“Subió al monte a solar para orar”
(Mt 14, 22-36)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Después de despedir a la gente, Jesús sube al monte para orar. La vitalidad de la oración, la fuerza que tiene la oración de Jesús lo lleva a pasar la noche en dialogo con el Padre. Es en la noche donde el alma se calma y podemos entrar en ese gozo y paz que nos regala la oración. Pero hay otro elemento que se destaca en el texto bíblico: el miedo que sienten los discípulos que están en el mar, las olas que sacuden, el viento que estremece. Así es nuestra vida, no es lineal, ya que parece que nos hundimos, pero no somos capaces de reconocer a Dios en medio de la tormenta, ya que muchas veces vemos espejismos y fantasmas. Y Jesús permanece allí, diciéndonos: “Ánimo, soy yo, no tengan miedo”. El Señor hoy nos habla a nosotros y nos pide que dejemos nuestros miedos. El miedo es el origen de la esclavitud: los israelitas prefieren volverse esclavos por miedo. Es también el origen de toda dictadura, porque sobre el miedo del pueblo crece la violencia de los dictadores. Y Jesús frente a esta realidad tan humana del miedo, extiende su mano, nos aferra y el viento cede. Es así cuando creemos que la vida cambia: pueden venir toda clase de tormentas, pero estamos seguros que Jesús siempre estará ahí, con nosotros.

Reflexionemos:

¿Cuáles son los miedos e inseguridades que me impiden descubrir a Jesús en la cotidianidad o en los momentos de tormenta?

Oremos:

Señor Jesús, cuando las tormentas me impidan descubrirte, toma mi mano, mis fragilidades y llena mi vida con la paz y serenidad que solo tú puedes conceder Tú eres la roca firme que da sentido y plenitud a mi existencia. Amén.

Actuemos:

Fortalezcamos la fe, superemos el miedo ante las dificultades y busquemos la cercanía con Dios.

Recordemos:

Pero Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy yo; no teman” (Mt 14, 27).

Profundicemos:

Pidámosle al Señor que fortalezca nuestra fe, superar el miedo y confiar en la presencia constante de Jesús en medio de las tormentas de la vida.

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“Denles ustedes de comer”
(Mt 14, 13 -21)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Podemos descubrir en el texto dos elementos: compasión y compartir. Jesús vio una multitud que lo seguía. El verbo “ver” es clave; comprende una mirada que va más allá y que descubre una humanidad herida. “Y Jesús se compadeció y los curó”. La palabra compasión no es sencillamente sentir piedad; ¡es algo más! Significa compartir, es decir, identificarse con el sufrimiento de los demás, hasta el punto de tomarla sobre sí. Así es Jesús: Él sufre junto con nosotros, con nosotros y por nosotros. Otro elemento es el compartir. Les dice a los discípulos “Denles ustedes de comer”. Ellos quedan desconcertados, ya que es mucha gente para darles de comer. Pero el corazón de Jesús se amplía en un acto de amor infinito, donde no existe el límite para realizar el bien y es allí donde se da la multiplicación del pan y los peces. Este gesto de Jesús es Eucarístico: el pan y el vino sacian el hambre espiritual de la humanidad, son el alimento que se multiplica cada día. Jesús bendice el alimento antes de entregarlo a la gente. Pensemos en tantas madres que comparten el alimento con personas que no son de su familia, su mesa se amplia y de él brota la abundancia. El Dios que seguimos bendice y comparte a todos sus hijos por igual, su amor es tan inmenso que no tiene límites, que incluso, dio su vida por la humanidad; esa es la gratuidad del amor.

Reflexionemos:

El texto nos lleva a preguntarnos sobre cuáles son mis actitudes de compasión con los demás: ¿Cómo estoy acompañando a las personas que son cercanas, que están enfermas o pasan por alguna necesidad?

Oremos:

Señor Jesús, abre mi corazón al dolor de la humanidad; por favor, ayúdame a compartir los panes y peces que tengo con mis hermanos, que no reserve nada para mí, sino que de mi ser broten siempre actitudes de servicio, acogida y escucha sincera. Amén.

