
El Evangelio que acaba de resonar en nuestros oídos nace de un encuentro tenso. Un maestro de la ley se acerca a Jesús, no para aprender, sino para ponerlo a prueba. Ante la pregunta sobre cómo alcanzar la vida eterna, Jesús lo remite a la Escritura, y el maestro responde de memoria: “amar a Dios y amar al prójimo”. Pero buscando justificarse, hace la pregunta clave: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús no le responde con una definición teórica de diccionario; le responde con una historia viva, una parábola que nos invita a ponernos en el lugar de los personajes. Imaginemos la escena por un momento. Pongámonos en los zapatos o en la piel desnuda de aquel hombre asaltado, despojado de todo, herido y abandonado a su suerte en el camino de Jericó. Pasa el primer personaje, un sacerdote. Ve al hombre, pero da un rodeo y pasa de largo. Pasa el segundo personaje, un levita, un hombre dedicado al templo. También lo ve, da un rodeo y se va. ¿Qué siente el hombre que está tirado en el camino? Siente abandono, impotencia y desolación. Ve cómo sus únicas oportunidades de salvarse le dan la espalda. A veces, los dolores más grandes no son por las heridas del asalto, sino por el frío de la indiferencia de quienes deberían ayudar. Cuando todo parecía perdido, aparece un tercer personaje: un samaritano. Para los judíos de la época, los samaritanos eran vistos con desprecio, considerados alejados de Dios. Sin embargo, este hombre ve al herido y, a diferencia de los otros, se mueve a compasión. La compasión no es un simple sentimiento de lástima que se queda en palabras; es una fuerza que transforma la realidad. Miremos el camino de la misericordia que recorre el samaritano a través de sus acciones: se acercó, es decir, rompió la distancia y el prejuicio. Curó sus heridas, aplicó aceite para aliviar el dolor y vino para desinfectar, usando lo que tenía a la mano. Lo montó en su propia cabalgadura, es decir, cedió su comodidad para cargar con el peso del otro. Lo llevó a la posada y lo cuidó. Quiere decir, que invirtió su tiempo y su presencia. Pagó y prometió volver. Puso de su dinero y asumió la responsabilidad del futuro de aquel desconocido. Al terminar la historia, Jesús le devuelve la pregunta al maestro de la ley: “¿Quién de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?”. La respuesta fue clara: “El que tuvo misericordia de él”. Y Jesús nos dice hoy a cada uno de nosotros: “Ve y haz tú lo mismo”.
¿Con cuál de los personajes me identifico más? ¿Soy de los que ven la necesidad del otro y dan un rodeo para no complicarse la vida, o me detengo a sanar, cuidar y acompañar?
Señor Jesús, Maestro Divino, te pido que me regales un corazón sensible, que sea capaz de sentir las necesidades de mis hermanos. Ayúdame a ser misericordioso con quien más lo necesite. Amén.
ELa intención del mandato de Jesús no está en saber quién es tu prójimo, sino en convertirte tú en el prójimo de todo aquel que encuentres en el camino.
En el documento Fratelli Tutti Nº 69, el Papa Francisco hace un llamado concreto: “Caminamos en medio de tantos heridos que nos interpelan... Cada día nos enfrentamos a la opción de ser buenos samaritanos o ser viajeros indiferentes que pasan de largo”.
La parábola del Buen Samaritano nos enseña que el prójimo no es quien ya está cerca de nosotros por simpatía o cultura, sino aquel a quien nos acercamos cuando nos necesita. Nos invita a pasar de la religión de las palabras a la fe de las acciones.


