08 de marzo

Caminando con Jesús

Caminar con Jesús permitió a los discípulos experimentar, de primera mano, la compasión y la gracia de Dios en acción. Caminar con Jesús hoy, no debería ser diferente. Su compasión y su gracia siguen disponibles para quien quiera experimentarlas.

“Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”
(Juan 4, 5-42)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El relato de la Samaritana, correspondiente al Tercer Domingo de Cuaresma, coloca el itinerario que estamos viviendo en clave bautismal, experiencia central de la gran noche de vigilia pascual. El tema de la conversación de la Samaritana –que hace referencia al agua del pozo que aunque tome de él, vuelve a tener sed y el agua que ofrece Jesús de la cual nunca más se tendrá sed porque es eterna– vuelve la memoria del oyente al Antiguo Testamento y los relatos de la liberación del pueblo de Israel, gracias a las acciones de Moisés en que de vuelta a la tierra prometida habían atravesado el Mar Rojo, pero más aún los había sostenido en el arduo camino del desierto. Moisés les ofreció en el desierto el agua que les quitó por un momento la sed, pero es Jesús quien ofrece la verdadera agua viva: quien bebe de ella, no tendrá sed jamás. El lenguaje de comprensión para la Samaritana no es fácil de entender cuando ha estado habituada a llegar por el agua que calma la sed física pero no ha calmado su sed más profunda; de ahí su petición: “Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Precisamente la mujer corre el riesgo de tener que sacarla a la hora del sol para calmar su sed. La lógica del agua que calma la sed por un momento y el agua viva, permite a la Samaritana reconocer en Jesús a un profeta, del cual había escuchado, pero que en el fondo no lo conocía y ahora que le conoce, lo anuncia con viva voz e invita a otros para que como ella vivan su misma experiencia. El cántaro ya no es tan importante porque el Señor es el agua y el alimento que da vida eterna. La Palabra de hoy es la certeza de quien hace la experiencia en su corazón, no por lo que otros dicen sino por el testimonio de lo que la persona vive y experimenta, porque “un fuego ha encendido otro fuego” y la ha llevado al corazón del Maestro, es decir, al pie del pozo.

Reflexionemos:

En la experiencia de la vida, ¿qué pozos frecuento para calmar la sed de mi corazón? ¿Estos pozos calman mi sed física o espiritual? ¿El pozo de mi existencia me ha permitido encontrarme con el Maestro para después salir presurosa a anunciarlo a mis hermanos?

Oremos:

Señor Jesús, al mediodía de mi existencia, como la Samaritana, he tenido que salir a buscar el agua que calma mi sed. Haz que de camino pueda con mi corazón escucharte porque sé que me esperas al borde del pozo para purificar mi corazón. Dame de beber del agua que tú tienes para que nunca más vuelva a sentir sed. Descúbreme el misterio de tu inefable presencia, pues solo tú, tienes palabras de vida eterna. Amén.

Actuemos:

Que tenga la fuerza para ir a llevar tu Buena Noticia a mis hermanos, especialmente quienes están sedientos de la Palabra de Dios o no la conocen, para que la comparta con alegría y sencillez de corazón.

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