03 de junio

Caminando con Jesús

Caminar con Jesús permitió a los discípulos experimentar, de primera mano, la compasión y la gracia de Dios en acción. Caminar con Jesús hoy, no debería ser diferente. Su compasión y su gracia siguen disponibles para quien quiera experimentarlas.

“No es Dios de muertos, sino de vivos”
(Mc 12, 18-27)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Hoy la Iglesia nos propone celebrar la memoria de los santos Carlos Lwanga y otros doce compañeros, que sufrieron el martirio y fueron quemados vivos por proclamar su fe católica en África. Y, a propósito de la memoria de estos mártires, el evangelio que hemos escuchado nos deja claro el mensaje que todo cuanto vivimos, creemos, experimentamos y sembramos en el plano terrenal prepara nuestro cuerpo para la eternidad. Ya que somos un todo y en la totalidad de nuestro ser somos amados por Dios y vinculados a su plan de salvación en la participación de su gracia a través del Espíritu Santo que nos vivifica. Al escuchar la intervención de los saduceos, quienes no creen en la resurrección, pero cargados de hipocresía se acercan a Jesús para hacerle una pregunta exponiendo el caso de siete hermanos, que siguiendo la ley del levirato, que es una norma del AT referida por Moisés: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, que se case con la viuda y de descendencia a su hermano”, y relatan la historia de los siete hermanos que se casaron con la mujer y ninguno dejó descendencia, por último murió la mujer, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será la mujer?... y como buen pedagogo, Jesús ve sus intenciones y también fundamenta su respuesta en un texto del libro del éxodo en el que encontramos la revelación de Dios en la zarza ardiente: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”, es decir, el Dios de todos los tiempos, el Dios que continúa estando presente y acompaña nuestra historia sin abandonarnos a nuestra suerte. Así, Jesús, hace ver en el diálogo con los saduceos el gran error de no conocer “las Escrituras ni el poder de Dios” en quien se fundamenta nuestra fe de una vida sin final.

Reflexionemos:

En las Sagradas Escrituras se nos revelan esas verdades que ni la ciencia ni ningún otro camino nos puede hacer comprender, por ella llegamos al conocimiento del Dios vivo, al crecimiento y la madurez de nuestra fe que nos abre a la esperanza, de la muerte no es el final, sino que en Dios vivimos, nos movemos y existimos. Preguntémonos: ¿Mi vida se apoya en la Palabra Divina? ¿Qué medios busco para que mi fe no se derrumbe? Creo firmemente en la resurrección, ya que mi vida le pertenece a Dios, porque nuestro Dios, “no es un Dios de muertos, sino de vivos”.

Oremos:

Trinidad Santa, fuente inagotable de vida, que por la muerte y resurrección de Cristo alcance la gracia de vivir desde la fe los auténticos valores que abren las puertas del cielo. Amén.

Actuemos:

Realizar un trabajo personal y espiritual que me permitan ser una persona cada vez más armónica en mi relación con Dios y los hermanos.

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