
El texto del Evangelio nos invita a reflexionar sobre la actitud del hombre que se arrodilla y le dice: “Señor, ten compasión de mi hijo…”. Ante todo, es una actitud de adoración, de humildad, de reconocimiento que solo en Jesús se puede todo. “He traído mi hijo a los discípulos, pero no han podido hacer nada”. Cuántas veces frente al sufrimiento del otro, nos quedamos paralizados, indiferentes e incapaces de hacer algo. Jesús cuestiona nuestra forma de ser, nuestra poca fe. “Jesús increpó al demonio y salió del niño y, en aquel momento, se curó el niño”. La fuerza interior de Jesús logra dominar el mal, o sea, su fuerza liberadora, que es capaz de romper las llagas de la esclavitud, de la enfermedad. Es necesario creer, orar y pedirle al Señor nos aumente nuestra fe. Si tuviéramos fe como un grano de mostaza, cuánto bien podríamos realizar en el mundo. El Señor nos da los dones, nos fortalece espiritualmente, pero nosotros debemos cultivar esos dones con la oración, la Eucarística y su Palabra. El mundo necesita testigos capaces de volver la esperanza a la humanidad.
¿Mis actitudes, palabras acciones son coherentes como una persona que sigue al Señor? ¿Cuándo mi vida ha sido sanación para otros?
Señor Jesús, toma mi vida, llénala con tu luz y dame la gracia de convertirme de corazón, para poder ayudar a tantas personas que necesitan que las acompañe en el camino de su vida y les comunique la fuerza de tu palabra. Amén.
Cultivemos una fe viva y verdadera, superemos las dudas y confiemos en el poder de Dios ante los problemas difíciles de la vida.
“Porque ustedes tienen poca fe, les dijo. Les aseguro que, si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: ‘Trasládate de aquí a allá’, y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes” (Mt 17, 20).
El poder para superar los problemas más grandes viene de una fe sincera y viva en Dios, la importancia de confiar en Él en lugar de nuestras propias fuerzas. Sin duda una fe muy pequeña puede lograr lo imposible.


