
Hoy dos historias que se encuentran: la desesperación de un padre y el dolor silencioso de una mujer descartada por la sociedad. Ambos llegan a Jesús desde su límite. El beato Santiago Alberione nos dice: “Quien se abandona en Dios no queda sin respuesta; quizás no como esperaba, pero siempre mejor de lo que imaginaba”. Esta palabra toca nuestra realidad actual: personas agotadas por problemas familiares, enfermedades que se alargan, heridas que nadie ve. Jesús no pasa de largo; se detiene, escucha, mira, toca. A la mujer le devuelve dignidad; a Jairo le devuelve esperanza; a la niña le devuelve la vida. Hoy Jesús también quiere decirnos: “No tengas miedo. Toma mi mano. Déjame entrar en tu casa, en tu historia, en lo que crees que ya no tiene remedio”. Su presencia no siempre evita la cruz, pero siempre da vida dentro de ella. Todos tenemos heridas escondidas como la mujer del Evangelio. Todos cargamos miedos como Jairo cuando escucha: “Tu hija ha muerto.” La fe no elimina el dolor, pero abre un camino donde parecía no haber salida. Jesús se acerca a aquello que creemos perdido y vuelve a pronunciar: “Levántate”. Solo quien se deja tocar por Cristo puede volver a empezar.
¿Qué situación de mi vida necesita hoy que Jesús me diga: “¿No temas, basta que tengas fe”? ¿Qué herida llevo escondida que Jesús quiere sanar si me acerco a Él con confianza?
Señor Jesús, aumenta mi confianza cuando me sienta perdido. Te abro hoy las puertas de mi corazón para que vengas, habites en ella y la llenes con tu presencia misericordiosa. Amén.
"No temas, basta que tengas fe."
La fe es el puente que permite los milagros de Dios.