Actuemos:

Construyamos un mundo fraterno donde erradiquemos el hambre y la miseria material y espiritual, manifestando así el reino de Dios en la tierra.

Recordemos:

Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud (Mt 14, 19).

Profundicemos:

Jesús tiene el poder divino para saciar plenamente todas las necesidades humanas, físicas y espirituales, cuando le entregamos lo poco que tenemos. La escasez humana deja de ser un problema cuando se deposita en las manos de Dios.

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“Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia”
(Mt 14, 1-12)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El Evangelio de Mateo nos presenta la imagen de Juan el Bautista, un profeta que por denunciar la verdad es encarcelado y luego decapitado. Juan el Bautista es el ejemplo de la defensa valiente que, por defender su fe y la verdad, termina su vida como víctima fecunda, siendo prefiguración de la muerte redentora de Cristo. El verdadero cristiano, que sigue a Jesús con radicalidad hasta las últimas consecuencias, se convierte en “mártir”. Más aún, solo el mártir es el verdadero cristiano y testigo de Cristo (en griego, mártir significa "testigo"). La Iglesia de los primeros siglos estuvo marcada por el martirio: muchos hombres y mujeres fueron sacrificados por vivir y anunciar su fe. En un mundo caracterizado por la superficialidad, la infidelidad, la falta de valores, la pérdida del sentido de la vida, es necesario que la figura de Juan el Bautista toque nuestro corazón en defensa de la vida, en defensa de los derechos humanos, para vivir en nuestra cotidianidad los valores del Reino de Dios. Solo así siendo consecuentes con el Evangelio, podemos ser fermentos de vida y paz para un mundo que busca la verdad.

Reflexionemos:

¿Cuántas veces por miedo a la persecución, al rechazo o al qué dirán, me vuelvo indiferente ante el dolor de las personas?

Oremos:

Espíritu Santo, llena mi corazón con tu luz santificadora. Concédeme el valor suficiente como lo tuvo Juan el Bautista para ser testigo del reino de Dios y no tenga miedo de denunciar todo aquello que va contra la dignidad de la persona. Amén.

Actuemos:

El martirio de Juan el Bautista a manos del rey Herodes, nos presenta un fuerte llamado al compromiso con la verdad, la coherencia de vida y la justicia, confrontando directamente la doble moral y la cobardía.

Recordemos:

Herodes quería matarlo, pero tenía miedo del pueblo, que consideraba a Juan un profeta (Mt 14, 5).

Profundicemos:

El martirio de Juan el Bautista a manos del rey Herodes Antipas, es el contraste radical entre vivir bajo la verdad de Dios o encadenado por el orgullo y la opinión humana.

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“¿No es el hijo del carpintero? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?”
(Mt 13, 54-58)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Los textos de esta semana nos han iluminado acerca de la libertad que hay en el corazón del ser humano para hacerse o no discípulo del Reino de Dios y para acoger con alegría y decisión sus misterios por más incomprensibles que parezcan. El Dios de la vida se ha revelado en la extraordinaria grandeza de lo divino que reposa en la humanidad de Jesús y su identidad como persona; esta es la extraordinaria riqueza de quienes han descubierto en Él la perla de gran valor, el tesoro no descubierto a la vista de todos y cuya acogida precisa de vaciarnos de aquello que creemos son nuestras certezas o verdades. “Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe”. O tomamos en serio y damos el paso ante los llamados de la Palabra a nuestra vida siendo discípulos del Reino, o seguiremos perdiéndonos de la gracia que germina en la vida ordinaria y desde donde el Señor gesta sus grandes maravillas. Es hora que empecemos a entender lo que realmente nos confía el Señor, pero ello requiere compromiso y decisión. Nos extrañamos de la actitud de los paisanos de Jesús en el texto, pero igual sucede con nosotros que aún no terminamos de creerle: ¿No será más bien que nos encerramos en nuestras propias comprensiones, relegando el papel de la fe a una dimensión exclusivamente cultual y religiosa y no damos fruto en la cotidianidad de la vida? Es una historia de nunca acabar y nosotros también corremos el peligro de repetir.

