
La vida espiritual es un proceso artesanal que requiere tiempo y paciencia; esa es la imagen como la liturgia de hoy nos presenta a Dios. Así, la paciencia es otra de las actitudes propias de quienes descubren los misterios del reino. Cuántas veces queremos todo de forma inmediata, sin esperas de tiempo, pero olvidamos que la fe es un proceso en el que poco a poco vamos siendo moldeados para que en nuestra vida se vean reflejadas las manos amorosas del Padre; no esperemos un discipulado comprometido y decidido sin dejarnos amasar por las realidades que vivimos en lo cotidiano y que exigen de nosotros el discernimiento propio del pescador para reconocer cuando un pez está listo para ser sacado del agua; caso contrario, se correría el riesgo de no garantizar una sobreabundante subienda si se sacan peces que no están aptos en crecimiento y madurez. Dejémonos amasar en las manos del Señor y tengámonos paciencia; dejemos que su amor vaya modelando nuestra vida y así, alcancemos la altura y madurez de un discipulado que sea capaz de contener y alimentar la vida propia y la de quienes están a su lado. Pidámosle al Señor el don de la paciencia y cumplamos su voluntad a la luz de la Palabra, no sea que al atardecer de la jornada, cuando sea arrojada la red de la vida, nos quedemos por fuera del reino a falta de talla, peso y forma.
¿Vivo con paciencia y en manos del Señor las realidades de la vida?
Espíritu Santo, ilumina nuestra mente, fortalece nuestro corazón y dirige nuestras acciones y haz que este día sea un reflejo de tu presencia viva actuando a través de la Palabra para que la vivamos y compartamos y la traduzcamos en obras concretas. Amén.
Así como el pescador separa lo bueno de lo malo en la orilla, estamos llamados a elegir el bien cada día, sabiendo que nuestras acciones tienen un valor eterno y definitivo.
“El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces” (Mt 13, 47).
Jesús compara el Reino de los Cielos con una red de pesca que recoge peces buenos y malos. El pasaje enseña dos cosas esenciales: El juicio final donde el bien y el mal serán separados, y la misión del creyente de integrar la tradición y la novedad en su fe.


