
Hoy la liturgia nos presenta la fiesta de la Transfiguracion del Señor, donde Jesús sube a la montaña, el lugar de la contemplación, de la revelación, y se escuchó una voz desde la nube que decía: “Este es mi Hijo amado, mi predilecto. Escúchenlo”. Pero hay otros elementos que me gustaría que tuviéramos en cuenta: se lleva aparte a tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan. El subió con ellos a un monte alto, y allí ocurrió este singular fenómeno: el rostro de Jesús “se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (v. 2). De tal manera el Señor hizo resplandecer en su misma persona la gloria divina, que se podía percibir con la fe su predicación y sus gestos milagrosos. Y la transfiguración es acompañada, en el monte, con las apariciones de Moisés y Elías, “que conversaban con Él” (v. 3). La “luminosidad” que caracteriza este evento extraordinario simboliza un objetivo central: iluminar las mentes y los corazones de los discípulos para que puedan comprender claramente quién es su Maestro. Estamos también nosotros llamados a vivir una profunda experiencia espiritual, de oración que nos lleve a ser testigos del amor misericordioso de Dios por la humanidad. A sentir el amor del Señor y su predilección por cada uno de nosotros, un amor que nos sana y libera haciéndonos comunicar la belleza del Evangelio.
Saquemos un tiempo de oración para experimentar que estamos en brazos de Jesús y sentir que Él nos ama con la realidad que somos.
Espíritu Santo, ven a mi vida y sana mis heridas. Dame la gracia de sentirme profundamente amado (a) por el Señor, siendo consciente que solo su amor puede llenar mis vacíos y darme la paz que tanto necesito. Amén.
Escuchemos a Jesús en su Palabra, bajemos de nuestro propio monte para enfrentar la realidad y superemos el miedo al servir.
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo” (Mt 17, 5).
La Transfiguración es la revelación de la divinidad de Jesús como el Hijo amado de Dios y el llamado supremo a obedecer su palabra, acompañados de su cercanía que disipa el miedo humano.