Reflexionemos:

¿Dispongo mi corazón a escuchar lo que Jesús me está diciendo o me obstino en aquello que quiero escuchar?

Oremos:

Espíritu Santo, abre nuestros oídos a la escucha de la Palabra de Dios y permite que pase a nuestro corazón para que comprendamos los llamados que Jesús nos hace. No permitas que nuestros prejuicios nos alejen de la gracia que nos otorgas. Transforma y renueva nuestra vida. Amén.

Actuemos:

El verdadero compromiso con Dios exige superar los prejuicios, romper con las etiquetas que otros nos imponen y mantenerse fiel a la misión, sin importar el rechazo, la incomprensión o el qué dirán de quienes nos rodean.

Recordemos:

Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo. Entonces les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia” (Mt 13, 57).

Profundicemos:

Los prejuicios, la costumbre y la falta de fe impiden reconocer la grandeza y el mensaje divino.

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“Reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran”
(Mt 13, 47-53)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

La vida espiritual es un proceso artesanal que requiere tiempo y paciencia; esa es la imagen como la liturgia de hoy nos presenta a Dios. Así, la paciencia es otra de las actitudes propias de quienes descubren los misterios del reino. Cuántas veces queremos todo de forma inmediata, sin esperas de tiempo, pero olvidamos que la fe es un proceso en el que poco a poco vamos siendo moldeados para que en nuestra vida se vean reflejadas las manos amorosas del Padre; no esperemos un discipulado comprometido y decidido sin dejarnos amasar por las realidades que vivimos en lo cotidiano y que exigen de nosotros el discernimiento propio del pescador para reconocer cuando un pez está listo para ser sacado del agua; caso contrario, se correría el riesgo de no garantizar una sobreabundante subienda si se sacan peces que no están aptos en crecimiento y madurez. Dejémonos amasar en las manos del Señor y tengámonos paciencia; dejemos que su amor vaya modelando nuestra vida y así, alcancemos la altura y madurez de un discipulado que sea capaz de contener y alimentar la vida propia y la de quienes están a su lado. Pidámosle al Señor el don de la paciencia y cumplamos su voluntad a la luz de la Palabra, no sea que al atardecer de la jornada, cuando sea arrojada la red de la vida, nos quedemos por fuera del reino a falta de talla, peso y forma.

Reflexionemos:

¿Vivo con paciencia y en manos del Señor las realidades de la vida?

Oremos:

Espíritu Santo, ilumina nuestra mente, fortalece nuestro corazón y dirige nuestras acciones y haz que este día sea un reflejo de tu presencia viva actuando a través de la Palabra para que la vivamos y compartamos y la traduzcamos en obras concretas. Amén.

Actuemos:

Así como el pescador separa lo bueno de lo malo en la orilla, estamos llamados a elegir el bien cada día, sabiendo que nuestras acciones tienen un valor eterno y definitivo.

Recordemos:

“El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces” (Mt 13, 47).

Profundicemos:

Jesús compara el Reino de los Cielos con una red de pesca que recoge peces buenos y malos. El pasaje enseña dos cosas esenciales: El juicio final donde el bien y el mal serán separados, y la misión del creyente de integrar la tradición y la novedad en su fe.

