El texto de Mateo 28, 16-20 nos sitúa al final del Evangelio, en el momento en que Jesús resucitado se encuentra con sus discípulos en Galilea. Es el cierre del relato evangélico y, al mismo tiempo, el inicio de la misión de la Iglesia. Después de la experiencia de la pasión, la muerte y la resurrección del Señor, los once discípulos van al lugar que Jesús les había indicado. Allí se encuentran con el Maestro vivo: algunos lo adoran, aunque otros todavía dudan. En este contexto de encuentro con el Resucitado, Jesús les confía una misión que ya no es solo para un grupo pequeño, sino para todos los pueblos. Este pasaje es conocido como el “mandato misionero”. Jesús declara primero que ha recibido “todo poder en el cielo y en la tierra”, afirmando así su autoridad universal como Señor resucitado. Luego envía a los apóstoles a hacer discípulos a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que Él les ha mandado. El verbo central es “hacer discípulos”, lo que implica anunciar, acompañar, enseñar y formar en el camino del Evangelio. El texto concluye con una promesa llena de esperanza: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Este Evangelio nos recuerda que la fe no es un tesoro para guardar, sino una misión para compartir. Cada cristiano, desde su realidad concreta, está llamado a ser testigo del Evangelio con la vida y con la palabra. A veces podemos sentir dudas o fragilidades, como les ocurrió a los discípulos, pero Jesús no retira su confianza. Él nos envía y, al mismo tiempo, camina con nosotros. Por eso, allí donde alguien anuncia el Evangelio con amor, donde se educa en la fe o donde se acompaña a otros en su camino hacia Dios, la misión continúa. Y la certeza que nos sostiene es esta: el Señor resucitado está siempre con nosotros.
1. ¿De qué manera estás viviendo tu llamado a ser discípulo y misionero en tu realidad cotidiana? 2. ¿Qué te ayuda a confiar en la presencia de Jesús que te acompaña en la misión, incluso en medio de tus dudas?
Señor Jesús, gracias por llamarme a ser discípulo y enviarme a la misión; fortalece mi fe para anunciarte con mi vida y con mis palabras; acompaña mis pasos, incluso, cuando experimento dudas o fragilidades; hazme instrumento de tu amor en cada lugar donde me envías y ayúdame a vivir confiado en que siempre estás conmigo. Amén.
Reconozco la autoridad de Jesús sobre mi vida y, a pesar de mis dudas, decido adorarle y obedecerle, convirtiendo sus mandamientos en mi norma de conducta.

El texto de Juan 16, 23b-28 forma parte del discurso de despedida que Jesús dirige a sus discípulos durante la Última Cena. En estos capítulos del Evangelio de Juan, el Señor prepara a los suyos para el momento de su pasión, muerte y resurrección. Después de hablar de la tristeza que se transformará en alegría, Jesús introduce ahora un tema muy importante: la oración. Les enseña que, después de su partida, podrán dirigirse al Padre en su nombre. En este contexto de despedida y de confianza, Jesús revela la profundidad de la relación entre el Padre, el Hijo y los discípulos. El texto subraya la expresión “pedir en mi nombre”. Esto no significa simplemente añadir el nombre de Jesús a una oración, sino orar en comunión con Él, desde su misma misión y su mismo amor. Jesús afirma que el Padre ama a los discípulos porque han creído que Él ha salido de Dios. También declara con claridad el origen y el destino de su misión: “Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo y voy al Padre”. Con estas palabras, el Evangelio presenta el movimiento de la Encarnación y del retorno al Padre, revelando que toda la vida de Jesús está orientada a manifestar el amor de Dios. Para nuestra vida hoy, este Evangelio es una invitación a vivir la oración con confianza y cercanía. Jesús nos abre el camino para dirigirnos al Padre con la seguridad de que somos amados. No oramos a un Dios lejano, sino a un Padre que conoce nuestras necesidades y escucha nuestras súplicas. Por eso, cuando presentamos nuestras alegrías, nuestras luchas o nuestras esperanzas, lo hacemos unidos a Cristo. Y en esa comunión descubrimos que la oración no es solo pedir cosas, sino entrar en una relación viva con Dios, una relación que fortalece la fe, renueva el corazón y nos llena de paz.
