6 de Junio

San Norberto, obispo
Hch 22, 30; 23, 6-11 / Sal 15, 1-2a. 5. 7-11 / Jn 17, 20-26.
Feria o ML. Blanco.

“Que lleguen a la unidad perfecta”

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: “No te ruego solo por ellos, sino también por los que van a creer en mí por medio de su palabra, para que todos sean uno. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que tú me has dado, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que alcancen la unión perfecta y para que el mundo sepa que tú me enviaste y que los amaste como me amaste a mí. Padre, quiero que donde yo esté estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me amaste desde antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te conoció, pero yo te conocí y estos reconocieron que tú me enviaste. Yo les di a conocer tu nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que amaste esté en ellos y yo en ellos”.

Hay que afirmar que la unidad que pide Jesús a los creyentes no será posible si en el corazón de los discípulos de Jesús no está el amor de Dios. Si lo que buscan los discípulos de Jesús es el poder, el prestigio o los beneficios que se pueden sacar de la organización eclesial y de la vida cristiana, entonces, la comunidad se volverá un grupo lleno de rivalidades, de luchas de poder, de afanes de gloria y de prestigio. Si, por el contrario, lo que prima es conocer el amor de Dios, vivir de él y seguir el ejemplo de Cristo, el poder y el dinero, el prestigio y el placer no serán obstáculos para la unidad, porque no serán los criterios que guían a los discípulos de Cristo en su comportamiento, sobre todo si tienen cargos de importante responsabilidad en la Iglesia de Cristo.

¿Qué nos impide ser instrumentos de unidad y de concordia?