
Hemos escuchado en el Evangelio que los discípulos regresan de la misión llenos de entusiasmo. Han visto cómo, en el nombre de Jesús, hasta los espíritus se les someten. Están felices por lo que han logrado. Y lo hermoso es que Jesús comparte esa alegría con ellos, pero la lleva a un nivel más profundo: la verdadera alegría no está en el poder ni en los éxitos, sino en saber que nuestros nombres están escritos en el cielo. Jesús se llena de gozo en el Espíritu Santo y eleva una oración al Padre. Alaba porque Dios ha revelado los misterios del Reino no a los sabios y entendidos, sino a los pequeños, a los humildes, a los sencillos de corazón. En el lenguaje bíblico, los “pequeños” no son los que carecen de inteligencia, sino los que reconocen que necesitan de Dios, los que no se creen autosuficientes ni orgullosos. Este texto bíblico nos invita a vivir tres actitudes muy concretas: - Primera: alegría verdadera. No se trata de alegrarnos por lo que hacemos o conseguimos, sino por lo que somos en Cristo. Nuestra mayor alegría es pertenecer a Dios, ser sus hijos, tener nuestro nombre inscrito en el cielo. - Segunda: humildad de corazón. Dios se complace en los sencillos, en los que no presumen de sus logros, sino que reconocen que todo es gracia. La humildad abre la puerta a la revelación del Reino. - Tercera: cercanía con Jesús. Él no solo envía a sus discípulos, sino que los acoge a su regreso, escucha sus experiencias y comparte su alegría. Es un Maestro cercano, que celebra con nosotros y nos ayuda a purificar nuestras motivaciones.
¿En qué ponemos nuestra felicidad diaria: en nuestros éxitos personales o en sabernos amados por Dios?
Señor Jesús, Maestro Divino; te doy gracias por tu amor y por fijarte en los corazones sencillos. Ayúdame a ser humilde de corazón, a no llenarme de orgullo y a recordar siempre que mi mayor alegría es saber que me amas y que mi nombre está escrito en el Cielo. Amén.
Cuando te sientas tentado a medir tu vida por los éxitos o fracasos, recuerda las palabras de Jesús: “Alégrense más bien porque sus nombres están escritos en el Cielo”.
Dios prefiere la humildad antes que la vanidad; la sencillez antes que la soberbia.
Muchas veces nos alegramos por cosas pasajeras: un éxito, un reconocimiento, un logro. Pero Jesús nos recuerda que la alegría más grande es la que nadie nos puede quitar: la certeza de que somos de Dios, que Él nos ama y nos espera en el Cielo.