1. ¿Cómo estás viviendo tu oración como una relación confiada con el Padre en el nombre de Jesús? 2. ¿Qué necesitas aprender a pedir en comunión con la voluntad y el amor de Cristo?
Señor Jesús, enséñame a orar con confianza y a dirigirme al Padre en tu nombre; haz que mi oración nazca de una relación viva contigo y no solo de mis necesidades; forma en mí un corazón disponible para buscar siempre la voluntad del Padre; fortalece mi fe para creer que soy escuchado y amado y lléname de tu paz para vivir unido a ti en todo momento. Amén.
Asumo la alegría completa que Jesús ofrece, confiando en su mediación y en la respuesta amorosa del Padre a mis oraciones.

El texto de Juan 16, 20-23a forma parte del discurso de despedida que Jesús dirige a sus discípulos en la Última Cena. En este momento, el Señor habla con realismo sobre lo que está por venir: su pasión y su muerte. Jesús sabe que sus discípulos vivirán momentos de desconcierto y tristeza al verlo partir, mientras que el mundo parecerá alegrarse. Sin embargo, en medio de esta situación, Jesús anuncia una promesa: la tristeza no tendrá la última palabra, porque se transformará en alegría. Así, dentro de este contexto de despedida y de esperanza, el Señor prepara el corazón de sus discípulos para comprender que después del dolor vendrá la vida nueva. Jesús utiliza una imagen muy cercana a la experiencia humana: la de la mujer que da a luz. En el momento del parto hay dolor, pero ese sufrimiento se transforma en alegría cuando nace el niño. Con esta comparación, Jesús ilumina el misterio de su pasión y resurrección. La tristeza de los discípulos por su muerte será real, pero será pasajera, porque la resurrección traerá una alegría profunda que nadie podrá quitarles. Además, cuando Jesús dice: “Volveré a verlos y se alegrará su corazón”, está anunciando el encuentro con el Resucitado, un encuentro que transforma la vida de los discípulos y les da una esperanza firme. Para nosotros hoy, este Evangelio es una palabra de consuelo para todos los que atraviesan momentos de dolor o incertidumbre. Muchas veces, en la vida experimentamos lágrimas, pérdidas o situaciones que parecen oscuras. Pero Jesús nos recuerda que Dios puede transformar la tristeza en alegría. La fe no elimina el sufrimiento, pero nos ayuda a descubrir que el dolor no es el final del camino. Cuando caminamos con el Señor, incluso las pruebas pueden convertirse en semillas de vida nueva. Por eso, este Evangelio nos invita a confiar: después de la noche siempre llega la aurora, y quien permanece unido a Cristo descubre que la alegría verdadera nace de su presencia viva en medio de nosotros.
1.¿Qué situaciones de tristeza necesitas hoy confiar a Jesús para que Él las transforme en esperanza? 2.¿Cómo puedes vivir con fe las dificultades sabiendo que Dios puede sacar vida nueva de ellas?
Señor Jesús, en medio de mis tristezas confío en tu promesa de vida nueva; enséñame a creer que el dolor no tiene la última palabra; sostén mi fe cuando atravieso momentos de oscuridad; transforma mis lágrimas en esperanza y en alegría profunda y hazme vivir siempre confiado en tu presencia que renueva todo. Amén.
Cultivaré la alegría que nace de la fe, una alegría constante que no depende de las circunstancias externas, y que nadie podrá arrebatarme.

El pasaje de Juan 15, 9-17 se encuentra en el corazón del discurso de despedida de Jesús durante la Última Cena. Después de presentar la imagen de la vid y los sarmientos, Jesús continúa profundizando en la relación que une a sus discípulos con Él. En este contexto, el Señor habla del amor como el fundamento de la vida cristiana y de la comunidad. No se trata solo de una enseñanza, sino de una experiencia que nace del amor mismo del Padre, que pasa al Hijo y, a través de Él, llega a los discípulos. Así, este texto nos introduce en el centro del mensaje de Jesús: permanecer en su amor y vivirlo en la relación con los demás. El verbo “permanecer” aparece como una palabra clave. Jesús invita a sus discípulos a permanecer en su amor guardando sus mandamientos, del mismo modo que Él permanece en el amor del Padre. El mandamiento central es claro: “ámense unos a otros como yo los he amado”. Y el modelo de ese amor es el mismo Jesús, que está dispuesto a dar la vida por sus amigos. En este pasaje también se da un cambio muy significativo: Jesús ya no llama a los discípulos “siervos”, sino “amigos”, porque les ha dado a conocer lo que ha recibido del Padre. La relación con Jesús, por tanto, no es de distancia o de temor, sino de cercanía, confianza y comunión. Para nuestra vida hoy, este Evangelio es una invitación a revisar la calidad de nuestro amor. Permanecer en Cristo no es solo rezar o cumplir algunas prácticas religiosas; es aprender a amar como Él ama. Un amor que se hace servicio, entrega, paciencia y fidelidad. En un mundo donde muchas veces el amor se vuelve superficial o interesado, Jesús nos recuerda que el verdadero fruto del discípulo es el amor que se da sin medida. Por eso, hoy el Señor nos llama amigos y nos envía a dar fruto que permanezca: el fruto de la fraternidad, de la misericordia y de la esperanza. Y allí donde alguien ama como Jesús, allí el Evangelio sigue dando vida al mundo.
