
Este extenso pasaje del Evangelio de hoy nos relata el arresto, juicio, crucifixión y sepultura de Jesús. En el Evangelio de Juan, la pasión no es presentada como derrota, sino como la glorificación de Cristo. Para san Juan, Jesús no es una víctima pasiva, sino el Dios hecho hombre que se entrega voluntariamente, manifestando autoridad, incluso, en el arresto; incluso, frente a las autoridades judías, protege a sus discípulos. Podemos observar varios aspectos centrales: 1. El diálogo sobre la verdad: “¿Qué es la verdad?” Jesús se presenta como la verdad. 2. La proclamación irónica: “He aquí el hombre” (“Ecce Homo”). 3. La inscripción en la cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”. La pasión no es fracaso, sino el momento en que se revela plenamente el amor de Dios hacia la humanidad, hasta el punto de entregar a su propio Hijo. El texto nos invita a contemplar la Cruz no solo como sufrimiento, sino como manifestación suprema de la gloria y del amor fiel hasta el extremo. En la Cruz de Cristo se puede decir que están representados todos los que han sufrido antes y después de Él: los que son tratados injustamente, los enfermos y desvalidos; los que sufren los horrores de la guerra, del hambre o de la soledad. También en nuestro caso el dolor propio, como el de Cristo, puede tener un valor salvífico, aunque no acabemos de entender todo el sentido del plan de salvación de Dios. En síntesis, el camino de la cruz de Cristo y el nuestro son unos caminos de salvación, porque hemos sido invitados a colaborar en la salvación de nuestros hermanos. Todos somos responsables del destino eterno de quienes nos rodean. El Señor nos enseña con la Cruz a salir de nosotros mismos, y a dar así un sentido apostólico a nuestra existencia.
¿Soy consciente del amor que Dios tiene por mí, por cada ser humano, al enviarnos a su Hijo Jesús para redimirnos? ¿Qué aspecto de mi vida necesito “crucificar” (abandonar) para vivir con más amor y libertad? ¿En qué momentos de mi vida me siento más unido al dolor de Cristo?
Señor Jesús, con tu pasión y muerte, me invitas a recorrer el camino estrecho de la cruz. Gracias por amarme hasta entregar tu vida por mí; enséñame a ser justo, amar a mi prójimo, practicar la misericordia, no tener miedo y a no ser incoherente con aquello que hago y digo. Ayúdame a abrir mi corazón a tu gracia. Amén.
Reconozco la Cruz no como derrota, sino como señal de victoria, amor supremo y camino a la santidad.


