
Los escribas y los fariseos, eran un grupo religioso, cerrado y legalista de aquel tiempo, conocían muy bien la ley, pero no la compasión y misericordia, estaban al acecho de Jesús, para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo. Estamos ante Jesús, enseñando en la Sinagoga y siendo espiado por los escribas y fariseos, para ver si curaba a alguien y así poder acusarle. No les importa las personas, sino acusar a Jesús. Jesús les confronta delante de todos con esta pregunta concreta y clara: “¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien, ¿o hacer el mal? ¿salvar a uno o dejarlo morir?”. A Jesús que conoce los pensamientos, le importa curar al hombre que tiene la mano paralizada y delante de todos le invita a levantarse, ponerse en medio y extender su mano que al instante, queda curada. A Jesús, le importan más las personas que la ley.
Jesús al confrontar a los escribas y fariseos, no enseña la importancia de ir más allá del puro cumplimiento de normas y leyes que, en lugar de ayudar a las personas, les hacen más difícil su camino. El legalismo asfixia. Preguntémonos: ¿Tenemos presente que, en nuestro diario vivir, lo que prima son las personas más que las cosas y leyes que pueden entorpecer el que hagamos el bien?
Señor Jesús, levántame del miedo y ponme en tu presencia. Sana la parálisis de mi corazón y de mis manos para no dudar en hacer el bien. Dame la fuerza de extender mi vida hacia los demás con amor, más allá de toda norma. Amén.
Es necesario poner el amor, la compasión y la defensa de la vida por encima de las normas rígidas o el legalismo religioso.
Los escribas y los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si curaba en sábado, porque querían encontrar algo de qué acusarlo (Lc 6, 7).
Hacer el bien y mostrar misericordia es siempre la prioridad máxima.


