
Los fariseos cumplidores y fieles observantes de la ley, se sorprenden al ver que los discípulos de Jesús no ayunan, mientras que los discípulos de Juan, y también los discípulos de los fariseos sí ayunan y oran. Por eso se atreven a decir a Jesús: tus discípulos en cambio comen y beben. El ayuno de los discípulos de Juan Bautista tiene sentido porque es con miras al Reino que viene, y la respuesta que da Jesús a los fariseos, se comprende teniendo presente que Jesús es la presencia viva del Reino, y está ahí en medio de sus discípulos, él es la figura del novio, la figura de la Nueva Alianza. Y les anticipa que llegará el día en que se les arrebatará el Novio, entonces será ahí cuando ellos ayunen, y así podríamos comprender el ayuno, no solo como sufrimiento por su ausencia, sino también como una actitud de esperanza en que el Novio, es decir Jesús, resucitará.
El Papa Francisco, decía: “Si vamos por el camino de Jesús, es para hacer algo, esta es la misión”. Es una secuencia que se repite también cuando vamos a orar; nuestra oración debe tener estos tres momentos: La escucha de su Palabra, estar dispuestos a dejar algo y alabar a Dios. Si bien el ayuno de alimentos, nos ayudan a solidarizarnos con quienes pasan hambre, no debemos olvidar hacer ayuno de lengua, es decir, de criticar, calumniar y murmurar dañando la fama del prójimo.
Señor Jesús, danos un corazón nuevo y abierto a tu gracia. Que no nos quedemos aferrados a lo viejo, sino que sepamos recibir tu alegría como un vino nuevo en nuestra vida, listos siempre para celebrar tu presencia y caminar contigo cada día. Amén.
Dejemos atrás las viejas estructuras religiosas basadas solo en normas rígidas y tristeza.
“¡A vino nuevo, odres nuevos!” (Lc 5, 38).
A través de la metáfora del novio, los vestidos y los odres nuevos, se explica que la gracia no se encierra en tradiciones rígidas, sino que exige un corazón transformado y abierto.


