
Ayer se nos presentaba la primera actitud esencial de quien descubre los misterios del Reino de Dios en su vida: la alegría. Hoy con las parábolas del grano de mostaza y la levadura en la masa, nos presenta una segunda actitud para que la primera no se pierda; hablamos entonces de la decisión y dedicación de la persona que, haciéndose discípulo, debe asumir para custodiar aquello que ha recibido. Tanto la semilla como la levadura son puestas, es decir, no llegan de casualidad al terreno o a la masa, ya que sembrar y amasar requieren esfuerzo. Es fundamental que como discípulos tomemos conciencia de la responsabilidad que hemos aceptado al establecer el vínculo de la fe y tener la valentía de arriesgarnos, pues la semilla de mostaza es invasiva y ocupa todo el territorio en el que ha sido sembrada; por eso, no se recomienda sembrar cerca de cultivos de alimentos, ya que levadura corrompe todo aquello con lo que es mezclada. Estas imágenes aparentemente negativas nos invitan a confiar en el proyecto del Reino de Dios, aunque muchas veces no las entendamos. Confiemos en lo que aparentemente no cuenta, pues como veremos al final, el resultado será abundante. Dejemos que la potencia del don de Jesús en su Palabra nos conceda la alegría y la responsabilidad de la fe sin la cual sería imposible saber que todo valdrá la pena independientemente de los resultados si nos confiamos y sabemos esperar en Él
¿Qué característica particular tiene mi seguimiento y mi fe en Jesús?
Espíritu Santo, ilumina con tu amor nuestro corazón y ayúdanos a abrirnos a los misterios del Reino de Dios. Aunque no logremos comprender bien las realidades que nos circundan, danos la gracia de ser portadores de la esperanza que brota de tu presencia sanadora y liberadora. Amén.
Así como la levadura fermenta la masa, estamos llamados a integrarnos activamente en el seno de nuestras comunidades para expandir el amor y la justicia de Dios.
“En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas” (Mt 13, 32).
El Reino de Dios es humilde y silencioso en sus orígenes, pero posee una fuerza transformadora imparable.


