
Hoy celebramos la solemnidad del Corpus Christi, donde reconocemos la presencia viva de Jesucristo en la sagrada Eucaristía, fuente y culmen de nuestra fe, fuente de vida para la Iglesia, prenda de bendición y salvación para toda la humanidad. El mismo Jesús afirma: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6, 51). El Señor Jesús, se ha hecho alimento verdadero, y en el misterio del sacramento del altar nos da su cuerpo y sangre que al recibirlo nos hace participes de su don divino, Él, nos sumerge en su misterio de amor. Comer, alimentarnos de su cuerpo y de su sangre, es vivir de Dios y dejar que Dios viva en nosotros. Porque nos dice Jesús que: “Nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae”. El Padre siempre toma la iniciativa, y, a través del dinamismo interior, generado por el Espíritu Santo fuente perenne del amor, nos une al Hijo, para llegar a ser pertenencia mutua y hacer de nosotros una comunidad de discípulos que también en la vida cotidiana se ofrecen a sí mismo como hostia santa, agradable a Dios. Quien come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él. Comulgar con Cristo, es vivir en Él, es sentirnos habitados por su presencia que no tiene fin. En la Eucaristía, Cristo se ha hecho don para la humanidad y comulgar con Él, nos compromete a hacer de nuestra vida un don para los demás, porque en nosotros habita Dios en su totalidad.
Creo que todos hemos experimentado la fuerza del amor divino y al comulgar sentimos que el corazón se llena de tanto amor que nos hace trascender, nos llena de paz, nos da claridad para discernir nuestras opciones y nace el deseo de responder con frutos de amor a todo el bien que el Señor nos da. Preguntémonos: ¿vivo y participo en cada Eucaristía con el deseo ardiente de total pertenencia al Señor?
Jesús Maestro, concédeme comulgar con tu cuerpo y tu sangre que consagras en el altar, para que también yo pueda dar lo mejor de mí y no sea indiferente ante las realidades de aflicción que vive el mundo. Amén.
Amor y respeto por el misterio que guarda el sacramento de la Eucaristía.