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“Creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”
(Mt 13, 36-43)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Si hablamos de testigos y discípulos del reino, nadie como Marta, María y Lázaro; ellos sí que supieron acoger con alegría el tesoro escondido y la perla de gran valor que en Jesús nos ha sido dada. Celebrar esta fiesta, es celebrar un claro testimonio de acogida y hospitalidad de la Buena Nueva; de estos hermanos queda claro que no solo vendieron todo lo que tenían, sino que pusieron la vida misma al servicio del Señor y su misión. Esta experiencia de cercanía manifiesta el camino discipular de cada uno de ellos en su relación con Jesús y con su familia. Es significativo poder descubrir cómo en el momento de mayor dificultad se realiza una de las confesiones de fe más significativas hacia la persona de Jesús. Con Marta aprendemos que la hospitalidad no se basa solo en dar o en hacer cosas; si acogemos a Jesús, entonces debemos aprender, como María, a ponernos a sus pies como verdaderos discípulos suyos; con ellos aprendemos que, aunque Jesús pareciera estar distante, siempre está para nosotros cuando lo necesitamos, ya que Él comparte también nuestras penas y sufrimientos y nos deja ver sus sentimientos hacia cada uno y al que lo hizo con Lázaro, nos rescata, incluso, de la tumba y de la muerte. Estamos invitados a dejar que nuestra casa sea el lugar donde Jesús repose mientras camina por los senderos de la humanidad. Dejemos que sea la Palabra quien encuentre eco en los corazones de quienes junto a ella tocan a las puertas de nuestra vida, y declaremos a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios para que habite por siempre en nuestro corazón.

Reflexionemos:

¿Qué característica particular tiene mi seguimiento de Jesús?

Oremos:

Espíritu Santo, que tu presencia sea manifestación del amor de Jesús en nuestra vida para que, enraizados en la Palabra divina, podamos dar frutos de caridad y generosidad desde los gestos más sencillos y ordinarios. Amén.

Actuemos:

Pasemos de una esperanza teórica lejana a una confianza plena en el presente, reconociendo que Cristo tiene el poder sobre la vida y la muerte.

Recordemos:

Jesús le dijo: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: 26 y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” (Jn 11, 25-26).

Profundicemos:

Jesús enseña que creer en Él otorga una victoria inmediata sobre la muerte; la fe transforma la muerte en una transición hacia la vida.

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“Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al fin de los tiempos”
(Mt 13, 36-43)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Otra actitud esencial ante la responsabilidad del Reino de Dios que como discípulos hemos acogido, es la certeza plena de saber que todo cuanto viene de Dios es bueno; la pregunta es: ¿Qué es eso bueno que viene de Dios?: en primer lugar, “el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre”. Jesús utiliza aquí la imagen del profeta Daniel para referirse al Mesías, al enviado de Dios, revelándonos aquí su identidad más profunda; en segundo lugar, la semilla somos todos aquellos que con alegría lo hemos descubierto como el tesoro escondido. Ahora bien, la finalidad de nuestro seguimiento es ser levadura en la masa y mostaza en el campo del mundo. Sin embargo, hemos de enfrentarnos a la existencia del mal, ya que es una realidad a la que debemos de enfrentar, pues hay quienes han hecho la opción contraria, los “partidarios del maligno”. Esta es la cizaña que busca ahogar los frutos de la Buena Nueva, es decir, la cosecha. Jesús nos dirá una vez más que lo nuestro es confiar en que la Palabra dará sus frutos; lo nuestro es poder ser signos y testigos; al final, el juicio solo le corresponde a Dios y, con toda seguridad, podremos contemplar lo que viene o no del Padre. Ser conscientes que el mal crece junto al bien, es lo que Jesús quiere aclarar a los discípulos y aunque crezcan juntos no se mezclan y siempre se podrá distinguir entre uno y otro; lo que viene del Padre refleja su bondad y por ello, no hemos de confundir la paciencia del amor de Dios con indiferencia, en cuanto que el mal trae consecuencias y cada uno sabrá qué parte de cosecha desea ser: “el que tenga oídos…”, pues al final de la vida, ya quedará muy poco por hacer.

Reflexionemos:

¿Qué realidades de cizaña amenazan la buena semilla de Dios en mí?

Oremos:

Espíritu Santo, ven e ilumina nuestro corazón para discernir todo aquello que viene del Padre. Aleja de nosotros todo egoísmo y ayúdanos para que este sea un día propicio para sanar nuestros sentidos. Implanta en medio de nosotros tu reino de bondad y misericordia. Ven y renueva la faz de la tierra. Amén.

