29 de abril

“El Paráclito, que enviará al Padre, será quien se lo enseñe” 

(Jn 14, 21-26)

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

Estamos meditando el capítulo 14 de San Juan, en el contexto de una de las autorevelaciones de Jesús, Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, en el dinamismo de revelar quien es Jesús para sus apóstoles. La profunda unidad de relación establecida en estos versículos entre Jesús y el Padre revela la identidad del Espíritu Santo, quien es la promesa del Hijo que, en el amor del Padre, constituyen el don trinitario que hemos recibido el día del bautismo, porque “de la Trinidad venimos y a la Trinidad volvemos” (Beato Santiago Alberione). El secreto de vivir, habitar y adherirse al don que el Paráclito traerá al mundo, viene dado en la aceptación de los mandamientos y la capacidad de guárdalos en el amor. Sólo este amor que es vivo y eficaz, porque del Hijo hemos visito sus obras, porque el amor encarna la caridad en gestos y acciones concretas, seremos amados en el Padre.

Guardar la palabra implica un dinamismo que coloca a la persona en el misterio de una relación y comunión profunda que quien la vive la entiende, la hace visible y hace de ella experiencia de comunión profunda con realidades que en sí mismas revelan el misterio de lo que puede significar: “el que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. San Juan inicio el Evangelio afirmando que la Palabra se había hecho carne y había colocado su morada entre nosotros, es decir, habitó y se hizo vida en el mundo. Sin embargo, sólo la fuerza vivificadora del Espíritu será la que sigue haciendo posible que la Palabra habite entre nosotros, porque al volver el Hijo al don del Padre hemos sido recreados con los dones y los frutos del Espíritu, para continuar haciendo posible que la Palabra habite; vivimos el tiempo del Espíritu, fuerza divina que hace nuevas todas las cosas.

 

Reflexionemos: Por la gracia del bautismo soy plenamente consciente que en mí habita el don trinitario del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En la comunión del misterio trinitario me siento verdaderamente amada por el don del amor que me viene del Padre y en este amor vivo y habito la vida en todas sus experiencias y realidades.

 

Oremos: “A ti, Espíritu Santo, me ofrezco, entrego y consagro como “templo vivo” para ser consagrada y santificada” (Beato Santiago Alberione). Ven Espíritu Santo y haz nuevas todas las cosas.  

 

Actuemos: ¿Qué acciones de mi vida personal, familiar y comunitaria refleja el don del Espíritu?

 

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