
El Evangelio de hoy nos invita a mirar nuestra vida en las veces en las que me quedo en el juicio, las normas y leyes o en las actitudes farisaicas que hay en mí y que me alejan de las personas. San Agustín nos ayuda a comprender más este texto cuándo nos explica: “las cosas que salen de la boca, para que se entienda, no se refería a la boca del cuerpo, sino a la del corazón. Dice, en efecto: ‘Pues del corazón salen los malos pensamientos, las fornicaciones, los homicidios, las blasfemias. Estas son las cosas que manchan al hombre: el comer con las manos sin lavar no mancha al hombre’” (Mt 15,1-20). ¿En qué sentido salen esas cosas de la boca, sino es en cuanto salen del corazón como bien lo dice Jesús? Esas cosas no nos manchan cuando las hablamos. Pues, ¿qué acontece si uno no habla, pero piensa el mal? ¿Será puro porque ninguna palabra salió de su boca? Dios, en cambio, ya escuchó lo que salió de su corazón. Porque para Él no hay nada oculto que no logre conocer. Y finaliza el texto: “Y si un ciego guía a otro ciego, ¿los dos caerán en el oyó?”. Por eso, es tan importante dejarnos guiar por la Palabra de Dios, ya que en ella encontramos el verdadero camino que produce vida y que nos humaniza, evitando que caigamos en el juicio y las normas.
A veces nos quedamos en normas y leyes que arruinan las relaciones con los demás. ¿Qué actitudes de respeto y escucha tengo en los lugares donde vivo o trabajo en relación a la diversidad de opiniones y formas de ser?
Señor Jesús, abre mi corazón para comprender y amar tu Palabra. Que mi vida no sea un ritual cargado de normas. Al contrario, dame la fuerza para no juzgar e imponer leyes a los demás. Llena mi corazón de dulzura y misericordia, para amar y servir a mis hermanos. Amén.
Pasemos de una religión de apariencias externas a una fe viva y coherente basada en la pureza del corazón.
Jesús llamó a la multitud y le dijo: “Escuchen y comprendan. Lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella” (Mt 15, 10-11).
La verdadera pureza viene del interior del corazón y no del cumplimiento de normas externas. Jesús enseña que lo que contamina a una persona es lo que sale de su boca (sus malas intenciones, palabras y acciones), en lugar de la comida o la falta de rituales de limpieza.


