
En el evangelio es el inicio de la misión de Jesús. “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír”. Y su opción fundamental es por los pobres, los oprimidos, los ciegos y por toda la humanidad herida. Jesús entra en sábado a la sinagoga. Que esto acontezca en sábado insinúa que, en realidad, el texto de Isaías enumera y anticipa las actividades que Jesús, movido por el Espíritu, realizará en sábado, provocando la inquietud y la incomprensión de Israel. El Espíritu del Señor trabaja en el sentido de restablecer la vida frágil para volverla fuerte en Dios, trabaja en la universalidad de la llamada, porque lo que busca es simple disponibilidad –y en esta no hay distinción de razas ni culturas– y trabaja para mostrar que el amor de Dios es eterno y previo a todo mérito humano. El Espíritu del Señor sigue actuando hoy y sigue queriendo estar sobre cada uno de nosotros. Es importante abrir el corazón para acogerlo.
En esta realidad tan compleja de muerte y de dolor que estamos viviendo por causa del terremoto, ¿cuál es mi actitud frente a los hechos?
El Espíritu del Señor está sobre mí, invitándome a salir de sí mismo, a ser generoso, a sentir dolor de quien lo ha perdido todo, especialmente, de nuestros seres queridos. Señor, que tu espíritu me lleve a dar esperanza y paz a la humanidad herida. Amén.
La invitación que el Señor nos hace es llevar esperanza a los pobres, liberar a los oprimidos y marginados, anunciar la gracia de Dios y mantener la fidelidad al Evangelio a pesar del rechazo que podamos tener.
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos 19 y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19).
Jesús es el Mesías enviado por el Espíritu para traer libertad a los oprimidos, pero también advierte que la salvación es universal y exige una fe abierta, libre de egoísmos y exclusiones.


