
En el Evangelio de hoy nos encontramos con un personaje que por su gesto de humildad, generosidad y despojo conmueve el corazón de Jesús, quien se encuentra sentado frente al lugar de las ofrendas en el Templo de Jerusalén, instruyendo a la gente. Una viuda pobre que echa en el tesoro del templo unas pocas monedas atrae su atención. Con autoridad, Jesús denuncia el comportamiento de los escribas, denuncia su hipocresía frente a normas que ellos mismos no están dispuestos a cumplir: “¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes”. Es una denuncia fuerte que hace Jesús contra las autoridades religiosas; ya que ellos valiéndose de su liderazgo religioso, imponen obligaciones a la gente sencilla con el objetivo de recaudar fondos para llenar sus propios bolsillos, pero no les importa las necesidades de las personas, en este caso, lo que pudiera pasar con la viuda que dio todo lo que poseía y seguramente se quedaba sin dinero para su sustento. Jesús nos deja claro que las personas que se encuentran en estado de vulnerabilidad gozan de un cuidado y atención particular por parte de Dios. El Señor posa su mirada en el corazón de las personas y no en las apariencias.
Algo que me parece importante que resaltemos el día de hoy, es el valor que tiene para nosotros el templo como lugar de encuentro con Dios y con los hermanos. Ya que es un lugar de comunión fraterna y a donde vamos no solamente llevando nuestras necesidades particulares, sino que celebrando ese misterio de la pasión muerte y resurrección de Cristo, llevamos en oración las necesidades del mundo. Preguntémonos: ¿Cuándo doy mi ofrenda, lo hago con sinceridad de corazón y reconozco que es un don de Dios destinado a ayudar a otros hermanos que pasan necesidades?
Dios Padre creador, me pongo en tus manos y me abandono con todo lo que soy, con todo lo que vivo y todo lo que poseo. Aumenta mi fe para reconocer en tu Hijo Jesucristo, el templo vivo en el que tú nos sanas y salvas. Amén.
Trabajar mis afectos, ser más generoso y fraterno en la ayuda que ofrezco a los demás.