1. ¿Estás viviendo tu relación con Jesús como una verdadera amistad que transforma tu manera de amar? 2. ¿Cómo puedes amar hoy, de forma concreta, como Jesús ama en tu vida cotidiana?
Señor Jesús, gracias por llamarme amigo y hacerme partícipe de tu amor; enséñame a permanecer en ti viviendo tus mandamientos cada día; transforma mi corazón para amar con entrega, paciencia y fidelidad; haz que mi vida dé fruto de fraternidad y misericordia y que en todo refleje tu amor que da vida al mundo. Amén.
Asumo el compromiso de amar a mi prójimo de forma concreta, creativa y entregada, amando a los demás como Jesús me ha amado.

El texto de Juan 16,12-15 se sitúa también dentro del discurso de despedida de Jesús durante la última cena. En este momento tan íntimo, el Señor sigue preparando a sus discípulos para el tiempo que vendrá después de su partida. Jesús sabe que sus amigos aún no pueden comprender plenamente todo lo que ha querido enseñarles. Por eso, les anuncia que el Espíritu de la verdad vendrá para acompañarlos y guiarlos. En este contexto, el Evangelio nos muestra que la revelación de Dios no termina con la partida de Jesús, sino que continúa en la vida de la comunidad creyente por la acción del Espíritu Santo. Jesús afirma que el Espíritu “los guiará hasta la verdad plena”. No significa que el Espíritu traiga un mensaje diferente al de Jesús, sino que ayudará a comprender más profundamente lo que Él ya ha revelado. El Espíritu no hablará por cuenta propia, sino que comunicará lo que proviene del Padre y del Hijo. De esta manera, el texto subraya la profunda comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Espíritu tiene la misión de glorificar a Jesús, es decir, de hacer visible y comprensible su presencia y su mensaje en medio de la historia. Para nuestra vida de fe, este Evangelio es una invitación a confiar en la guía del Espíritu Santo. Muchas veces sentimos que no entendemos plenamente el camino de Dios o que nuestras preguntas son más grandes que nuestras respuestas. Sin embargo, Jesús nos recuerda que no estamos solos: el Espíritu de la verdad camina con nosotros y nos va enseñando poco a poco. Él ilumina nuestra mente, fortalece nuestro corazón y nos ayuda a descubrir la presencia de Dios en la vida cotidiana. Por eso, pidamos hoy al Espíritu Santo que nos abra a su luz, para que podamos comprender cada vez mejor el Evangelio y vivirlo con alegría en medio del mundo.
1. ¿Estás dejando que el Espíritu Santo ilumine y guíe tu camino en medio de tus dudas? 2. ¿Cómo puedes abrirte más a la acción del Espíritu para vivir con mayor fidelidad el Evangelio?
Espíritu Santo, guía mi vida hacia la verdad plena que viene de Jesús; ilumina mi mente para comprender su palabra y abrir mi corazón a su presencia; enséñame a escuchar tu voz en lo cotidiano y a seguir tus inspiraciones; fortalece mi fe para confiar, incluso, cuando no entiendo todo el camino y haz que mi vida refleje con alegría la verdad y el amor de Dios. Amén.
Me comprometo a que mis acciones, palabras y decisiones glorifiquen a Jesús, reconociendo que todo lo que tengo viene del Padre y del Hijo, tal como el Espíritu me lo revela.

