
Los textos de esta semana nos han iluminado acerca de la libertad que hay en el corazón del ser humano para hacerse o no discípulo del Reino de Dios y para acoger con alegría y decisión sus misterios por más incomprensibles que parezcan. El Dios de la vida se ha revelado en la extraordinaria grandeza de lo divino que reposa en la humanidad de Jesús y su identidad como persona; esta es la extraordinaria riqueza de quienes han descubierto en Él la perla de gran valor, el tesoro no descubierto a la vista de todos y cuya acogida precisa de vaciarnos de aquello que creemos son nuestras certezas o verdades. “Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe”. O tomamos en serio y damos el paso ante los llamados de la Palabra a nuestra vida siendo discípulos del Reino, o seguiremos perdiéndonos de la gracia que germina en la vida ordinaria y desde donde el Señor gesta sus grandes maravillas. Es hora que empecemos a entender lo que realmente nos confía el Señor, pero ello requiere compromiso y decisión. Nos extrañamos de la actitud de los paisanos de Jesús en el texto, pero igual sucede con nosotros que aún no terminamos de creerle: ¿No será más bien que nos encerramos en nuestras propias comprensiones, relegando el papel de la fe a una dimensión exclusivamente cultual y religiosa y no damos fruto en la cotidianidad de la vida? Es una historia de nunca acabar y nosotros también corremos el peligro de repetir.
¿Dispongo mi corazón a escuchar lo que Jesús me está diciendo o me obstino en aquello que quiero escuchar?
Espíritu Santo, abre nuestros oídos a la escucha de la Palabra de Dios y permite que pase a nuestro corazón para que comprendamos los llamados que Jesús nos hace. No permitas que nuestros prejuicios nos alejen de la gracia que nos otorgas. Transforma y renueva nuestra vida. Amén.
El verdadero compromiso con Dios exige superar los prejuicios, romper con las etiquetas que otros nos imponen y mantenerse fiel a la misión, sin importar el rechazo, la incomprensión o el qué dirán de quienes nos rodean.
Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo. Entonces les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia” (Mt 13, 57).
Los prejuicios, la costumbre y la falta de fe impiden reconocer la grandeza y el mensaje divino.


