
En el capítulo 14 del Evangelio según san Juan seguimos escuchando a Jesús en la última cena. Es un momento de despedida, de confidencias profundas. Él sabe que se acerca la hora de la cruz y que sus discípulos quedarán desconcertados. En ese ambiente cargado de emoción, Jesús pronuncia una promesa que atraviesa los siglos: “La paz les dejo, mi paz les doy”. No es una frase dicha al pasar; es el testamento espiritual de quien ama hasta el extremo y quiere sostener a los suyos en la prueba que viene. Cuando Jesús habla de su paz, aclara algo muy importante: “No se la doy como la da el mundo”. La paz que ofrece no es simple ausencia de problemas, ni tranquilidad superficial. Es la paz que nace de su unión con el Padre, la paz que permanece, incluso, frente al sufrimiento. Por eso puede decir: “No se turbe su corazón ni tenga miedo”. Además, anuncia que va al Padre y que el “príncipe de este mundo” no tiene poder sobre Él. Con esto afirma que su pasión no es derrota, sino obediencia amorosa y victoria. Todo sucede para que el mundo comprenda que Él ama al Padre y cumple su voluntad. Para nosotros hoy, esta palabra es profundamente actual. También vivimos en medio de inquietudes, noticias que preocupan, decisiones difíciles, temores por el futuro. Y Jesús nos repite: “Mi paz les doy”. Nos invita a acoger una paz que no depende de que todo esté resuelto, sino de saber que estamos en manos del Padre. Esa paz se cultiva en la confianza, en la oración, en la certeza de que el mal no tiene la última palabra. Si dejamos que Cristo habite nuestro corazón, podremos ser también sembradores de paz en nuestra familia, en nuestra comunidad y en cada lugar donde la vida nos lleve.
1.¿Dónde necesitas hoy acoger la paz que Jesús te ofrece en medio de sus inquietudes? 2.¿Cómo puedes convertirte en sembrador de esa paz en tu familia y comunidad?
Señor Jesús, recibo la paz que tú me ofreces y la acojo en lo profundo de mi corazón, aunque muchas veces viva inquieto; quiero confiar en tu presencia que me sostiene. Enséñame a descansar en el amor del Padre y a creer que el mal no tiene la última palabra. Transforma mi vida con tu paz para vivir con serenidad en medio de las dificultades y hazme instrumento de tu paz llevando esperanza a los demás. Amén.
Me comprometo a ser un agente de paz en mi entorno, actuando con la serenidad que nace de la fe, incluso en medio de las pruebas.


