
Jesús sale de las fronteras de Israel y se encuentra con una mujer extranjera que clama por la salud de su hija. Dentro de la cultura judía, era imposible la relación de un judío con otra cultura, sin embargo, la mujer da el paso y rompe fronteras. La cananea reconoce en Jesús al único Señor y cree que una sola palabra suya puede transformar la vida de su hija. La actitud de la mujer se mantiene siempre fuerte, no se rinde ante su súplica, y con humildad le suplica: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”. La mujer sigue insistiendo por su hija. Al final, Jesús exclama: “¡Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. La verdadera fe no consiste solo en pedir, sino en confiar, incluso, cuando Dios parece callar o cuando las respuestas no llegan de inmediato. La fe madura persevera, espera y sigue creyendo. La actitud de la mujer produce el milagro y, finalmente, queda curada su hija. La mujer rompe las fronteras culturales y Jesús se abre también a otras culturas, donde el reino de Dios es para todos, donde el mensaje es universal y va más hayas de las divisiones territoriales. El texto nos invita a ser perseverantes, a sentir que en el Señor todo se puede, a dialogar con Él y escuchar sus palabras.
Hoy el Evangelio nos pregunta: ¿Cómo reaccionamos cuando nuestras oraciones parecen no ser escuchadas?
Señor Jesús, tú que me conoces realmente, con mis virtudes y defectos, dame una fe como la de la mujer cananea, para que sea capaz de vencer los obstáculos que la vida me presente, me acerque a ti con confianza, y crea que para ti todo es posible. Amén.
Vivamos una fe firme, perseverante y abierta a todos.
Entonces Jesús le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!”. Y en ese momento su hija quedó curada (Mt 15, 28).
La perseverancia en la oración, la humildad profunda y la universalidad de la salvación de Dios.


