El relato de la Samaritana, correspondiente al Tercer Domingo de Cuaresma, coloca el itinerario que estamos viviendo en clave bautismal, experiencia central de la gran noche de vigilia pascual. El tema de la conversación de la Samaritana –que hace referencia al agua del pozo que aunque tome de él, vuelve a tener sed y el agua que ofrece Jesús de la cual nunca más se tendrá sed porque es eterna– vuelve la memoria del oyente al Antiguo Testamento y los relatos de la liberación del pueblo de Israel, gracias a las acciones de Moisés en que de vuelta a la tierra prometida habían atravesado el Mar Rojo, pero más aún los había sostenido en el arduo camino del desierto. Moisés les ofreció en el desierto el agua que les quitó por un momento la sed, pero es Jesús quien ofrece la verdadera agua viva: quien bebe de ella, no tendrá sed jamás. El lenguaje de comprensión para la Samaritana no es fácil de entender cuando ha estado habituada a llegar por el agua que calma la sed física pero no ha calmado su sed más profunda; de ahí su petición: “Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Precisamente la mujer corre el riesgo de tener que sacarla a la hora del sol para calmar su sed. La lógica del agua que calma la sed por un momento y el agua viva, permite a la Samaritana reconocer en Jesús a un profeta, del cual había escuchado, pero que en el fondo no lo conocía y ahora que le conoce, lo anuncia con viva voz e invita a otros para que como ella vivan su misma experiencia. El cántaro ya no es tan importante porque el Señor es el agua y el alimento que da vida eterna. La Palabra de hoy es la certeza de quien hace la experiencia en su corazón, no por lo que otros dicen sino por el testimonio de lo que la persona vive y experimenta, porque “un fuego ha encendido otro fuego” y la ha llevado al corazón del Maestro, es decir, al pie del pozo.
En la experiencia de la vida, ¿qué pozos frecuento para calmar la sed de mi corazón? ¿Estos pozos calman mi sed física o espiritual? ¿El pozo de mi existencia me ha permitido encontrarme con el Maestro para después salir presurosa a anunciarlo a mis hermanos?
Señor Jesús, al mediodía de mi existencia, como la Samaritana, he tenido que salir a buscar el agua que calma mi sed. Haz que de camino pueda con mi corazón escucharte porque sé que me esperas al borde del pozo para purificar mi corazón. Dame de beber del agua que tú tienes para que nunca más vuelva a sentir sed. Descúbreme el misterio de tu inefable presencia, pues solo tú, tienes palabras de vida eterna. Amén.
Que tenga la fuerza para ir a llevar tu Buena Noticia a mis hermanos, especialmente quienes están sedientos de la Palabra de Dios o no la conocen, para que la comparta con alegría y sencillez de corazón.

Hoy la Palabra presenta el texto de san Lucas como respuesta a la murmuración de los fariseos y los escribas, quienes señalaban a Jesús por relacionarse con publicanos y pecadores. Las parábolas proclamadas por Jesús son un pretexto que provocan la confrontación de los sacerdotes de su tiempo a quienes no importaba la condición de las personas: “acoge a los pecadores y come con ellos”. A través de la parábola el Señor busca hacerles entender a los maestros de la ley cómo la fidelidad a sus rituales y prescripciones está lejos del don misericordioso del Padre. La parábola del hijo prodigo o del padre misericordioso hace ver cómo es posible transitar otros caminos, vivir otras experiencias y volver con mayor conciencia y amor genuino a los brazos del Padre. El hijo mayor permaneciendo junto a él olvidó el gozo del abrazo que significa encuentro y acogida; el hijo menor ha transitado otros caminos que le hicieron experimentar el frío, la soledad, el hambre, la desnudez añorando volver a la casa paterna. En cambio, la presencia del hijo mayor lo había acostumbrado al calor del abrazo y tal vez era insignificante tenerle todos los días; es más, su condición de lealtad lo creía digno de derechos no solo con su Padre sino con quienes estaban a su servicio. No es fácil ser el hijo menor cuando se transitan otros caminos en la vida y tampoco es fácil ser hijo mayor cuando se está siempre ahí, junto al padre, pero donde se pierde la novedad de su presencia cotidiana y aun teniéndolo todo, parece que faltara el calor de su abrazo, el don de su alimento, la gratuidad de su dignidad.
