
Situados en el versículo 24 del capítulo 13 encontramos un relato particular: Jesús inicia su enseñanza del reino de los cielos con una parábola y en ella utiliza dos más en el centro de su contenido para ejemplificar y finalizar el relato explicando la narración con la que inició. En ese sentido, la intencionalidad es explicarnos la lógica del misterio de Dios. En primer lugar, nos recuerda que todo comienza poco a poco y de la disposición de la persona y sus decisiones, pues el juicio (separar la cizaña del trigo) en el terreno del reino le corresponde solo a Dios; ahora bien, ¿qué nos corresponde a nosotros? Es aquí donde entran las parábolas (mostaza y levadura) con algo en común: ambas nos hablan de confianza y esperanza, de la potencia y capacidad del reino para producir, dar frutos como algo propio de su naturaleza y no como un milagro; pues ambas –levadura y mostaza– hacen referencia a las cosas cotidianas, de la acogida de la vida; ambas incluyen trabajo y esfuerzo y es ahí donde entra la persona y sus decisiones; por tanto, hemos de tomar partido: acogerle o rechazarle, pues el misterio de Dios exige compromiso y dedicación, ya que cuando nos arriesgamos y apostamos por el don del Padre, el resultado es abundante. En el contexto sabemos que la mostaza es una planta invasiva, por eso, no se recomienda sembrarla cerca a los cultivos; en tres medidas de harina, con algo de levadura, es mucho el pan que se hace. Jesús quiere explicarnos el misterio del reino de los cielos que se hace presente en medio de las contingencias de la realidad humana y de la cual es preciso tener paciencia para discernir. Cuánto nos cuesta creer que la divinidad ha venido a mezclarse de nuestra humanidad para salvarla desde dentro, desde lo profundo; por eso, asemeja el reino con una pequeña semilla, cuya potencia es capaz de desencadenar todo un flujo de vida que alcanza un dinamismo insospechado; un poco de levadura es una medida mínima, capaz de transformar aquello que somos, hasta su máxima expresión. Va siendo hora que empecemos a entender que la grandeza de Dios se manifiesta a plena vista y que somos nosotros quienes muchas veces no nos decidimos. Es hora de dejar de pensar que la salvación que Jesús nos trae se gana a fuerza de apoteósicos eventos; comencemos por acogerla, vivirla y compartida en la sencilla alegría de quien sabe que todo es don y gracia.
¿Cómo percibo la acción de Dios en mi vida?
Espíritu Santo, tú que habitas en lo más profundo de nuestro ser, abre nuestros ojos a la presencia del Padre que a través de su Palabra nos revela el misterio de su amor. Tú que sabes aquello que necesitamos, ven y asístenos en el discernimiento de su voluntad. Amén.
Mantengámonos como trigo limpio en medio de un mundo mixto y conflictivo, evitando caer en la tentación de juzgar o destruir a los demás de forma apresurada.
“Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!” (Mt 13, 43).
El bien y el mal coexisten en el mundo, pero el juicio final y la justicia definitiva pertenecen exclusivamente a Dios.


