
Hoy celebramos la fiesta de los tres arcángeles que nombra la Sagrada Escritura. Recordemos que la palabra arcángel significa: “principal entre los ángeles”. Y que cada nombre desempeña la función que realizan: Miguel: “¿Quién como Dios?”, guerrero celestial, líder del ejército de Dios. Gabriel: “Fortaleza de Dios”, mensajero divino, enviado por Dios a diferentes misiones como la de anunciar a la Virgen María la Encarnación. Rafael: “Medicina de Dios”, acompañó a Tobías cunado cumplía una misión importante. El evangelio de hoy narra el diálogo que Jesús tiene con Natanael. En un primer momento, vemos la duda de Natanael, ante la legitimidad de Jesús, pues consideraba que de Nazaret no podía salir nada bueno. En cambio, Jesús, le responde con un grande elogio: “Ahí tienen un israelita de verdad, en quien no hay engaño”, es decir, alguien que cumple todas las obligaciones judías en cabalidad. Dicho elogio desarma la prevención hostil de Natanael, reaccionando inmediatamente con una pregunta: “¿De qué me conoces? Y Jesús, con una mirada profunda, le dice: “Te vi debajo de la higuera”. Muchos estudiosos interpretan que la escena bajo la higuera representa un estado de oración, de búsqueda, incluso de lucha interior. Natanael entiende que Jesús lo conoce íntimamente, no por lo que ha hecho sino por lo que lleva en su corazón. De aquí brota la confesión “Rabí, tú eres el Hijo de Dios”. La fe nace del encuentro. Jesús no le impone nada, simplemente lo miro y le hablo con la verdad y esa verdad lo trasformo. Pidamos hoy al Señor un corazón limpio, sincero, capaz de reconocer su mirar sobre nosotros y de responderle con fe.
¿Qué signos me ha dado Dios que me llevan a creer más en Él?
Señor, Jesús, tú que conoces lo más profundo de nuestro corazón, haznos personas sin engaño, con fe sincera y espíritu limpio. Amén./p>
Busquemos un espacio de silencio y preguntémonos: ¿cuál es mi “higuera”?
La fe nace del encuentro. Natanael creyó, no por milagro, sino porque se sintió amado por Jesús.
“He aquí un Israelita en quien no hay engaño”. Esta afirmación nos da una clave: lo que más agrada a Dios es un corazón sin doblez.


