amén.
No basta con escuchar o conocer la Palabra; el compromiso exige poner en práctica esa palabra divina de manera cotidiana y completa.
“Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12, 50).
Jesús redefinió el concepto de familia al declarar que todo aquel que cumple la voluntad de Dios se convierte en su verdadero hermano, hermana y madre.

Ante la presencia de Jesús como mensajero y signo del reino que transforma la vida por donde pasa, se encuentra con quienes ante lo evidente prefieren apegarse a su imagen deformada de Dios justificada por sus formas, antes que acoger a la novedad inesperada del misterio que en el Hijo se nos revela. El signo por excelencia de la acción de Dios para con nosotros es la resurrección de Jesús, y este acontecimiento debe ser la convicción profunda de nuestra fe cristiana; pero no todos han estado o están dispuestos a acogerlo como tal; por eso, el mismo Jesús en un primer momento ante la petición de los fariseos les desenmascara: “generación perversa y adúltera” es decir, generación que actúa conscientemente con doblez, que son desleales y con intención de hacer mal; y, en segundo lugar, les recuerda con ejemplos que ellos son peores que los pueblos paganos, pues algunos de estos que no vieron, solo escucharon y les bastó para disponerse y abrir el corazón a la presencia de Dios. En este sentido, conversión y escucha son los frutos del reino acogido y sembrado en el corazón humano. Para las primeras comunidades cristianas, la proclamación de la resurrección como culmen de la fe, trajo consigo persecuciones y señalamientos de todo tipo que no opacaron ni menguaron la alegría de la proclamación. La exhortación es bastante clara: depuremos nuestras “comprensiones de Dios”, aquellas que están fundadas en nuestros propios intereses, donde Dios es como un dispensador de aquello que queremos, de un Dios formado a nuestra medida y al que se puede conseguir en cualquier estante según nuestras necesidades y que se puede desechar o reemplazar cuando ya no lo necesitamos.
¿Qué sustenta mi fe en Jesús?
Espíritu Santo, ven y comunícanos los dones del Padre a través de la Palabra encarnada, para que, acogiéndolos con gozo, podamos dar sinceros pasos de conversión, haciendo de nuestra vida signo creíble de su presencia entre nosotros. Amén.
Reconozcamos la presencia de Dios en el presente en lugar de exigir pruebas espectaculares. Jesús desafía la incredulidad pidiéndonos una fe auténtica que impulse al cambio de vida.
Él les respondió: “Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás” (Mt 12, 39).
Jesús reprende a los fariseos por exigir milagros espectaculares para creer en Él. Les advierte que no recibirán otra señal que la señal de Jonás (su muerte y resurrección) y declara que los paganos de Nínive y la reina de Saba los condenarán en el juicio final.

Situados en el versículo 24 del capítulo 13 encontramos un relato particular: Jesús inicia su enseñanza del reino de los cielos con una parábola y en ella utiliza dos más en el centro de su contenido para ejemplificar y finalizar el relato explicando la narración con la que inició. En ese sentido, la intencionalidad es explicarnos la lógica del misterio de Dios. En primer lugar, nos recuerda que todo comienza poco a poco y de la disposición de la persona y sus decisiones, pues el juicio (separar la cizaña del trigo) en el terreno del reino le corresponde solo a Dios; ahora bien, ¿qué nos corresponde a nosotros? Es aquí donde entran las parábolas (mostaza y levadura) con algo en común: ambas nos hablan de confianza y esperanza, de la potencia y capacidad del reino para producir, dar frutos como algo propio de su naturaleza y no como un milagro; pues ambas –levadura y mostaza– hacen referencia a las cosas cotidianas, de la acogida de la vida; ambas incluyen trabajo y esfuerzo y es ahí donde entra la persona y sus decisiones; por tanto, hemos de tomar partido: acogerle o rechazarle, pues el misterio de Dios exige compromiso y dedicación, ya que cuando nos arriesgamos y apostamos por el don del Padre, el resultado es abundante. En el contexto sabemos que la mostaza es una planta invasiva, por eso, no se recomienda sembrarla cerca a los cultivos; en tres medidas de harina, con algo de levadura, es mucho el pan que se hace. Jesús quiere explicarnos el misterio del reino de los cielos que se hace presente en medio de las contingencias de la realidad humana y de la cual es preciso tener paciencia para discernir. Cuánto nos cuesta creer que la divinidad ha venido a mezclarse de nuestra humanidad para salvarla desde dentro, desde lo profundo; por eso, asemeja el reino con una pequeña semilla, cuya potencia es capaz de desencadenar todo un flujo de vida que alcanza un dinamismo insospechado; un poco de levadura es una medida mínima, capaz de transformar aquello que somos, hasta su máxima expresión. Va siendo hora que empecemos a entender que la grandeza de Dios se manifiesta a plena vista y que somos nosotros quienes muchas veces no nos decidimos. Es hora de dejar de pensar que la salvación que Jesús nos trae se gana a fuerza de apoteósicos eventos; comencemos por acogerla, vivirla y compartida en la sencilla alegría de quien sabe que todo es don y gracia.
¿Cómo percibo la acción de Dios en mi vida?
Espíritu Santo, tú que habitas en lo más profundo de nuestro ser, abre nuestros ojos a la presencia del Padre que a través de su Palabra nos revela el misterio de su amor. Tú que sabes aquello que necesitamos, ven y asístenos en el discernimiento de su voluntad. Amén.
Mantengámonos como trigo limpio en medio de un mundo mixto y conflictivo, evitando caer en la tentación de juzgar o destruir a los demás de forma apresurada.
“Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!” (Mt 13, 43).
El bien y el mal coexisten en el mundo, pero el juicio final y la justicia definitiva pertenecen exclusivamente a Dios.

