
En el evangelio Jesús se dirige a todos los que lo seguían, presentándoles con claridad la vía a recorrer: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Está la tentación de querer seguir a un Cristo sin cruz, es más, de enseñar a Dios el camino justo, como Pedro: “No, no Señor, esto no, no sucederá nunca”. Pero Jesús nos recuerda que su vía es la vía del amor, y no existe el verdadero amor sin sacrificio de sí mismo. Estamos llamados a no dejarnos absorber por la visión de este mundo, sino a ser cada vez más conscientes de la necesidad y de la fatiga para nosotros, los cristianos, de caminar siempre a contracorriente. Jesús nos invita: “Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”. En esta paradoja está contenida la regla de oro que Dios ha inscrito en la naturaleza humana creada en Cristo: la regla de que solo el amor da sentido y felicidad a nuestra vida.
¿Cómo estoy viviendo mi compromiso cristiano?, ¿me acomodo al mundo, a sus placeres y éxitos olvidándome de Dios?
Señor Jesús, siento el deseo del éxito, me atraen los placeres del mundo y me siento egoísta. Ven, dame la fuerza para renunciar a todo aquello que me aleja de ti. Llena mi vida para permanecer en tu servicio, donando mi vida por los demás. Amén.
Renunciemos a los criterios puramente humanos, aceptemos las dificultades o nuestra propia cruz por amor a Cristo y orientemos toda nuestra existencia hacia los valores del Evangelio en lugar de buscar la comodidad egoísta.
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16, 24).
El camino del verdadero discípulo exige renunciar a uno mismo, cargar la cruz y seguirlo, sabiendo que el sufrimiento y la entrega por amor valen más que las riquezas del mundo entero frente al juicio final de Dios.