En las más diversas circunstancias de la vida, ¿quién soy?, ¿el hijo menor que se marcha lejos con la herencia de su padre o el hijo mayor que aparentemente permanece fiel pero su corazón permanece distante del auténtico amor?
Señor Jesús, la libertad de mis decisiones y acciones me llevaron como el hijo menor a caminos nunca antes recorridos en los que sentí sed, hambre y lo perdí todo; devuelve sin miedo y sin temor, al amor del Padre. Reconozco que también he sido el hijo mayor, fiel y leal a tu proyecto, pero calculador y observante, como la ley de los escribas y fariseos. Dame tu gracia para saber mantenerme siempre a tu lado. Que no me aleje de tu gracia, porque entonces mi corazón se convertirá en roca, insensible a recibir y corresponder a tu amor. Amén.
Es posible que en el camino de mi vida me encuentre con padres gozos que aman incondicionalmente a sus hijos menores que han decido marcharse o a sus hijos mayores que aman con límite. Busco acompañar a los padres que necesiten que sus hijos vuelvan a Dios.

La parábola que escuchamos proclamada en la narración del Evangelio de san Mateo, tiene destinatarios concretos: los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, ya que los textos cuaresmales privilegian esta experiencia tensa que vive Jesús con las autoridades de su época, colocando en evidencia cómo la pasión y muerte, se advertía ya desde esta cotidiana forma de encarnar el mensaje liberador. La parábola del propietario de la viña, es la parábola del Hijo de Dios, quien siendo enviado a su pueblo se encuentra con los labradores, pero en la persona de los criados no reconocen al Hijo y heredero de la viña. El hecho de enviar nuevos criados a los labradores recuerda la acción paciente de Dios en medio de la Historia de Salvación, quien acompañando a su pueblo, permitió que toda la acción de vida de los profetas fuera ofrecida por la liberación de un pueblo que buscó llegar a ella, la experimentó con gozo, pero la perdió porque buscó intereses y alianzas que humanamente debilitaron su identidad. Entonces, la llegada del Hijo de la que habla la parábola era la única certeza del reino, sin embargo, no lo fue porque fue más fácil matarlo; el precio de la muerte que mereció tal Redentor –como canta el Pregón Pascual la noche del Sábado Santo–, es la gracia que ha salvado, liberado y redimido no solo al pueblo de su tiempo sino de todos los tiempos, para quienes el testimonio de la cruz se ha hecho para nosotros martirio, camino de santidad, entrega hasta la vida misma. Estos son los frutos que a lo largo de los siglos de vida cristiana hemos podido ver, tocar y palpar porque muchos con su entrega han visibilizado otro hijo más en la historia, el mundo. El camino de nuestra redención es un camino de muchos fracasos. También el último, el de la cruz, es un escándalo. Pero precisamente ahí vence el amor.
En las acciones de la vida cotidiana, ¿espero vivir el misterio de la cruz como algo extraordinario o vivo tantas realidades humanas que evocan la cruz desde la entrega y el ofrecimiento?
Señor Jesús, llegar a la entrega de la vida misma en la cruz no siempre es fácil si pienso en ella como destino, pero caminar en la cotidianidad de la vida en el servicio, el ofrecimiento, el dolor o el sufrimiento, desde ya me aproxima a un misterio que pasa por la cruz. Ayúdame a amarte más y a demostrártelo con hechos siendo fiel a mis obligaciones diarias. Amén.
Le agradezco al Señor por el misterio de su pasión, muerte y resurrección y acompaño con mi oración a tantas personas que como Él, son martirizadas injustamente por decir la verdad.

