
El tetrarca, Herodes se decía: “A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?”. Estamos ante un hombre deshonesto, astuto, superficial, criminal, aferrado al poder, y ahora sorprendido y sin saber a qué atenerse al escuchar sobre las obras de Jesús; pero no saben decirle a ciencia cierta quién es Jesús, pues para unos, era Juan que ha resucitado, para otros era Elías o uno de los antiguos profetas que había vuelto a la vida. Y esto despierta la curiosidad en el tetrarca Herodes, que tiene claro que, en medio de una fiesta, se dejó deslumbrar por la danza de la hija de Herodías a quien dijo: “Pídeme lo que quieras”. Como sabemos, ante el pedido de la cabeza de Juan el Bautista, lo mandó decapitar. Ahora manifiesta su deseo de querer ver a Jesús, pero no es para seguirlo, sino quizá porque quiere ver en él algo espectacular. Que el Señor nos continue ayudando a cada uno de nosotros, a conocerlo, a través de su palabra, la oración, que conlleva algo profundo y es el saber sacar tiempo para conversar con él, y en nuestro corazón escucharle, ayudando a otras personas a acercarse a Dios.
Es necesario darnos cuenta, de lo importante que es no solo oír hablar de Jesús, sino hacer el esfuerzo de no perder el tiempo, esperando que se nos manifieste un Dios deslumbrante, espectacular, sino que sepamos abrir los ojos y descubrirlo en lo sencillo de la vida, en el rostro de nuestros hermanos. Preguntémonos: Hay personas que desean de corazón conocer a Jesús. ¿Nos empeñamos en ayudarles en este sentido, con nuestras obras y con nuestro testimonio de vida?
Señor Jesús, no permitas que te busque por mera curiosidad como Herodes, sino con un corazón abierto. Despierta en mí el deseo sincero de conocerte, amarte y seguirte cada día con fe verdadera y humildad. Amén.
El texto nos confronta a responder de forma personal: la verdadera fe no busca espectáculos ni comodidades, sino una adhesión de vida y una transformación profunda del corazón.
El tetrarca Herodes se enteró de todo lo que pasaba, y estaba muy desconcertado porque algunos decían: “Es Juan, que ha resucitado” (Lc 9, 7).
La enseñanza central advierte sobre el peligro de una curiosidad superficial y el remordimiento de conciencia, contrastando el deseo vano de ver a Jesús sin un compromiso real de conversión.


