28 de abril

Caminando con Jesús

Caminar con Jesús permitió a los discípulos experimentar, de primera mano, la compasión y la gracia de Dios en acción. Caminar con Jesús hoy, no debería ser diferente. Su compasión y su gracia siguen disponibles para quien quiera experimentarlas.

“Yo y el Padre somos uno”
(Jn 10, 22-30)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Este Evangelio presenta a Jesús enseñando en el templo durante la fiesta de la Dedicación, destacando su autoridad, su identidad divina y la protección de los creyentes. Jesús enseña en el pórtico de Salomón durante la fiesta de la Dedicación del templo. La presencia de Jesús provoca atención y cuestionamientos de los judíos sobre su identidad mesiánica, pues los judíos preguntan si Jesús se declara asimismo como Mesías. Él se dedica a responder que sus obras dan testimonio de Él y trae de nuevo la figura del pastor y las ovejas resaltando la relación de pertenencia con los discípulos y aquellos que creen en Él. Hace una promesa central: nadie puede arrebátalos de su mano ni de la mano del Padre, asegurando la protección a los creyentes. Jesús también revela su identidad divina cuando dice: “Yo y el Padre somos uno”. La vida de sus discípulos está garantizada en la comunión con Él y con el Padre; esta comunión requiere la confianza plena Jesús, en su cuidado y su salvación. Jesús y el Padre son uno. Uno que significa unidad, reflejo e imagen de la unidad que tenemos que vivir entre nosotros. Los hijos con los padres, los padres entre sí, los hermanos, los amigos, los que no conozco, los enemigos. Es el ejemplo del Señor el que debemos imitar.

Reflexionemos:

Este texto nos presenta varios personajes con los que podemos identificarnos para descubrir cómo es nuestra relación con el Señor. ¿Con cuál personaje me identifico: como uno de los judíos que interrogan a Jesús o como uno de las ovejas que nadie arrebatará de la mano de Jesús?

Oremos:

Señor Jesús, Divino Maestro, concédeme la gracia de vivir unido a ti; no permitas que me separe de ti, y que nadie me separe de tu mano salvadora. Amén.

Actuemos:

Cultivo el silencio y la oración diaria para distinguir la voz de Jesús en medio del ruido del mundo, reconociendo su llamado a la vida.

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