
Nuestro camino de fe como cristianos nos exige estudiar, conocer, profundizar y hacer vida el mensaje de las Sagradas Escrituras. Hoy nos encontramos con un texto muy corto pero que nos abre al misterio profundo de la presencia de Dios entre nosotros. Nos sorprende la manera como inicia el Evangelio diciendo que mientras Jesús enseñaba en el templo, preguntó: “¿cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David?”, si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo? Una pregunta que toca fibras, ya que Jesús con la autoridad que ha recibido del Padre manifiesta su don que es superior al de David. Pues todos esperaban un mesías con las características de la lógica humana, pero no de procedencia divina. Jesús habla de Él como el Hijo de Dios, y mientras les habla de su naturaleza divina, va dejando claro que es el Mesías, el Hijo del Dios vivo, que ha tomado nuestra carne y nos une al Padre en el vínculo del amor, a través del don del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones el día de nuestro bautismo y por tanto, el Cristo es el mismo Dios.
Cuando somos asiduos a la lectura del Evangelio, podemos sentir como el espíritu divino va actuando en nosotros y nos abre a la comprensión de lo que el mismo Cristo va sanando y obrando en nuestro interior. Preguntémonos ¿creo con sinceridad que la Palabra de Dios tiene el poder para transformar y sanar las heridas de mi corazón? ¿Cómo anuncio con mi vida que Jesús es el Hijo de Dios y que soy pertenencia de Él?
Señor Jesús, concédeme el don de tu Santo Espíritu, para que en mi corazón te acoja y acepte como mi Dios y Señor, como aquel que ha venido al mundo para darnos a conocer el amor y la misericordia del Padre que siempre está con nosotros y nunca nos abandona. Amén.
El compromiso para hoy es iniciar cada nuevo día escuchando la Palabra de Dios que ilumina mi vida.


