
Hemos escuchado en el Evangelio dos parábolas con las cuales Jesús compara el Reino de Dios: Vamos a detenernos en la primera que nos muestra a un campesino que siembra la semilla y sea que él duerma, o se levante, de noche o de día, la semilla brota y crece, ella sola, sin que él sepa cómo. La tierra produce por sí misma. Con esta parábola Jesús nos deja claro que el crecimiento y la fecundidad no dependen del esfuerzo humano, pues Él sabe muy bien que la ley fundamental del crecimiento no es el trabajo, sino la acogida de la vida que vamos recibiendo de Dios. Necesitamos liberarnos de esa agobiante lógica de la eficacia y aprender a descubrir aquello que hay de regalo en nuestra existencia para que nuestro corazón se despierte al agradecimiento y una vida serena y jovial. Necesitamos volver a esa hermosa costumbre de dar gracias por todo lo que nos es dado, sobre todo por las personas que Dios pone a nuestro lado, dejarnos sorprender por lo nos es dado cada día y bendecir a Dios, fuente de todo lo bueno hermoso que hay en este mundo.
¿Reconozco que la fecundidad de nuestra vida depende de Dios y no de nuestro esfuerzo? ¿Sé reconocer lo bello de la vida y dar las gracias?
Señor Jesús, gracias por tu Palabra que orienta nuestra vida. Enséñanos a acoger con gratitud los regalos que nos das a cada paso, porque a través de ellos estás buscando nuestro bien. Amén.
Estaré hoy muy atento para reconocer las cosas bellas que Dios a va sembrando en mi camino.
El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga.
El Reino de Dios es una fuerza interna que se desarrolla por sí misma, independientemente de la acción humana constante. Dios es quien la hace crecer; comienza pequeño, casi insignificante, pero su potencial es enorme y terminará abarcando y dando refugio a todos (Papa Francisco).