El texto de Juan 16, 5-11 forma parte del discurso de despedida que Jesús dirige a sus discípulos durante la última cena. En estos capítulos del Evangelio de Juan, Jesús prepara a los suyos para el momento de su partida y para la nueva etapa que vivirán después de su muerte y resurrección. Los discípulos experimentan tristeza ante el anuncio de que Jesús se va, pero el Señor les revela que su partida no es abandono, sino el comienzo de una presencia nueva. En este contexto, Jesús promete la venida del Espíritu Santo, que acompañará y sostendrá a la comunidad creyente en su camino y en su misión. Desde el punto de vista exegético, Jesús habla del Espíritu como aquel que “convencerá al mundo” en relación con el pecado, la justicia y el juicio. El pecado consiste en no creer en Él; es decir, en cerrar el corazón a la revelación de Dios manifestada en Jesús. La justicia se refiere a que Jesús vuelve al Padre: su vida y su entrega son confirmadas por Dios, mostrando que su camino es verdadero. Y el juicio se manifiesta en que el “príncipe de este mundo”, símbolo de todo lo que se opone a Dios, ha sido ya vencido. El Espíritu Santo, entonces, tiene la misión de iluminar la conciencia de la humanidad para reconocer la verdad de Cristo. En nuestra vida, este Evangelio es una invitación a confiar en la acción del Espíritu Santo. Muchas veces pensamos que todo depende de nuestras palabras o de nuestros esfuerzos, pero es el Espíritu quien toca los corazones y conduce hacia la verdad. Él nos ayuda a reconocer nuestro pecado, a comprender la justicia de Dios y a vivir en la esperanza de la victoria de Cristo sobre el mal. Por eso, en medio de las dificultades de la vida y de la misión, recordemos que el Espíritu sigue actuando hoy en la Iglesia y en el mundo, guiándonos con paciencia hacia la verdad plena y fortaleciendo nuestro testimonio de fe.
1. ¿Estás permitiendo que el Espíritu Santo ilumine tu vida para reconocer la verdad de Cristo? 2. ¿En qué aspectos necesitas confiar más en la acción del Espíritu y no solo en tus propias fuerzas?
Señor Jesús, gracias por el don de tu Espíritu que ilumina mi vida y me conduce a la verdad; ayúdame a reconocer mi pecado y a abrir el corazón a tu presencia; enséñame a confiar más en tu acción que en mis propias fuerzas; fortalece mi fe para vivir en la certeza de tu victoria sobre el mal y haz de mi vida un testimonio sencillo de tu amor en el mundo. Amén.
Me comprometo a vivir sin temor, consciente de que el príncipe de este mundo ya está juzgado y vencido por Jesús, confiando en que el bien prevalece.

En el Evangelio según san Juan, el pasaje de Juan 15, 26 – 16, 4a forma parte del gran discurso de despedida de Jesús a sus discípulos durante la última cena. Después de hablarles del amor y de la necesidad de permanecer en Él como los sarmientos en la vid, Jesús prepara a sus discípulos para lo que vendrá: un mundo que muchas veces no comprenderá ni aceptará su mensaje. En medio de este anuncio, Jesús les promete el don del Espíritu Santo, el Paráclito, que vendrá del Padre y dará testimonio de Él. Así, en este contexto de despedida, de enseñanza y de preparación para la misión, Jesús fortalece el corazón de los discípulos para que permanezcan firmes en medio de las dificultades. Si nos fijamos bien, el texto subraya dos realidades muy importantes. Por una parte, el Espíritu Santo es presentado como el “Paráclito”, es decir, el defensor, el consolador, aquel que acompaña y sostiene a los discípulos en la prueba. Él procede del Padre y es enviado por Jesús para dar testimonio de la verdad. Pero, al mismo tiempo, Jesús afirma que los discípulos también están llamados a dar testimonio, porque han estado con Él desde el principio. El anuncio de posibles persecuciones, ser expulsados de las sinagogas o incomprendidos por quienes creen servir a Dios, revela que el seguimiento de Jesús no estará libre de conflictos. Sin embargo, Jesús les dice estas cosas para que no se escandalicen, para que comprendan que, incluso, en medio de la oposición, Dios sigue actuando. En nuestra vida hoy, este Evangelio es una palabra de consuelo y de valentía. También hoy, muchas veces, vivir el Evangelio puede generar incomprensión o rechazo. Pero Jesús nos recuerda que no estamos solos: el Espíritu Santo camina con nosotros, ilumina nuestra conciencia y fortalece nuestro testimonio. Cada bautizado está llamado a ser testigo de Cristo con la vida, con la palabra y con la esperanza. Por eso, cuando aparezcan las dificultades o el miedo, recordemos esta promesa del Señor: el Espíritu de la verdad está con nosotros. Y con su fuerza podemos seguir anunciando, con alegría y confianza, que el amor de Dios es más fuerte que cualquier oscuridad.
