
La liturgia de la Palabra, a través del evangelista san Mateo, presenta el destino de Jesús en Jerusalén, lugar en el que será glorificado, pero antes será lugar en el que será sacrificado. Este destino los apóstoles no lo esperaban ni lo entendían, de hecho, la explicación dada a los discípulos es el misterio de la fe que celebraremos durante la solemnidad del Misterio Pascual. Subir a Jerusalén para Jesús no era solo subir a celebrar la pascua judía; Jerusalén es el lugar del misterio, de la entrega. A los suyos trató de develarles el misterio, pero no lo entendieron: “lo condenaran a muerte y lo entregaran a los gentiles para que se burlen de Él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará”. El Señor intentó hablarles de su reino, pero sus discípulos no estaban preparados para comprenderlo porque conocían otros reinos, de hecho, desde la condición de discípulos buscaban, en la lógica de su Maestro, a un rey con poder, solo así es posible entender la petición de la madre de los Zebedeos: “Ordena que éstos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. En muchos momentos de nuestra vida transitamos el camino del seguimiento de Jesús, así como los discípulos que iban con Él por el camino a Jerusalén, sin embargo, las intenciones del corazón están lejos de la auténtica escuela del seguimiento del Maestro. Mientras la Palabra revela el misterio de la cruz el corazón busca su propia realización y reconocimiento, de hecho, el texto afirma que los diez al escuchar la petición “se indignaron contra los dos hermanos”, porque el poder de los reinos otorga el reconocimiento, en cambio, el reino de Dios, en la lógica de la cruz, no es posible abrazarlo porque, según el apóstol san Pablo, “la predicación de la cruz es una locura para los que se pierden; más para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios” (Cf. 1 Co 1, 18). Y la fuerza de Dios, en la persona de Jesús, se revela en el misterio del servicio, en la entrega de la vida misma, una lógica que en un mundo hedonista no es posible comprender pero que en la lógica de la santidad ha dado plenitud y gozo al corazón.
¿El misterio de la cruz hasta qué punto lo acojo como experiencia de Dios en mi vida? ¿Simplemente camino junto a él buscando realizarme desde mis propias lógicas humanas?
Señor Jesús, como los discípulos, muchas veces camino contigo y subo a la Jerusalén de mi vida, pero cada vez que debo abrazar el misterio de la cruz no siempre lo comprendo, porque humanamente desearía beber otro cáliz o recorrer otro camino. Ayúdame a estar siempre abierto a tu gracia y servir a mis hermanos en tu Iglesia. Amén.
Busco encontrarme cerca de personas que caminen con el dolor de sus propias cruces y las acompaño desde una escucha atenta, tratando de acercarlos al misterio de la cruz de Jesús.


