
El texto que cierra el capítulo nueve nos presenta a Jesús en plena actividad: enseñando en las sinagogas, anunciado el Evangelio del reino y curando enfermedades y dolencias. Como hemos leído en los capítulos anteriores, esta vez el signo del mal está representado en el endemoniado mudo que corta toda comunicación y comunión. Se nos dice, además, que es aquello que mueve a Jesús desde dentro y esto es la compasión; es decir, el atributo por excelencia de Dios. “Él es el compasivo y misericordioso” que fija su mirada en la vulnerabilidad y fragilidad de quienes por la lógica humana sufren la marginalidad y sufrimiento. Lo curioso es que mientras los pequeños se alegran de la Buena Nueva al ser testigos de cómo obra el reino, los sabios y entendidos se cierran al don de Dios. El anuncio del reino es una lucha constante entre acogidas y rechazos, especialmente por aquellos que menos esperamos. Jesús lo experimentó en carne propia y nos invita en primer lugar, a no desanimarnos y, a su vez, unirnos a su oración para que el Padre “envíe obreros a su mies”. Las necesidades de la humanidad son muchas, y es por ello que también nosotros los que hemos acogido con alegría el mensaje, estamos llamados a ser testigos de su acción transformadora y la mejor manera es unirnos a la oración de Jesús al Padre para que “envíe trabajadores”, pues la mies es abundante y no podemos permitir que no llegue a quienes más la necesitan o peor aún, se pierda.
¿Cómo me vinculo a la acción sanadora del reino en medio de mis realidades cotidianas?
Espíritu Santo, tú que eres la fuerza divina del amor, concédenos la gracia de alimentarnos de la Palabra de Vida, para que, desde ella, podamos renovar nuestras fuerzas en el servicio a quienes más nos necesitan. Que las dificultades no sean obstáculos para servir con fe y alegría. Amén.
Jesús profundamente compasivo ante las multitudes heridas y desamparadas, nos desafía a pasar de la indiferencia a la acción.
Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Mt 9, 37-38).
El sufrimiento humano exige una respuesta activa basada en la compasión, la oración y la acción comunitaria, contrastando la cerrazón de los críticos con el corazón pastoral de Jesús.