Actuemos:

El compromiso cristiano es ser buena semilla en un mundo donde coexisten el bien y el mal. Exige vivir con la certeza de que Dios hará justicia al final de los tiempos, inspirándonos a resplandecer con la luz del Reino y evitar el escándalo y el mal.

Recordemos:

“Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!” (Mt 13, 43).

Profundicemos:

El mundo está mezclado entre el bien y el mal. Al final de los tiempos habrá un juicio divino donde los justos serán separados de los pecadores y premiados.

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“El grano de mostaza se hace un árbol hasta el punto de los pájaros del cielo anidan en sus ramas”
(Mt 13, 31-35)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Ayer se nos presentaba la primera actitud esencial de quien descubre los misterios del Reino de Dios en su vida: la alegría. Hoy con las parábolas del grano de mostaza y la levadura en la masa, nos presenta una segunda actitud para que la primera no se pierda; hablamos entonces de la decisión y dedicación de la persona que, haciéndose discípulo, debe asumir para custodiar aquello que ha recibido. Tanto la semilla como la levadura son puestas, es decir, no llegan de casualidad al terreno o a la masa, ya que sembrar y amasar requieren esfuerzo. Es fundamental que como discípulos tomemos conciencia de la responsabilidad que hemos aceptado al establecer el vínculo de la fe y tener la valentía de arriesgarnos, pues la semilla de mostaza es invasiva y ocupa todo el territorio en el que ha sido sembrada; por eso, no se recomienda sembrar cerca de cultivos de alimentos, ya que levadura corrompe todo aquello con lo que es mezclada. Estas imágenes aparentemente negativas nos invitan a confiar en el proyecto del Reino de Dios, aunque muchas veces no las entendamos. Confiemos en lo que aparentemente no cuenta, pues como veremos al final, el resultado será abundante. Dejemos que la potencia del don de Jesús en su Palabra nos conceda la alegría y la responsabilidad de la fe sin la cual sería imposible saber que todo valdrá la pena independientemente de los resultados si nos confiamos y sabemos esperar en Él

Reflexionemos:

¿Qué característica particular tiene mi seguimiento y mi fe en Jesús?

Oremos:

Espíritu Santo, ilumina con tu amor nuestro corazón y ayúdanos a abrirnos a los misterios del Reino de Dios. Aunque no logremos comprender bien las realidades que nos circundan, danos la gracia de ser portadores de la esperanza que brota de tu presencia sanadora y liberadora. Amén.

Actuemos:

Así como la levadura fermenta la masa, estamos llamados a integrarnos activamente en el seno de nuestras comunidades para expandir el amor y la justicia de Dios.

Recordemos:

“En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas” (Mt 13, 32).

Profundicemos:

El Reino de Dios es humilde y silencioso en sus orígenes, pero posee una fuerza transformadora imparable.

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“Vende todo lo que tiene y compra el campo”
(Mt 13, 44-52)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Continuamos junto a Jesús aprendiendo qué son los misterios del reino, es decir, las huellas de Dios que en lo cotidiano se van descubriendo a medida que nos disponernos a la escucha; si estamos atentos las parábolas de hoy, nos hablan de algo que está escondido a la vista de muchos y esto es precisamente el reino de Dios y sus misterios. Lo primero que nos regalan las parábolas es la actitud que surge en quien la encuentra: la alegría, valor fundamental del corazón que descubre lo esencial, la presencia de Dios que transforma nuestra manera de enfrentarnos a las situaciones de la vida y es ahí, cuando todo lo que creemos fundamental pasa a un segundo plano: “vender lo que se tiene para comprarlo”, es decir, esta capacidad de acogida que aliviana la existencia y la nutre de sentido; por ello, la tercera comparación nos habla de la necesidad de aprender a discernir y tener la capacidad de separar aquello que viene o no del proyecto de Dios sobre nosotros; es decir, su voluntad. En este contexto, cobra sentido la pregunta de Jesús a sus discípulos: “¿Entendieron todo esto?”. Es importante que entendamos que el reino es, si logramos descubrirlo y vivirlo, una dinámica que mueve la vida entre aquello que ya tenemos y aquello que nos llega como novedad: “Como ven, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que va sacando de sus cofres cosas nueva y viejas”; así, la vivencia plena de nuestra fe, no es fruto de un empeño personal sino más bien de una disposición guardada en nuestros corazones, como aquel que descubre un tesoro, pero lo guarda hasta poder comparar el campo. Esta semana estamos invitados a escudriñar desde la Palabra la forma como el Señor ha dispuesto todas las cosas para nuestro bien; la tarea de cada uno de nosotros consistirá en ir en busca de la perla preciosa como el mercader, en cuanto que el Padre, ha sido el primero en descubrir nuestra valía y no ha dudado en vender todo lo que tenía para adquirirnos la vida eterna.

