
El texto de hoy relata el descubrimiento del sepulcro vacío y el inicio de la fe Pascual en el Evangelio de Juan. Se nos dice que muy temprano, cuando aún estaba oscuro, María Magdalena va al sepulcro y ve la piedra removida. Todavía estaba oscuro: esta oscuridad simboliza que aún no comprenden plenamente los acontecimientos que han sucedido. Lejos de pensar que Jesús había resucitado, María interpreta inicialmente el hecho como un robo y corre a avisar a Simón Pedro y al “discípulo amado”. Indicando que la fe comienza con una búsqueda inquieta, Pedro y el otro discípulo corren. El “discípulo amado” llega primero, pero deja entrar inicialmente a Pedro. Encuentran que los lienzos están colocados ordenadamente y el sudario aparece enrollado aparte. Estos signos sugieren que no hubo robo ni prisa: la escena apunta a un acontecimiento extraordinario. San Juan nos presenta la resurrección como un camino de fe que va desde la oscuridad a la luz, del desconcierto a la confianza, y del signo visible (sepulcro vacío) a la fe interior. Para descubrir y reconocer a Cristo resucitado, ya no basta mirarlo con los mismos ojos de antes. Es preciso entrar en una óptica distinta, en una dimensión nueva: la de la fe.
¿Me dejo interpelar por esta Palabra para contemplar los signos de Dios y permitir que mi corazón se abra a una fe firme y verdadera? ¿Qué representa para mí el sepulcro vacío: una duda angustiante o la confirmación de la victoria de la vida sobre la muerte?
Señor Jesús, concédeme la prontitud de Pedro y de Juan para correr hacia ti. Que mi fe no se detenga ante las apariencias de derrota, sino que aprenda a ver más allá de los lienzos y el sudario. Dame la fe y la valentía para ser tu testigo y llevar tu Evangelio a todas partes. Amén.
Busco a Jesús no entre los muertos (rutina, desánimo), sino donde hay vida, esperanza y amor compartido.


