
Este pasaje narra la aparición del Resucitado a María Magdalena; este es, sin duda, uno de los encuentros más personales y profundos del Evangelio. María Magdalena, que permanece junto al sepulcro llorando, revela que es el amor que la mantiene allí cuando los discípulos ya se han ido; estando allí, ella ve a dos ángeles, pero su dolor le impide comprender. Solo se centra en un lamento: “Se han llevado a mi Señor”. El texto muestra que la fe pascual nace dentro de una experiencia de pérdida y búsqueda sincera. En el encuentro con el Resucitado, María Magdalena no lo reconoce plenamente, solo hasta cuando escucha mencionar su propio nombre cargado de afecto. Ese es su divino Maestra. Ya no había duda: Él era Jesús. María intenta retenerlo, pero Jesús le dice: “No me retengas”, indicando que la relación ahora será distinta: ya no será física como antes, sino basada en la fe y en el Espíritu. El Señor envía a María Magdalena a anunciar la Buena Noticia. Por eso, la tradición la llama: “apóstol de los apóstoles”. ¿Cuántas veces también nosotros, como María nos hemos sentido deprimidos, trastornados, por los hechos que se arremolinan violentamente en nuestra vida? Es precisamente en estos momentos cuando Dios está más cercano a nosotros, ansioso de donarnos el consuelo de su abrazo y su Resurrección. Este texto muestra el paso del llanto a la alegría; de la búsqueda, al encuentro y del apego, a la misión gozosa.
La resurrección no es solo un hecho, sino una experiencia personal: ¿Siento a Cristo que me llama por mi nombre y me envía a anunciar al mundo la Buena Noticia del Evangelio? ¿Escucho a Jesús llamándome personalmente en mi oración, en los acontecimientos, o en la voz de los demás?
Señor Jesús, tú que llamaste a María Magdalena por su nombre y le encomendaste una misión, ayúdame a comprender que también me llamas a una misión. Pronuncia mi nombre, Señor para que al escuchar tu voz pueda responderte con fe, reconociendo que estás vivo y que tu resurrección restaura mi dignidad y mi esperanza. Amén.
Comparto con otros la alegría de mi fe.