El texto de la Palabra escuchado en la narración de la parábola del evangelista san Lucas, advierte que es una respuesta dirigida a los fariseos. En medio de esa realidad contextual propia de la época, el misterio de la Palabra hoy nos confronta y nos hace preguntarnos a nosotros mismos en quién ponemos nuestra confianza: ¿en el Señor?, ¿en nosotros? La contraposición entre el hombre rico que se vestía de púrpura y el mendigo, de quien de entrada conocemos su nombre –Lázaro–, nos coloca al final de la vida de cada uno de ellos. En el momento de morir le es destinado a cada uno el lugar de la vida eterna: a Lázaro, el gozo de estar junto a Abrahán, y al rico un lugar lleno de tormentos, donde reconoce en primer lugar la necesidad de aliviar la sed que experimenta, pero a la vez busca advertir a los suyos para que cambien su corazón y no vayan a parar a ese triste lugar. Sin embargo, la enseñanza de Jesús nos remite a la escuela profética quien ha enseñado el camino de relación con Dios a través de la ley. Y tal vez lo que para el rico era posible, no lo es para Jesús, así resuciten los muertos, porque el secreto de la fidelidad con Dios en la vida es la escucha: esta actitud prepara y dispone el gozo de la vida eterna. En este sentido en la vivencia de la vida cristiana muchas veces esperamos profesar lo extraordinario para creer, pero olvidamos que lo cotidiano y más cercano a nuestra vida es lo que transforma nuestras acciones para vivir conforme al proyecto eterno del Padre. En nuestro camino de vida cristiana nos acostumbramos a estilos de vida que enceguecen la mirada o embotan el corazón y no nos permiten en vida, vivir experiencias que conviertan nuestro corazón de piedra en un corazón de carne.
¿Qué actitudes de vida le doy más importancia en mi vida? ¿Las actitudes del hombre rico que come y bebe pensando en sí mismo o las actitudes como las de Lázaro, quien manteniéndose en el umbral de la puerta ofrece todo padecimiento o dolor por su propia santificación?
Señor Jesús, en mi camino de vida cristiana intento con mis palabras y acciones profesar mi fe en ti y seguirte de corazón, sin embargo, mis acciones no siempre están tan cercanas a mi fe, porque mi corazón permanece lejos de ti. Ayúdame a ser misericordioso con los demás para ser digno merecedor del cielo. Amén.
En la práctica de mi vida cristiana, busco privilegiar obras de caridad que me acerquen a realidades duras y dolorosas como las de Lázaro, no buscando mi propio bienestar, sino el bienestar de los demás.

La liturgia de la Palabra, a través del evangelista san Mateo, presenta el destino de Jesús en Jerusalén, lugar en el que será glorificado, pero antes será lugar en el que será sacrificado. Este destino los apóstoles no lo esperaban ni lo entendían, de hecho, la explicación dada a los discípulos es el misterio de la fe que celebraremos durante la solemnidad del Misterio Pascual. Subir a Jerusalén para Jesús no era solo subir a celebrar la pascua judía; Jerusalén es el lugar del misterio, de la entrega. A los suyos trató de develarles el misterio, pero no lo entendieron: “lo condenaran a muerte y lo entregaran a los gentiles para que se burlen de Él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará”. El Señor intentó hablarles de su reino, pero sus discípulos no estaban preparados para comprenderlo porque conocían otros reinos, de hecho, desde la condición de discípulos buscaban, en la lógica de su Maestro, a un rey con poder, solo así es posible entender la petición de la madre de los Zebedeos: “Ordena que éstos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. En muchos momentos de nuestra vida transitamos el camino del seguimiento de Jesús, así como los discípulos que iban con Él por el camino a Jerusalén, sin embargo, las intenciones del corazón están lejos de la auténtica escuela del seguimiento del Maestro. Mientras la Palabra revela el misterio de la cruz el corazón busca su propia realización y reconocimiento, de hecho, el texto afirma que los diez al escuchar la petición “se indignaron contra los dos hermanos”, porque el poder de los reinos otorga el reconocimiento, en cambio, el reino de Dios, en la lógica de la cruz, no es posible abrazarlo porque, según el apóstol san Pablo, “la predicación de la cruz es una locura para los que se pierden; más para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios” (Cf. 1 Co 1, 18). Y la fuerza de Dios, en la persona de Jesús, se revela en el misterio del servicio, en la entrega de la vida misma, una lógica que en un mundo hedonista no es posible comprender pero que en la lógica de la santidad ha dado plenitud y gozo al corazón.
