
Este evangelio es realmente revolucionario: Jesús, que es Camino, Verdad y Vida, nos enseña lo esencial como verdaderos hermanos: la solidaridad y la compasión con quien está necesitado. Jesús va a un lugar desierto para descansar un poco de su intensa actividad apostólica, y cuando llega, encuentra una muchedumbre necesitada que lo espera. Al verlos siente compasión porque están como ovejas que no tienen pastor, y aun estando cansado se pone a enseñarles con ternura y amor. Al atardecer, los discípulos preocupados por lo que les tocará hacer, piden a Jesús que los envíe a buscar comida. Y Jesús sabiendo cómo solucionar la situación, quiere involucrar a sus discípulos diciendo: “Denles ustedes de comer… ¿cuántos panes tienen?”. Su enseñanza es clara, la solidaridad no es dar oportunidad para que quien necesita resuelva su problema; es identificarse con su necesidad sintiendo su problema como propio y ocupándose con él, en encontrar la solución. Ante una sociedad sedienta de pan, paz, dignidad, sentido de la vida, y tanta necesidad de Dios, Jesús nos grita: ¡Abran sus ojos y su corazón, ayuden a sus hermanos!
¿Qué estamos haciendo ante esta realidad? Jesús prioriza el hambre de la gente y pide a los doce que les den de comer; y nosotros ¿a que damos prioridad? ¿Somos solidarios?
Buen Jesús, que sientes compasión por la multitud hambrienta, danos un corazón sensible y compasivo. Ayúdanos a unirnos con acciones concretas que respondan a las necesidades de nuestros hermanos. Amén.
Hoy trato de descubrir cuáles de mis vecinos tienen mayor necesidad y me acercaré a ellos para apoyarlos.
“¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?” Él les contestó: “Denles ustedes de comer”.
Hoy como ayer, el Señor nos sigue invitando a implicarnos, a ponernos en movimiento, a no permanecer indiferentes ante las necesidades de nuestros hermanos (San Juan Bosco).