Reflexionemos:

¿Qué estoy dispuesto a vender para comprar la alegría del don de Dios en mi vida?

Oremos:

Espíritu Santo, infunde en nosotros el deseo de ahondar en los misterios del reino para vivir a profundidad la fuerza de la Palabra; que ella ilumine cada una de nuestras decisiones y así, guiados por tus santas inspiraciones, seamos testimonio de vida para quienes en este día serán compañeros del camino de la vida. Amén.

Actuemos:

A través de las parábolas del tesoro escondido y la perla, Jesús enseña que seguir el Reino de Dios vale más que cualquier otra posesión y requiere renunciar a todo con alegría.

Recordemos:

Entonces agregó: “Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo” (Mt 13, 52).

Profundicemos:

Encontrar a Dios exige una entrega gozosa y radical de todo lo demás, y requiere discernimiento entre el bien y el mal antes del juicio final.

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“Mi cáliz lo beberán”
(Mt 20, 20-28)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El texto de hoy se sitúa después de la parábola de los obreros en la viña para prepararnos a lo fundamental en la experiencia del ser parte de la casa, de la comunidad de Jesús y esta es la lógica del abajamiento; cosa que no funciona según los modelos y criterios del mundo, nos abajamos para rescatar al hermano; esto es ser Iglesia, al ejemplo del Hijo que no tuvo a bien retener su condición divina a fin de acoger la condición humana y rescatarnos de la muerte eterna. En el texto quien hace la petición es la madre de Juan y Santiago; de ella no se dice nada, pero sí el hecho de pensar desde la lógica del merecimiento. Jesús les recuerda a todos que el grande ha de ser servidor (diácono) y el primero, esclavo. Los discípulos estamos llamados a entrar en esta corriente de vida donada, sin esperar, sin cálculos, sin ventajas, solo abajamiento en favor del otro. A esta comprensión de Jesús llegarán los discípulos y así, como lo atestiguará el apóstol Santiago en su camino de madurez de la fe según el libro de los Hechos, ciertamente beberá del cáliz, entregando su propia vida por el anuncio de la Buena Nueva y muerto a manos de los poderes del mundo. Estamos también nosotros invitados a subir a Jerusalén, pero antes, tendremos que pasar por Jericó y ser como los discípulos, curados de nuestras cargueras espirituales, que nos encierran en la búsqueda de nuestros propios intereses; sabemos que esta conversión es posible por el testimonio que hoy celebramos y puede entenderse abajarnos hasta dar la vida sin reservas.

Reflexionemos:

¿Escucho atentamente a qué abajamiento me invita el Señor?

Oremos:

Espíritu Santo, nos ponemos ante tu presencia para dejarnos iluminar por la fuerza de tu amor; que comprendamos los llamados que el Señor hace a nuestro corazón, salgamos del egoísmo y entremos por el camino del servicio. Amén.

Actuemos:

Jesús nos invita a estar dispuestos a beber el cáliz, es decir, lo que representa asumir las pruebas y el costo real del discipulado.

Recordemos:

“Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo” (Mt 20, 26-27).

Profundicemos:

La verdadera grandeza en el reino de Dios no se mide por el poder, los títulos o el dominio sobre los demás, sino por el servicio humilde y el espíritu de sacrificio.

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