
Jesús invita a sus discípulos a seguirlo a través de la cruz: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga” (v. 24). Contra toda lógica humana, la cruz no implica desventura, desgracia que hay que evitar a toda costa, sino la oportunidad de acompañar a Jesús en su victoria. Es la invitación a asumir también las cruces de la enfermedad, de la muerte de seres queridos, de la persecución, de tantas dificultades que pasamos a diario. Ver el sentido como medio de redención nos ayuda a saberla llevar con alegría, sintiendo que Jesús está con nosotros y nos ayuda a llevar nuestras cruces cotidianas. En la actualidad el mundo no acepta el dolor, el sufrimiento, la muerte, sino que busca “sedantes” para apartarse de ella. A veces creemos que teniendo dinero y la fama podemos compararlo todo; sin embargo, el Evangelio es tajante: ¿De qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? Es necesario pedirle al Señor que amemos la cruz, sintamos que ella nos santifica; que seamos conscientes que cuando la asumimos y la ofrecemos, estamos ayudando al mundo a cambiar, a buscar la verdadera felicidad, a encontrarle el sentido a la vida.
¿Cómo estoy llevando mis cruces cotidianas?, ¿con amor o renegando de ellas?
Señor Jesús, aquí estoy ante ti, postrado ante tu presencia. Dame la fuerza para llevar mis propias cruces: la de la soledad, la indiferencia, la enfermedad, el duelo y tantas otras que solo tú conoces. Ayúdame a unir mis pequeños sufrimientos a tu pasión, confiando siempre en que tu gracia es suficiente para mí. Amén.
El llamado del Señor define el verdadero estilo de vida del discípulo basado en su entrega total por amor.
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16, 24).
El verdadero discipulado exige una entrega radical motivada por el amor, donde el egoísmo debe morir para alcanzar la vida eterna.


