
Un sábado, iba Jesús caminando por medio de un sembrado y sus discípulos arrancaban y comían espigas, frotándolas con las manos. Por sentido común nos damos cuenta que en esta actitud de los discípulos, lo que prima es el hambre, no la observancia del sábado. Unos fariseos dijeron: “¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?”. Jesús, les recordó lo que hizo David, y sus compañeros cuando sintieron hambre, entraron en la casa de Dios, y se comieron el pan, que solo les era permitido comer a los sacerdotes. Debemos recordar que, en la tradición judía, se observaban 613 mandamientos y en la vida de los fariseos, el centro lo ocupaban el cumplimiento de la ley, y su religiosidad. En cambio, a través de este evangelio, nos damos cuenta que el centro es Jesús, que se declara como el Hijo del hombre, Señor del sábado.
El sábado está a nuestro servicio y no nosotros al servicio del sábado. Todos los días podemos hacer el bien. Y Jesús es el centro de nuestra vida. Es el ejemplo de la compasión, ternura y cercanía con la gente. Jesús con su actitud deja claro que lo que prima es el bien del hombre. Preguntémonos: En nuestra vida, ¿hemos dejado entrar a Jesús que es quien da sentido a nuestra vida? O, ¿estamos preocupados por el mero cumplimiento de cosas que nos vuelven fríos e indiferentes ante el dolor humano?
Señor Jesús, dueño de mi tiempo y de mi vida, enséñame a mirar con tu misericordia. Líbrame de juzgar a los demás con frialdad y llena mi corazón de amor verdadero para anteponer siempre el bien del prójimo a cualquier regla vacía. Amén.
Es necesario priorizar el amor, la misericordia y la dignidad humana por encima del cumplimiento rígido de las leyes y normas estructurales.
Después les dijo: “El hijo del hombre es dueño del sábado” (Lc 6, 5).
Jesús enseña que las leyes y normas religiosas están al servicio del ser humano y de su bienestar, no para oprimirlo.


