
La gente reconoce a Jesús y corre hacia Él llevando a los enfermos. Esa escena pone al descubierto a un pueblo que no se rinde ante el dolor, que cree que Dios puede cambiar la vida aun cuando parezca imposible. Hoy también caminamos por nuestras “aldeas” llenas de cansancio, enfermedades, heridas emocionales y luchas silenciosas. Jesús sigue pasando por nuestras casas, parroquias y calles, dispuesto a dejarse tocar. No exige explicaciones, solo un corazón que se abre. El borde del manto es símbolo de esa gracia que se derrama incluso en lo pequeño. San Miguel Febres Cordero, santo ecuatoriano a quién recordamos hoy, nos dice: “Educar es tocar el corazón para llevarlo a Dios”. Él entendió que sanar comienza cuando alguien se acerca con ternura. Nosotros también podemos ser ese “manto” que otros tocan para encontrar consuelo. Dios actúa cuando la comunidad acompaña, cuando no dejamos solos a quienes sufren y cuando aprendemos a reconocer las necesidades de quienes pasan a nuestro lado. Jesús sigue sanando a través de manos que se ofrecen, miradas que comprenden y presencias que abrazan la fragilidad del otro. Cuántas veces buscamos soluciones grandes cuando Jesús actúa en gestos sencillos. El borde del manto nos recuerda que basta acercarnos, aunque sea con una fe pequeña. La cercanía transforma más que muchas palabras. La comunidad creyente está llamada a ser signo de compasión concreta. Dios se deja encontrar por quien confía y se atreve a pedir ayuda.
¿Quién necesita hoy que yo me acerque para ser un signo del amor sanador de Cristo?¿Estoy dispuesto a dejarme tocar por Él en mi propia fragilidad?¿Cómo puedo ser “manto” que acompaña y sostiene, al estilo del santo Hermano Miguel?
Señor Jesús, haz mi corazón semejante al tuyo. Que en cada cosa que emprenda pueda experimentar tu amor y tu acción sanadora que me transforma desde dentro. Amén.
“Mi yugo es suave y mi carga ligera”.
El conocimiento de Dios se revela a los humildes, no a los soberbios.