1. ¿Cómo estás dejando que el Espíritu Santo fortalezca tu testimonio en medio de las dificultades? 2. ¿De qué manera puedes dar testimonio de Cristo con tu vida en tu entorno cotidiano?
Señor Jesús, gracias por el don de tu Espíritu que me acompaña y me fortalece; hazme dócil a su voz para que ilumine mi vida y guíe mis decisiones; dame valentía para dar testimonio de ti, incluso, en medio de las dificultades; que no me deje vencer por el miedo ni por la incomprensión y que mi vida anuncie con alegría que tu amor es más fuerte que todo. Amén.
Confío en la fuerza del Paráclito, el Abogado defensor, para mantenerme firme cuando la fe requiera sacrificio o compromiso, incluso si el entorno es contrario.

El texto de Juan 14, 15-21 se sitúa dentro del discurso de despedida de Jesús durante la última cena, en el Evangelio de Juan. En este ambiente de intimidad, el Señor prepara a sus discípulos para el momento de su partida. Ellos sienten incertidumbre y temor ante la idea de quedarse sin su Maestro, pero Jesús les ofrece una promesa consoladora: no los dejará solos. Les asegura que el Padre enviará el Espíritu que permanecerá con ellos y los acompañará siempre, sosteniendo su fe y guiando su camino. El texto nos muestra cómo Jesús establece una relación profunda entre el amor y la obediencia: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. Amar a Jesús no es solo un sentimiento, sino una forma concreta de vivir según su palabra. Además, anuncia la venida del “Paráclito”, es decir, el Espíritu Santo, defensor y consolador, que permanecerá con los discípulos. Este Espíritu hará posible que la presencia de Cristo continúe viva en medio de la comunidad. Por eso, Jesús puede afirmar: “No los dejaré huérfanos”, porque su vida y su amor seguirán actuando en quienes creen en Él. Para nuestra vida hoy, esta Palabra es una invitación a confiar. Muchas veces también nosotros experimentamos momentos de incertidumbre o de soledad, pero el Señor nos recuerda que nunca estamos abandonados. Su Espíritu habita en nuestro corazón y nos fortalece para vivir el Evangelio cada día. Cuando acogemos su palabra y procuramos vivirla con amor, Cristo mismo se hace presente en nuestra vida. Así, en medio de nuestras luchas y esperanzas, seguimos caminando con la certeza de que Dios permanece con nosotros y nos acompaña siempre.
1. ¿Cómo estás viviendo el amor a Jesús en gestos concretos de obediencia a su palabra? 2. ¿Reconoces la presencia del Espíritu Santo que te acompaña en medio de tus dificultades?
Señor Jesús, gracias porque no me dejas solo y permaneces conmigo por tu Espíritu; enséñame a amarte no solo con palabras sino con mi vida concreta; hazme dócil a tu Espíritu para que guíe mis pasos en cada decisión; fortalece mi fe en los momentos de incertidumbre y dificultad y ayúdame a vivir confiado, sabiendo que siempre estás conmigo. Amén.
Confío en el Espíritu de Verdad, el Paráclito, que el Padre me da para consolarme, defenderme y guiarme en medio del mundo.

