31 de marzo

Caminando con Jesús

Caminar con Jesús permitió a los discípulos experimentar, de primera mano, la compasión y la gracia de Dios en acción. Caminar con Jesús hoy, no debería ser diferente. Su compasión y su gracia siguen disponibles para quien quiera experimentarlas.

“Uno de ustedes me va a entregar…” “No cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces”
(Jn 13, 21-33. 36-38)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

La mesa nos indica el contexto de la cena, el lugar de encuentro del Maestro con los suyos, pero a la vez, el lugar del conocimiento de los verdaderos sentimientos. El Maestro se hace el servidor de cada uno porque a los suyos ya no los llama siervos sino amigos. En esta experiencia de profundo encuentro, expresa a los suyos la más dura realidad: “Uno de ustedes me va a entregar”. Esta entrega ninguno la entiende, pero serán especialmente Pedro y Juan, quienes, desbordando un amor sin límites, no estarán dispuestos a perder a su Maestro. Pedro lo acompañará negándole y Juan estará con Él al pie de la cruz. El pan, signo de la fraternidad, la cual habían celebrado con los suyos, se convierte ahora en el signo que anuncia su muerte: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto”. Sin entender el misterio de la pasión y muerte del Señor, el autor sagrado trae a la memoria la bolsa como el signo, para los discípulos, de quien preveía lo esencial para la Pascua; en cambio, para los oyentes, el de la traición consumado en 30 monedas. Enseguida, Jesús establece un diálogo de despedida con los suyos a quienes les revela la grandeza de la relación que hay entre Jesús y el Padre, porque la hora de la glorificación está cerca. En medio de este ambiente nostálgico de despedida del Maestro, también se da la confesión de amor del discípulo que desea vivir la experiencia de su Maestro, pero el límite de su condición humana lo llevará a negarlo tres veces, porque deseando beber el cáliz de su Maestro no le será posible asumirlo como una experiencia propia hasta que él mismo recorra el camino de su Maestro como destino, solo entonces beberá el cáliz del martirio. En su corazón se ha adherido a su proyecto y sus ojos han contemplado su gloria. La hora del Maestro no es la hora del discípulo y cada hora refleja un encuentro de vida y entrega, de muerte y resurrección, de abandono y gozo. El encuentro personal con Jesús no nos puede dejar indiferentes; del encuentro brota la gratitud del que se siente amado y perdonado y de la gratitud brota el compromiso

Reflexionemos:

La mesa como lugar de encuentro permite en mi realidad personal y familiar, compartir los sentimientos más profundos de la vida y la existencia.

Oremos:

Señor Jesús, en la mesa has desvelado los verdaderos sentimientos para todos. De tu parte los de la entrega; de parte de Pedro, los del seguimiento que percibe el miedo y el temor; de ahí, la negación. Aumenta mi fe que me lleve a asumir el riesgo de la noche en Getsemaní, la osadía de la cruz en el Gólgota. Permíteme recostarme en tu pecho. Haz más fuerte mi amor por ti, para que pueda acompañarte en el momento de la cruz. Amén.

Actuemos:

Recuerdo experiencias profundamente significativas que hayan acontecido en torno a la mesa con mi familia, con las personas que amo y cómo ellas marcaron nuevos caminos existenciales en mi vida.

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