06 de mayo

Caminando con Jesús

Caminar con Jesús permitió a los discípulos experimentar, de primera mano, la compasión y la gracia de Dios en acción. Caminar con Jesús hoy, no debería ser diferente. Su compasión y su gracia siguen disponibles para quien quiera experimentarlas.

“El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante”
(Jn 15, 1-8)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

En el capítulo 15 del Evangelio según san Juan seguimos en el ambiente de la última cena. Jesús continúa hablando a sus discípulos en ese clima de despedida, donde cada palabra tiene un peso especial. Después de prometer el Espíritu y de regalar su paz, ahora utiliza una imagen sencilla, tomada de la vida cotidiana de su pueblo: la vid y los sarmientos. En una cultura donde la viña era símbolo del pueblo de Israel, esta comparación toca algo muy profundo en el corazón de quienes lo escuchan. Jesús afirma con claridad: “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador”. Él se presenta como la fuente de la vida, y nosotros como los sarmientos que solo pueden dar fruto si permanecen unidos a la vid. La clave del texto es la palabra “permanecer”. No se trata de un contacto ocasional, sino de una comunión constante. Separados de Él, dice Jesús, no podemos hacer nada. El Padre, como viñador, poda los sarmientos para que den más fruto; es decir, purifica, corrige y fortalece para que la vida sea más fecunda. El fruto del que habla el Evangelio es la vida transformada por el amor, una vida que refleja el estilo de Jesús. Para nosotros hoy, esta imagen es muy iluminadora. En medio de tantas actividades y responsabilidades, podemos olvidar de dónde viene nuestra fuerza. Jesús nos recuerda que la fecundidad no depende solo de nuestro esfuerzo, sino de nuestra unión con Él. Permanecer en Cristo significa dedicar tiempo a la oración, escuchar su palabra, vivir en su amor. Y también aceptar esos momentos de “poda” que, aunque duelen, nos ayudan a crecer. Si estamos unidos a la vid, nuestra vida dará frutos: fruto de paciencia, de servicio, de esperanza. Y así, el mundo podrá descubrir, a través de nosotros, la vida que viene de Dios.

Reflexionemos:

1. ¿Cómo estás cultivando tu unión con Jesús para permanecer en Él en medio de tu vida diaria? 2. ¿Qué “podas” estás llamado a aceptar hoy para dar más fruto en el amor?

Oremos:

Señor Jesús, quiero permanecer unido a ti como el sarmiento a la vid y recibir de ti la vida que necesito. Ayúdame a buscarte en la oración y a vivir en tu amor cada día. Dame la humildad para aceptar las podas que purifican mi corazón para que mi vida dé fruto de paciencia, servicio y esperanza y así pueda reflejar tu amor en todo lo que soy y hago. Amén.

Actuemos:

Asumo la responsabilidad de vivir como un verdadero discípulo para que, con mi vida y frutos, el Padre sea glorificado.

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