
Tener fe en Jesús, es adherirnos a Él, confiar en su Palabra y acoger su voluntad. El Evangelio de hoy nos relata dos momentos en los que Jesús actúa favoreciendo la vida: en el primer momento, nos encontramos con un centurión que cree en Jesús y se acerca para pedir la curación de uno de sus criados que se encuentra enfermo, se acerca a Él confiando en que su súplica será escuchada y que la palabra del Señor tiene poder; por otro lado, este centurión se reconoce como una persona pagana: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. Nosotros muchas veces “nos quedamos en las apariencias de las personas, pero Jesús ve el corazón”, y admirado de la disponibilidad y confianza del centurión, le concede lo que pide. También dice a quienes lo seguían: “En verdad les digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”. Luego dice al centurión: “Vete; que te suceda según has creído”. No fue necesaria la presencia física del Señor, todo se dio a través de su Palabra. El segundo milagro fue la curación de la suegra de Pedro; al llegar Jesús a la casa de Pedro, encontró a la suegra de Pedro en cama con fiebre y libremente, el Señor le impone las manos y le restablece la salud. También nos dice el texto que después le llevaron muchos enfermos para ser curados. Hoy Jesús también quiere sanar y curar a la humanidad de tantas dolencias; nosotros debemos confiar cada vez más en Él, debemos creer en su santidad y en su poder, debemos dejarlo actuar a través de su Palabra que sana y salva.
En el despertar de cada nuevo amanecer, el Señor nos da la posibilidad de ver sus obras; a nosotros nos corresponde abandonarnos en Él y confiar en su palabra para alcanzar la libertad del mal que nos oprime.Preguntémonos: ¿Qué tanto creo en las promesas del Señor? ¿He asumido mis límites, y confío que la Palabra de Dios puede transformar mi corazón?
Señor Jesús, alienta mi poca fe, abre mi corazón a la certeza del poder liberador que tu Palabra me ofrece teniendo como meta mi santificación. Amén.
Comprometerse con Dios implica renunciar a nuestros propios planes de servicio para aceptar el lugar exacto y la tarea específica que el Señor nos encomienda, incluso, si altera nuestras expectativas personales.
Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda limpio”. Y al instante quedó purificado de su lepra (Mt 8, 3).
Pero el centurión respondió: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará” (Mt 8, 8).