El pasaje de Juan 15, 18-21 forma parte del discurso de despedida de Jesús durante la última cena, en el Evangelio de Juan. Después de invitar a sus discípulos a permanecer en su amor y a vivir el mandamiento del amor fraterno, Jesús les habla con realismo sobre lo que encontrarán en el camino. La comunidad que sigue a Cristo no solo experimentará la alegría de su amistad, sino también la incomprensión del mundo. De este modo, el Maestro prepara el corazón de sus discípulos para afrontar las dificultades que surgirán al anunciar el Evangelio. En el texto, Jesús afirma: “Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí”. En el lenguaje del Evangelio, el “mundo” no se refiere simplemente a la creación, sino a aquellas estructuras y actitudes que se cierran a Dios y rechazan la verdad. Los discípulos han sido “elegidos” por Jesús y por eso ya no pertenecen a esa lógica. La persecución, entonces, no es un fracaso de la misión, sino una consecuencia de identificarse con Cristo. Quien anuncia su nombre y vive según su palabra puede experimentar rechazo, porque su vida se convierte en signo que cuestiona. Esta Palabra para nosotros es también una invitación a la fidelidad. Ser discípulo de Jesús no siempre es fácil; a veces implica ir contracorriente, defender el bien, la verdad y la justicia aun cuando no sea lo más cómodo. Pero el Señor nos recuerda que no estamos solos: si caminamos con Él, compartimos también su destino y su esperanza. En medio de un mundo que muchas veces vive de espaldas a Dios, los creyentes estamos llamados a ser testigos valientes del Evangelio, confiando en que el amor de Cristo siempre tiene la última palabra.
1. ¿Cómo reaccionas cuando tu fe es cuestionada o rechazada en tu entorno? 2. ¿Qué te ayuda a mantenerte fiel a Jesús en medio de las dificultades?
Señor Jesús, dame valentía para permanecer fiel a ti, incluso cuando encuentre rechazo; fortalece mi corazón para no desanimarme en las dificultades del camino; enséñame a responder con amor y verdad en medio de la incomprensión y que nunca me avergüence de anunciar tu nombre con mi vida. Hazme testigo firme de tu esperanza en el mundo. Amén.
Me comprometo a no amoldarme a las corrientes del mundo, sabiendo que he sido elegido y separado por Jesús para dar fruto, incluso si eso me hace sentir “incómodo” o diferente.

El texto de Juan 15, 12-17 se encuentra dentro del gran discurso de despedida de Jesús a sus discípulos durante la última cena, en el Evangelio según Juan. Después de presentar la imagen de la vid y los sarmientos y de invitar a permanecer en su amor, Jesús resume todo su mensaje en un mandamiento fundamental: el amor fraterno. En este momento íntimo y profundo, el Maestro prepara el corazón de sus discípulos para el tiempo en que ya no lo tendrán visiblemente, y por eso les deja la clave para continuar su misión: vivir unidos en el amor que proviene de Él. En este pasaje, Jesús dice con claridad: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado”. La medida del amor cristiano no es simplemente el afecto humano, sino el amor mismo de Cristo, un amor que llega hasta dar la vida. Además, Jesús cambia el modo de relación con sus discípulos: ya no los llama siervos, sino amigos, porque les ha dado a conocer lo que ha escuchado del Padre. La amistad con Jesús nace de la elección gratuita que Él hace de cada uno y se manifiesta en una misión: ir y dar fruto, un fruto que permanezca. Para nuestra vida de hoy, esta Palabra nos recuerda que el corazón del discipulado es el amor concreto. En nuestras comunidades, en nuestras familias y en la misión cotidiana, el signo de que realmente seguimos a Cristo es la capacidad de amar como Él ama: con generosidad, paciencia y entrega. Allí donde se vive este amor, nace la verdadera amistad con el Señor y la misión da fruto. Por eso, hoy el Señor nos invita a preguntarnos: ¿cómo estamos viviendo el mandamiento del amor en lo pequeño de cada día? Porque cuando el amor de Cristo habita en nosotros, nuestra vida misma se convierte en anuncio de esperanza.
1. ¿Cómo estás viviendo hoy el mandamiento de amar como Jesús ama en lo concreto de tu vida? 2. ¿De qué manera su relación con Jesús se refleja en el amor que ofreces a los demás?
Señor Jesús, gracias por llamarme amigo y elegirme para dar fruto en el amor; enséñame a amar como tú amas con generosidad y entrega en lo cotidiano; haz que mi vida refleje tu presencia en cada gesto y en cada palabra; fortalece mi corazón para vivir el amor, incluso, en las dificultades y que, unido a ti, mi vida sea signo de esperanza para los demás. Amén.
Asumo el compromiso de mirar las necesidades del prójimo –especialmente de los más olvidados– y amarlos desinteresadamente, saliendo de mi propia comodidad.