Si hay algo que el evangelista Mateo quiere dejarnos claro en su Evangelio es que el modo de estar Dios en medio de su pueblo está reflejado en la vida de Jesús; este es el sentido que tienen lo que llamamos citas de cumplimiento –“así se cumplió lo que dijo el profeta”– para indicar aquello que se esperaba del Mesías en las Escrituras; eso significa, en otras palabras, que todo lo que Dios espera de Israel está concentrado en Jesús. No obstante, la ceguera de las autoridades religiosas ante el actuar libre del Señor le impiden ver la novedad de Dios. Jesús reacciona ante las actitudes y maquinaciones de las autoridades judías y buscó, por una parte, poner distancia para protegerse y por otra, continuar la misión. Jesús busca la manera de cuidarse a sí mismo y a quienes le siguen; Él no es un temerario sin causa, y como hemos visto, la amenaza no lo detiene; antes bien, lo pone en marcha y está atento a cuanto sucede. Esta vivencia realista de la fe –como nos la presentan los profetas– es un testimonio de fe madura puesta al servicio del reino, conciencia plena de los llamados que el Señor nos hace y que nos invitan a estar despiertos ante quienes buscan dañarnos y así, confiarnos al Señor que está dispuesto a dar la cara por nosotros. Cuando hacemos lectura de nuestra vida a la luz de la fe, no nos negamos ante los problemas, dificultades o persecuciones que nos amenazan, tampoco huimos sin rumbo y mucho menos dejamos que acaben con nosotros y con nuestra misión. Todo tiene un propósito en la búsqueda del reino y su justicia; nuestra tarea será dejarnos amoldar en las manos del Señor para que nuestra entrega germine y dé los frutos que Él espera de nosotros como sus discípulos.
¿Cómo enfrento las dificultades dando testimonio de mi fe en Jesús?
Espíritu Santo, ayúdanos a actuar con la misma mansedumbre y paciencia que Jesús nos enseñó. En un mundo lleno de ruidos, discusiones y tensiones, danos la gracia de buscar el silencio y de responder a las dificultades con amor y caridad. Amén.
El verdadero compromiso no busca el aplauso ni la violencia, sino sanar corazones en silencio.
“Este es mi servidor, a quien elegí, mi muy querido, en quien tengo puesta mi predilección. Derramaré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones” (Mt 12, 18).
Jesús nos sostiene con infinita paciencia y misericordia, restaurándonos en silencio. Nos enseña a no imponer nuestras verdades con violencia, sino a construir esperanza con caridad.

Desde ayer la liturgia nos ofrecía el panorama del significado del descanso en Jesús, haciendo referencia al sábado como experiencia contemplativa. El Sabat es el espacio de la mirada de Dios que pasa por nuestra vida para hacerla siempre nueva, pues al señalarlo día de reposo, se nos recuerda que absolutamente todo nos viene del Señor y que nada depende de nuestras fuerzas, solo gratuidad en abundancia. Si hay algo esencial en nuestra experiencia de fe es el hacer memoria, ya que ella nos permite centrar nuestra mirada en lo esencial del don del Padre. “La fe es memoriosa” –afirmaba el Papa Francisco– y con justa razón, porque al hacer este ejercicio, se renueva en cada uno de nosotros las motivaciones profundas por las cuales hemos acogido el llamado del Señor en nuestras vidas. Esto es justamente lo que quiere hacerles ver Jesús a los fariseos que justamente por haber olvidado lo esencial de la ley, pusieron sus seguridades en aquello que es relativo; por eso les recuerda dos episodios significativos en la memoria colectiva de Israel: David huyendo, perseguido por Samuel encuentra refugio en la casa del Señor, y el código de leyes que ellos bien conocen y acomodan a su parecer, pero que a la menor falta de quienes no saben, no escatiman en señalamientos. El sábado es signo de la libertad de los hijos de Dios, es día en que se ha de celebrar la ley de su misericordia: Dios nos quiere plenamente libres y, además, nos invita a que nuestra ley, sea la ley del amor.
¿Qué realidades me impiden gozar de la libertad de ser hijo de Dios?
Espíritu Santo, el mayor regalo que tú concedes es la libertad de donde es posible contemplar la Palabra del Señor, acogerla y hacerla realidad en nuestra vida. Te pedimos que envíes tu gracia sobre nosotros para que podamos ser signos de vida nueva. Amén.
Prioricemos la misericordia y el bien del prójimo por encima del cumplimiento rígido de las normas.
“Porque el Hijo del hombre es dueño del sábado” (Mt 12, 8).
La misericordia está por encima de las normas y rituales.

