
El texto de la Palabra escuchado en la narración de la parábola del evangelista san Lucas, advierte que es una respuesta dirigida a los fariseos. En medio de esa realidad contextual propia de la época, el misterio de la Palabra hoy nos confronta y nos hace preguntarnos a nosotros mismos en quién ponemos nuestra confianza: ¿en el Señor?, ¿en nosotros? La contraposición entre el hombre rico que se vestía de púrpura y el mendigo, de quien de entrada conocemos su nombre –Lázaro–, nos coloca al final de la vida de cada uno de ellos. En el momento de morir le es destinado a cada uno el lugar de la vida eterna: a Lázaro, el gozo de estar junto a Abrahán, y al rico un lugar lleno de tormentos, donde reconoce en primer lugar la necesidad de aliviar la sed que experimenta, pero a la vez busca advertir a los suyos para que cambien su corazón y no vayan a parar a ese triste lugar. Sin embargo, la enseñanza de Jesús nos remite a la escuela profética quien ha enseñado el camino de relación con Dios a través de la ley. Y tal vez lo que para el rico era posible, no lo es para Jesús, así resuciten los muertos, porque el secreto de la fidelidad con Dios en la vida es la escucha: esta actitud prepara y dispone el gozo de la vida eterna. En este sentido en la vivencia de la vida cristiana muchas veces esperamos profesar lo extraordinario para creer, pero olvidamos que lo cotidiano y más cercano a nuestra vida es lo que transforma nuestras acciones para vivir conforme al proyecto eterno del Padre. En nuestro camino de vida cristiana nos acostumbramos a estilos de vida que enceguecen la mirada o embotan el corazón y no nos permiten en vida, vivir experiencias que conviertan nuestro corazón de piedra en un corazón de carne.
¿Qué actitudes de vida le doy más importancia en mi vida? ¿Las actitudes del hombre rico que come y bebe pensando en sí mismo o las actitudes como las de Lázaro, quien manteniéndose en el umbral de la puerta ofrece todo padecimiento o dolor por su propia santificación?
Señor Jesús, en mi camino de vida cristiana intento con mis palabras y acciones profesar mi fe en ti y seguirte de corazón, sin embargo, mis acciones no siempre están tan cercanas a mi fe, porque mi corazón permanece lejos de ti. Ayúdame a ser misericordioso con los demás para ser digno merecedor del cielo. Amén.
En la práctica de mi vida cristiana, busco privilegiar obras de caridad que me acerquen a realidades duras y dolorosas como las de Lázaro, no buscando mi propio bienestar, sino el bienestar de los demás.