¿El misterio de la cruz hasta qué punto lo acojo como experiencia de Dios en mi vida? ¿Simplemente camino junto a él buscando realizarme desde mis propias lógicas humanas?
Señor Jesús, como los discípulos, muchas veces camino contigo y subo a la Jerusalén de mi vida, pero cada vez que debo abrazar el misterio de la cruz no siempre lo comprendo, porque humanamente desearía beber otro cáliz o recorrer otro camino. Ayúdame a estar siempre abierto a tu gracia y servir a mis hermanos en tu Iglesia. Amén.
Busco encontrarme cerca de personas que caminen con el dolor de sus propias cruces y las acompaño desde una escucha atenta, tratando de acercarlos al misterio de la cruz de Jesús.

La liturgia de la Palabra en la proclamación del Evangelio del día de hoy presenta una experiencia humana muy difícil de mantener desde el equilibrio perfecto y ecuánime: el testimonio de vida entre lo que se dice y se hace. La distancia entre la vida y lo que se dice es la crítica que hace Jesús a escribas y fariseos hoy en el Evangelio. Los grandes maestros de la ley que visibilizaban la práctica del judaísmo como institución religiosa de la época “dicen, pero no hacen”. Sin embargo, la contradicción indicada por el Evangelio no solo está en decir y no hacer, sino en la forma como esta realidad se hace acción y se impone como carga o modo aparente de vida, desvirtuando en sí la esencia de la práctica: “todo lo que hacen es para que los vea la gente”. Se busca la apariencia, pero no la esencia, y nuestro mundo actual sí que busca visibilizar la realidad de los falsos maestros, especialmente cuando los propone como modelos perfectos: “les gusta los primeros puestos”. El reconocimiento es bueno, y da satisfacción. Sin embargo, en la persona de Jesús todas estas formas de vida que llevan los falsos maestros tienen otro modo y otro estilo, el del servicio, de hecho. “Se quita el manto y se pone a lavarles los pies a sus discípulos”. Esta expresión de servicio es lo que escucharemos en la celebración del misterio del Triduo Pascual. De fondo, en la práctica de nuestra vida cristiana hoy se nos invita a vivir la experiencia del testimonio, porque nuestras acciones dicen más que mil palabras. Quien ve con claridad y coherencia de vida entiende, porque los grandes maestros lo han sido por su vida de entrega junto a sus discípulos, y no por las horas de cátedra impartida. Se trata de conjugar en la vida algo que vaya más allá de la ley, para que la perfección no sea solo el cumplimiento de la norma sino la vida misma.
En mi familia, en mi trabajo, en mi entorno social y eclesial, ¿cómo vivo esta experiencia de vida llamada testimonio? ¿Qué se hace fácil en esta práctica de vida cristiana y qué se hace difícil?
Señor Jesús, concédeme la gracia de ser luz a través de mi vida, que viva el servicio como don entre quienes lo necesitan, que no busque ser recompensado, que mis manos estén siempre abiertas para acoger. Dame tu gracia, para que sepa amar, dejando a un lado toda vanidad y deseo de aparecer. Que el amor me lleve a cumplir mi misión para que otros puedan experimentar la alegría de tu presencia. Amén.
Junto a los míos y en mi iglesia local, doy gracias a Dios por las personas que son testimonio para mi vida, mi vocación, mi profesión.

