30 de marzo

Caminando con Jesús

Caminar con Jesús permitió a los discípulos experimentar, de primera mano, la compasión y la gracia de Dios en acción. Caminar con Jesús hoy, no debería ser diferente. Su compasión y su gracia siguen disponibles para quien quiera experimentarlas.

“Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura”
(Mt 26, 14-27,66)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El Lunes Santo trae a nuestra memoria un ambiente muy bello, Betania, donde vivían los hermanos: Lázaro, a quien Jesús había sido resucitado, Marta, la mujer del quehacer activo y María, quien se sienta a la escucha de su Maestro. Frente a María, la protagonista del texto de hoy, las tradiciones bíblicas nos presentan diversas experiencias de ella, sin adentrarnos a una lectura más contextual del texto. Coloquémonos en este Lunes Santo en actitud orante, de escucha y vaciamiento de nosotros mismos, porque de nada sirve derramar el aceite como signo externo cuando retenemos la esencia de lo que ello significa en el corazón. Los tres hermanos han invitado a Jesús a una cena antes de las grandes celebraciones pascuales; por tanto, el entorno es íntimo y profundo y, en medio de esa intimidad, María derrama el aceite en los pies de Jesús. El autor sagrado coloca en evidencia que era costoso, pero no se trata solo de su precio, se trata de todo el misterio que se teje conectando experiencias que mueven sus propios misterios, como los sentimientos de Judas Iscariote, caracterizados por la traición y la forma como su mirada se ha desviado del corazón del Maestro; tal vez la bolsa volvió su corazón más ambicioso de lo que había sido siempre, porque el aparente servicio garantizaba su ambición pretensiosa. El gesto de la mujer es valorado por Jesús en medio de la sala como un preanuncio: “lo tenía guardado para mi sepultura”. Que el perfume de nuestras buenas obras y el ungüento de nuestro perdón sean dignos de un Dios tan misericordioso. Lázaro quien había muerto y resucitado, será el signo de lo que su Maestro vivirá, reflejo de una luz resucitada que siempre brillará de lo infinito y trascendente presente siempre en nuestra finitud humana. La decisión de los sumos sacerdotes de matar a Lázaro es la forma, a veces incómoda, de cómo los signos o palabras hablan evidentemente de una verdad o una luz que no se es fácil concebir, pero que habla y brilla por ella misma, porque no se enciende, ya que ella es e ilumina.

Reflexionemos:

María derramó lo más genuino y valioso que tenía sobre los pies de su Maestro, a quien había contemplado y escuchado con el corazón de discípula. También yo estoy dispuesto a vaciar sobre los pies de quien amo y sirvo, mi amor, mi servicio y mi entrega condicional.

Oremos:

Señor Jesús, por medio del signo del aceite me he acercado a ti, desde el día de mi bautismo hasta el misterio de tu pasión, muerte y resurrección. Que su gracia renueve en mí el don de ser tu hijo amado. Que no me ciegue como Judas. Dame un corazón abierto a tu gracia y un alma generosa que sepa corresponder a tu infinito amor. Amén.

Actuemos:

¿Es posible aliviar la fatiga de los pies cansados del camino con aceites costosos que reparan las fuerzas y devuelven la vitalidad? Hago obras de caridad que alivien penas y sufrimientos de quien permanece junto a mí.

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