9 de octubre

“Quién es mi prójimo?”

(Lc 10, 25-37)

 

La lectura del Evangelio hoy presenta a un maestro de la ley que quiere poner a prueba a Jesús, por tanto, un hombre que conoce e intelectualmente tiene muy claro el principio de la Torá. Jesús también le conoce como maestro de la ley, de hecho, le pregunta: ¿que está escrito en la ley? Y la respuesta es perfecta: “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo”. Sin embargo, la segunda parte que viene colocada por el autor sagrado en el texto a raíz de una pregunta realizada por el maestro de la ley: ¿quién es mi prójimo?, la cual tenía una intencionalidad, la justificación del maestro de la ley, hace evidente la praxis del principio.
En labios de Jesús es colocada la parábola del buen samaritano, la cual hace evidente las actitudes de los tres personajes respecto de la caridad fraterna. El primero, un sacerdote, quien intelectualmente conoce y sabe muy bien el principio, “al verlo, dio un rodeo y pasó de largo”, es decir, amaba con la mente, pero le faltaba la voluntad para actuar. El segundo, un levita acostumbrado al rito le fue muy difícil ver en el hombre apedreado el misterio de lo que celebraba: “al verlo dio un rodeo y paso de largo”. Y el tercero, un samaritano, “al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino”; precisamente quien no sabía la ley, ni la practicaba coloca en movimiento todas sus facultades: corazón, alma, fuerzas y mente para salvarlo.

 

Reflexionemos: La vivencia de la vida cristiana y el seguimiento de la persona de Jesús aparentemente puede ser perfecto como el maestro de la ley, que sabe muy bien el principio, la regla de oro, pero en la práctica es más fácil vivir las actitudes del sacerdote y el levita, obligados al ritual de pureza y resulta incómodo el compromiso del samaritano, quien compromete todo su ser para vivir con entrañas de misericordia.

 

Oremos: Jesús Maestro, concédeme la gracia de vivir tu Palabra. De nada me sirve conocerla si no se hace vida. Es imposible testimoniarla si ella no me mueve a actuar con misericordia, ayúdame a ser coherente. Amén.

 

Actuemos: Cuando es tan evidente el dolor, el drama existencial de la humanidad que hoy rodea mi realidad, ¿qué actitud cultivo: la del sacerdote y el levita, “rodear y pasar de largo” o la del samaritano: “se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas”?

 

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