
Jesús nos llama a ser sal y luz, palabras sencillas, pero esenciales. La sal no se nota, pero cambia todo; la luz no hace ruido, pero transforma la oscuridad. Hoy, en un mundo donde abunda la indiferencia, la prisa, la violencia doméstica, las tensiones familiares, el cansancio emocional y la soledad profunda, Jesús nos dice que nuestra presencia —aunque pequeña— puede marcar una diferencia real. Cada día estamos rodeados de personas que han perdido el sabor de la vida: jóvenes sin rumbo, hogares divididos, adultos cargados de frustraciones, corazones que ya no esperan nada. Allí estás tú, no como héroe, sino como alguien que puede levantar, escuchar, animar, abrazar, iluminar. Muchas veces creemos que no hacemos suficiente, pero Jesús no nos pide ser faros gigantes; nos pide mantener encendida la pequeña luz que Él puso dentro de nosotros. La sal se vuelve insípida cuando dejamos que la rutina apague nuestra alegría, cuando permitimos que el rencor endurezca el corazón o cuando vivimos solo para nosotros. La luz se esconde cuando la vergüenza, la comparación o el miedo silencian lo que Dios ha sembrado en nuestra vida. Este evangelio nos invita a recuperar la sencillez de amar en lo cotidiano: una palabra amable, un perdón ofrecido, un gesto de servicio, una oración silenciosa por alguien que sufre. Allí sucede el Reino. Y Jesús sigue confiando en nosotros, incluso cuando creemos que nuestra luz es muy pequeña. Para Él, toda luz cuenta.
¿En qué lugar concreto de mi vida me está pidiendo Jesús que sea luz hoy? ¿Qué actitud o herida me está robando el “sabor” del Evangelio?
Haz, Señor, que mis obras den gloria al Padre. Que desde lo que cada día recibo de ti, pueda ser luz y sal para el mundo. Que, pese a las tormentas, nunca me canse de amar como lo haces tú. Amén.
"Ustedes son la luz del mundo"
Nuestra fe debe dar sabor y sentido a la existencia de los demás.