Jesús nos hace hoy una clara invitación: “Vengan a mí los cansados y agobiados”; lo dice a quienes en medio de la realidad concreta no han podido encontrar en la experiencia de Dios que ofrece la ley una posibilidad plena de vida, porque ella, en lo concreto de su realidad, no se lo permite. Jesús les recuerda que el vínculo con Él es para potenciar lo mejor de sí mismos y adoptar un yugo que da alas para centrarse en lo esencial de la Torá: la plenitud; el descanso que se parece a Dios. Jesús es el sábado por excelencia, es Él quien da el verdadero descanso, ya que su yugo ha de ser para todos un sábado perpetuo, una plena contemplación en la que se reconoce la presencia misma de Dios en donde se puede abandonar la vida sin miedo al rechazo o al juicio, con la certeza que en la mansedumbre y humildad nos vinculamos desde lo profundo de nuestro corazón y desde ahí, se destacan dos actitudes que se desprenden de su propia experiencia: la primera para entrar en las dinámicas relacionales de tal manera, que alcancemos la paciencia, que no nos dejemos llevar por nuestras emociones desbordadas, y más aún, que no guardemos resentimientos. La segunda: apunta al conocimiento de nosotros mismos, es decir, ser conscientes de nuestras propias fragilidades y límites, saber de qué estamos hechos; solo así, podremos llevar las cargas de la vida. Jesús nos recuerda una vez más, que podemos dejar en manos del Padre todos los cansancios y fatigas que nos agobian y desdibujan nuestra identidad más genuina.
¿Desde qué actitudes concretas me relaciono con el Señor y los demás?
Espíritu Santo, tú que conoces el barro del que estamos hechos, sabes de nuestras cargas y angustias, concédenos, por el poder de la Palabra, la humildad de reconocernos tal y como somos, para que conscientes de nuestros límites, podamos abrirnos a tu acción para encontrar el descanso en el corazón del Señor. Amén.
Reemplacemos las pesadas cargas del legalismo y el mundo por una relación de confianza. Ello implica: acudir al Señor, tomar su yugo y aprender de su mansedumbre para hallar descanso interior.
“Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11, 29).
Jesús no promete una vida sin dificultades, sino que ofrece descansar en su gracia y aprender de su mansedumbre, transformando el agotamiento en paz interior.

Una de las claves de interpretación del Evangelio de Mateo es la pequeñez cuya cualidad esencial es la sencillez que aliviana y despoja el corazón; estos son aquellos a través del cual el reino se hace presente para revelar su rostro concreto. Escuchamos de Jesús una vez más, la alegría que se hace oración y cántico de alabanza por el corazón del Padre que se inclina en favor de los pobres en el espíritu, de los sencillos, porque a los sabios y entendidos les basta su propio saber. Es precisamente la realidad de los últimos que hace que el rostro de Dios se vuelque sin medida hacia ellos para señalarnos el camino como verdaderos discípulos del Señor. Es Él quien se revela a nosotros y nos pide descalzarnos de nuestras arrogancias y falsas seguridades, para acompañar al hermano que camina con nosotros. Dios también camina con nosotros, ese mismo Dios, a quien Jesús nos a revela en total y absoluta gratuidad. Sintamos el llamado del Señor y agradezcámosle porque Él no es indiferente ante nuestras realidades y nos colma siempre de “gracia y ternura”.
¿Me descalzo ante la presencia del Señor que hace sagrada toda forma de vida?
Espíritu Santo, llévanos hacia la tierra sagrada donde habita el Padre. Que cuando escuchemos su voz por medio de su Palabra, experimentemos la certeza de su presencia en lo profundo de nuestro corazón. Concédenos la gracia de acompañar a tantos hermanos nuestros que necesitan ser escuchados y acompañados para que a través de nosotros, Dios mismo sea quien actúe. Amén.
Adoptemos una actitud de humildad y sencillez de corazón, porque las verdades más importantes del cielo no se les revelan a las personas que se creen muy sabias o inteligentes, sino a la gente sencilla.
“Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27).
Dejemos de lado la autosuficiencia, el orgullo y las pretensiones intelectuales para acercarnos a Dios con un corazón abierto, sencillo y dócil.