La misericordia es uno de los rasgos fundamentales de la persona de Jesús en el ejercicio público de su misión, de hecho, estos rasgos misericordiosos son los que identifican su modo de ser y actuar, muy diferente a los líderes de su tiempo. El evangelista san Lucas hace énfasis en la forma como es posible vivir la misericordia, colocando en evidencia algunos verbos que en la práctica de la vida cristiana lleva a acciones concretas que, durante la vivencia de la Cuaresma, como itinerario de preparación al gran misterio pascual, se vuelven un medio necesario para contemplar la luz gozosa de la Resurrección del Señor. La práctica de la misericordia a través de los verbos en los que el Evangelio hace énfasis hoy, no es solo una mirada hacia los demás, sino una vivencia que, al ser vivida plenamente, nos devuelve a ella misma. “No juzguen y no serán juzgados”. La medida de la justicia se tiene como referencia en una balanza, sin embargo, ella se encarna en la cotidianidad de que somos hijos de un mismo Padre; de hecho, los padres con varios hijos buscan tratar a todos por igual si bien cada uno es diferente, viviendo la justicia estando cerca de los más pequeños, débiles o necesitados; a cada uno le conocen muy bien porque la justicia nace del amor que sale de sus entrañas. “No condenen y no serán condenados”. Podemos imaginar una condenación llevando cadenas físicas, sin embargo, pensemos cuántas condenas caminan con nosotros, siendo conscientes que las cadenas psicológicas pesan más que las mismas físicas. “Den y se les dará”. Aquello que damos con el corazón se convierte en lo más original de nuestra entrega que irradia su propia luz sin necesidad de hablar, porque cuando damos aquello que sale de nuestro corazón, eso mismo contagia a los demás, es decir, se vuelve signo, voz y fuego.
En mi vida personal y cristiana, ¿cómo vivo la justicia, el perdón, la donación? ¿Estas expresiones de la misericordia que vivía Jesús las practico en mi vida cotidiana?
Señor Jesús, la Cuaresma es camino, y hoy mi corazón desea vivir este tiempo de penitencia haciendo eco de la Palabra en mi vida. Ilumina mi corazón para vivir la justicia, no según la lógica de la ley, sino según el Evangelio. dame tus ojos para ver a tus hijos con el mismo amor con el que tú los ves, y si he juzgado injustamente a mis hermanos, dame la gracia de darme cuenta de mi error para así poder corregirme. Amén.
El tiempo de Cuaresma es el tiempo favorable para vivir expresiones de misericordia. Por tanto, busco vivir algunas de ellas según la invitación que me la Palabra hoy: la justicia, el perdón, la donación.

En el Segundo Domingo de Cuaresma, el Evangelio de san Mateo presenta un itinerario fascinante a través del relato de la Transfiguración del Señor. Muchos elementos de la Palabra de Dios nos conducen a reflexionar en ese misterio del amor y la elección de Dios con predilección. El primero que emerge es el de la elección del grupo de los Doce siempre acompañando a Jesús; permanece igualmente el grupo de la manifestación, es decir, el grupo que podía develar este misterio, pero que no lo comprende: “No cuenten a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Pedro, Santiago y su hermano Juan son llevados por el Maestro a la cima de una montaña; ellos son los elegidos del grupo de los Doce que acompañan a Jesús a vivir los más grandes misterios de la manifestación del Hijo: le contemplan en la glorificación del misterio divino y el padecimiento del dolor humano en el huerto. El monte es el lugar de la glorificación, de la manifestación teofánica, de hecho, en el Antiguo Testamento, Moisés en el monte habla con Dios y en el Nuevo Testamento Jesús ora con su Padre en el monte; de ahí, el rostro resplandeciente de Moisés es la manifestación de lo eterno y la luz, la gracia que le acompaña. Moisés y Elías representan las columnas del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento; las tablas de la ley que portó Moisés, el fuego en el episodio de Elías con los sacerdotes de Baal fueron las grandes manifestaciones que parecían hablar por sí solas, pero que no lo eran en el fondo, porque la verdadera manifestación era el Hijo del hombre. La revelación teofánica expresada en el misterio de la luz y de la voz de Dios, son la manifestación de lo que parece extraordinario, pero que acontece para que quienes lo vivan y crean, porque la luz y la voz resultan evidentes a los sentidos: ver, escuchar. Los signos sensibles son los que llevan a la persona a confirmar lo que aparentemente no es posible ver, pero que se teje en el misterio de la fe.
¿En mi vida permanezco vigilante a las manifestaciones de Dios a través del silencio y la oración? ¿La escucha atenta me permite captar los signos a través de los cuales Dios me está hablando?
Señor Jesús, dame la gracia de reconocer en la cotidianidad de mi vida aquellos montes a los que me quieres conducir para contemplar el misterio de tu amor manifestado en la cruz. Concédeme saber escucharte siempre para poder discernir el bien y el mal y, con tu gracia, podré adherirme a tu voluntad. Amén.
Durante este itinerario cuaresmal busco un lugar para encontrarme con Jesús Maestro que me permita reconocerle en mi vida y en mis acciones.

Jesús nos propone un amor que rompe esquemas y supera lo humano. Amar solo a quien nos ama es fácil pero el evangelio va mucho más allá. El Señor nos invita a amar incluso a quien nos hiere o nos rechaza. No es un amor ingenuo, sino valiente y libre. Amar al enemigo es negarse a vivir prisioneros del odio. La oración por quien nos hace daño, sana primero nuestro corazón. Dios no excluye a nadie de su amor, hace salir el sol para todos. Ser hijos de Dios es parecernos a Él en la misericordia. La venganza endurece el alma; el amor la transforma. Jesús no nos pide perfección sin errores, sino un amor que crezca. Cada gesto de bondad vence silenciosamente al mal. El amor cristiano es exigente, pero da vida verdadera. Esta Palabra nos llama a amar como Dios ama. Amar como Jesús ama es un camino que dura toda la vida. No se logra solo con esfuerzo humano, sino con la gracia de Dios. El amor auténtico comienza cuando decidimos no devolver mal por mal. Cada día es una nueva oportunidad para crecer en misericordia. Dios confía en que su amor puede transformarnos.
¿A quién me cuesta amar y necesito presentar hoy al Señor en la oración? ¿Qué gesto concreto de amor me invita Jesús a dar esta semana?
Señor Jesús, enséñame a amar como tú de corazón a los demás. A ensanchar las fronteras de mis afectos para aprender a amar y valorar más, incluso a quienes me han lastimado, o tengo diferencias. Amén.
"Sean perfectos como su Padre es perfecto".
El amor cristiano no tiene límites ni fronteras.

Jesús nos invita a una justicia que nace del corazón y no solo de las apariencias. No basta cumplir normas; es necesario vivir reconciliados por dentro. La ira, el desprecio y las palabras duras también hieren y matan la relación. Dios mira lo que guardamos en el corazón, no solo lo que mostramos por fuera. La fe auténtica se expresa en gestos concretos de amor y respeto. Antes de acercarnos al altar, el Señor nos pide sanar las relaciones rotas. La reconciliación es un camino urgente, no algo que puede esperar. Cada conflicto no resuelto se vuelve una carga que nos esclaviza. Jesús nos llama a dar el primer paso, aunque cueste. El perdón libera más al que perdona que al que es perdonado. La paz interior nace cuando elegimos el diálogo y la humildad. Dios se alegra cuando optamos por la vida y no por el rencor. Esta Palabra nos recuerda que amar es una decisión diaria. ¿Cuántas veces cuidamos lo externo, pero descuidamos el corazón? Jesús nos muestra que la fe se vive en lo cotidiano y en las relaciones. Reconciliarse es un acto de valentía y de fe profunda. No hay verdadero encuentro con Dios sin amor al hermano. Hoy el Señor nos ofrece la gracia de comenzar de nuevo.
¿Qué rencor o enojo necesito entregar hoy al Señor? ¿A quién me está invitando Dios a buscar para reconciliarme?
Señor Jesús, enséñame a reconocer lo bueno que tiene cada persona y a aprender a perdonar de corazón. Amén.
"Ve primero a reconciliarte con tu hermano".
El culto a Dios no es válido si hay odio hacia el hermano.


